jueves, 29 de marzo de 2012

Toledo

Fuimos a copresentar el libro; yo andaba medio feo durmiente por el cambio de hora, los fármacos que trasiego y las deambulaciones fruto de mi insomnio; mi mujer lo disimuló metiéndome en el saco de un traje de sastre, una corbata a juego y una camisa formal; iban además mis hijas y una amiga de mi mujer. 


Toledo estaba frío, ventoso y altibajo: tan decaído como levantado: subimos  y bajamos por esta montaña rusa de ciudad, llena de balcones mustios y paredes cubiertas de lamentos. El plano general había sufrido una evidente arterioesclerosis y uno se sentía como un Bécquer enano atravesando callejuelas encogidas y destartaladas. Poca vida había, salvo las rubias, blancas y culonas turistas guiris: las calles se habían vaciado por el partido del Barça, retransmitido por la TV local. Sí vi a una larga cola de militantes de la UGT frente a su sede y a un grupo descolgado que iba con banderolas diversas para preparar la manifestación sindical, previa a la religiosa de Semana Santa, con el entusiasmo de una grey dominguera que va a la playa. A última hora se llenaron los autobuses del casco viejo.


Subimos a la planta octava. No conocía a casi ninguno de los coautores, salvo a Calero y a Isidro; tuve la oportunidad de ver así a Villena y a los otros; también noté a un arquitecto asiduo escribidor de periódicos, al parecer amigo del papelero M. Igual hasta le pagan.


Los presentadores estuvieron correctos; Isidro, además, interesante; se quejó de que le cortaran el 70% del presupuesto al CECM y atribuyó la crisis cultural española a razones tan relevantes como que la Inquisición siguiera funcionando hasta 1834 y sólo se alcanzara la libertad de reunión en 1887. Me reprochó, con motivo, mi enclaustramiento casero. Desconoce lo tímido que soy; hemos quedado un día de estos, y será agradable volverlo a ver. Calero me ha dicho que los recortes han dejado secuestrada y casi desorejada mi reedición de la biografía de Juan Calderón; esperaremos vientos mejores. Del libro colectivo han sacado quinientos ejemplares, de los cuales circularán a la venta muy pocos; ya he dicho que hemos pagado a medias la edición, que ha salido de la imprenta casi perfecta, salvo las molestas erratas de rigor, que, en lo que me toca, se deben a mi descuido y mala vista y no a la impecable supervisión de Calero, que ha asistido al parto como una experta matrona; además ha sabido recortar bien mi ensayo, quitando los pasajes en latín y el largo excursus sobre la I Guerra Carlista, con lo que lo ha dejado en proporciones justas y no fuera de madre, como andaba. Entre mis lagunas advierto que no he incluido la biografía de Mendizábal en dos tomos escrita por Alfonso García Tejero. En fin, si tuviera que refundir este trabajo hoy lo haría mejor y más amplio y me tendrían que someter a régimen más estricto. Paloma hizo algunas fotos del hecho y del lecho del río, con sus puentes y sus luces de fundición crepuscular entre los cigarrales. Estábamos cerca de una piscina cubierta, incógnita para que no rompiera el paisaje a los mismos pies del tremendo y mazacotado Alcázar. Yo eché de menos al rey Rocas, enamorado del dragón en alguna oscura cueva de la peña carpetana, y conté la antigua leyenda alfonsina a mis mujeres, mientras nos helábamos entre cipreses. Hay mucha muerte en Toledo, me pareció sentir.


Cenamos una fideuá delante de los torpes enredos de Messi, quien no anduvo nada acertado ante el tremendo catenaccio del Ínter. Estábamos de cara al imponente Alcázar. Yo compré una pajarita de metal para mi colección de reproducciones de pájaros que quepan en la mano ("más vale pájaro...") y volvimos obscuri sola sub nocte per umbram hasta Ciudad Real, muy fatigados.