lunes, 19 de marzo de 2012

Esto de la enseñanza

Hubo un tiempo en que enseñar me gustaba, y era porque también había algunas personas a las que les gustaba aprender. Yo era una de ellas: me gustaba enseñar lo que había aprendido con gusto y comunicarlo; me era fácil ponerme en el lugar de los alumnos porque yo me sentía también un alumno, supongo que agradecido. Hoy existen demasiados problemas para encontrarle gusto a cualquier cosa. Y hoy en día, también, la gente es muy desagradecida. No se busca el conocimiento per se, sino que se ha vuelto instrumental, posee el valor de lo que puede conseguirse a través de él. Por eso hoy en día no se requiere cultura, sino preparación, como afirmaba Enrique Tierno Galván en su El miedo a la razón. Se requieren atletas entrenados para saltar las vallas de los test de Selectividad (mejor si van dopados con chuletas a la Contador), aunque no sepan quién es Nerón ni dónde queda Eritrea. Se necesitan técnicos que sepan arreglar estropicios en lengua, literatura, arte, política, derecho, historia y filosofía sin tener ni idea de las disciplinas adyacentes a cada una. La técnica presupone gente fragmentaria, especialista; anticipa el parche, el defecto y la pejiguera, de forma que la educación ha dejado de ser teorética e idealista y ahora es un taller y una enfermería (hay quien precisaría más: un lazareto), donde se ven radiografías de terminales tísicas y no doncellas esculturales y jamonas. En ella ya no se pretende, desde luego, gente que valga para todo, para un roto y un descosido, entera o con entereza, ni que aplique conocimientos a otros ámbitos enriqueciéndose y enriqueciéndolos, ni creativa de forma que sea capaz de elaborar instrumentos nuevos para nuevos problemas, o trascendente, que se pregunte para qué hay que usarlos y con qué propósito; no, desde luego, humanistas que crean en que la educación en una asignatura es una parte de un todo más general, que es la formación del hombre; no, desde luego, presupone el apasionamiento, que es lo que significa en latín studium, si mal no recuerdo mis penosos días de esclavo traductor de Cicerón bajo la dura fusta del no indeclinable, mas defectivo y semideponente Ludovicus a Cannigrale, a pesar del cual logré un cierto dominio del calibraje, escansión y traducción del hexámetro, y la lata del poco latín que me queda. Quiero decir que la creatividad se ha dejado ya no al individuo, sino a la colectividad, que en eso de originalidades no las tiene todas consigo, se la ha decjado a la cooperación y a la sociedad, en una sociedad tan desarticulada, poco cooperativa y amante de los comités como es la española. En mis tiempos, la preparación venía como portadora o agregada de la cultura; ahora el excipiente es más valioso que la medicina, e incluso se puede prescindir de la medicina, porque lo que importa se presupone como un placebo. La literatura es ahora solamente faltas de ortografía para reparar, análisis sintácticos mal hechos, mecánicas figuras estilísticas que el corazón no entiende y, a fin de cuentas, eso lo ven bien claro los alumnos estropeados por la curiosidad, un mester de tontería. El resto se divierte jugando, mal, con esos mecanos que no comprende porque no sabe disfrutarlos.