sábado, 31 de marzo de 2012

El ataque del demonio Meridiano

Los que no padecemos la habitual cenodoxia del bien pagado (de sí mismo o de otro, qué más da) solemos estar enfermos de acidia, el decaecimiento de la voluntad que sobre todo ataca entre los cuarenta y los cincuenta; los psicólogos lo llaman crisis de la mediana edad; los monjes, tan diestros ellos en describir carcomas espirituales, lo llamaban la tentación del demonio Meridiano, que sorprende a los que llegan a la mitad del camino y ven debilitada su voluntad de acción, en la hora más dura, por la desgana y la duda, que tiene casi tantos nombres como el diablo: spleen, desidia, pasotismo, pereza, acedia, aburrimiento, anhedonia, ennui, melancolía, mal del siglo, mal metafísico. El acidioso sabe que la vida tiene sentido, pero no encuentra modo de asumirlo o disfrutarlo: le resulta imposible llegar a él. Sufre y hace sufrir a pesar suyo por desear la alegría, pero no la vía que conduce a ella, y desea y yerra a la vez el camino hacia ese propio deseo, procrastinando o dando innumerables vueltas en torno a él, atormentado por su superyo titánico, pesadísimo. La acidia no se opone al deseo, no lo ignora, sino que se opone a la satisfacción del deseo, al encuentro del sujeto con el objeto de su deseo. Kafka: "Existe un punto de llegada, pero no hay camino alguno". Podríamos recordar a Van Gogh pintando el Retrato del Doctor Gachet, un típico acidioso apoyando su cara en la mano derecha, mientras deja caer toda la desolación del mundo de su mirada, y escribiendo luego miedosamente a su hermano Theo: "No voy a ver al doctor Gachet, está más triste que yo". Y Claudio Magris, hablando de los otros triestinos: Ítalo Svevo: "Ninguno como él comprendió la transformación que le espera al hombre, la caída en el abismo nihilista. Zeno se percata de que el peligro no está en ser infeliz, sino en no desear la felicidad. Y Umberto Saba en su poema "Después de la tristeza"; esto  es, la capacidad para decir todo más allá del bien y del mal: aquello que Nietzsche quería ser. En él no hay moral, como tampoco la hay en el niño y en la vida, cuando quienes mandan son la felicidad o la infelicidad." 

Sal. XC, 5-6: "Scuto circumdabit et veritas eius non timebis a temore nocturno, a sagitta volante in die, a negotio perambulante in tenebris, ab incursu, et daemonio Meridiano"