viernes, 30 de marzo de 2012

Miedo a caerse al suelo

Creo que se hizo una huelga o parecido, no me fijo demasiado, aunque algo he oído y hasta me parece que la he guardado, como si fuera un mandamiento de la ley de Jehová, que es algo así como el Carlos Marx de los judíos, pero en abstracto... Aunque Marx era judío... Bueno, vamos a dejarlo, porque estas cosas marean y dan suelta a la risa tonta, pues no en vano se ha dicho que el marxismo es la marihuana de los intelectualoides. Cada vez entiendo menos las cosas; quién sabe, quizá me estoy demenciando, y mi mente se está llenando de agujeros como una esponja hasta que llegue a ser una caja vacía, como la mayoría de los pronombres. 


Los destinatarios de los recortes económicos se dan siempre por presupuestos. Y suelo decir que debería repartirse más la pobreza que la riqueza, ya que por las cosas que no se tienen se discute menos; a cada cual le debería tocar la escasez que generara y retener lo que apreciase más. Pero el problema volvería a los números: nadie quiere usar los negativos, ni fijar un límite a la (in)dignidad. Igualmente me quejo de que no se haga caso a la gente que resta: los muertos, los enfermos, los niños, los viejos, las mujeres, los pobres, los locos, los científicos, los mudos, los maestros, los médicos, los poetas, los curas y las hermanitas de la caridad. Más que a los sindicatos. Uno cree más en la gente que en los organismos, patógenos o no, y está ya demasiado cegato, mayor y cansado como para tener fe en los papeles, en las fatigosas escaleras y en otras peligrosas y elevadas estructuras.