domingo, 8 de abril de 2012

¡Arrea; P. J. Ramírez me nombra!


En el balcón de ‘Tigrekán’

Pedro J. Ramírez en El Mundo

OPINIÓN: CARTA DEL DIRECTOR
Cuando Jiménez Losantos tuvo el acierto durante el tardofelipismo de endosar a González el apodo de Tigrekán II de Mongolia muchos lectores creyeron que trataba de asimilarlo al televisivo Sandokán de protuberantes facciones y comportamiento pirata. Sólo una minoría atendió a su explicación de que así era como le llamaban a Fernando VII «los liberales» durante el Trienio Constitucional.
El paralelismo estaba muy bien traído pues no era difícil descubrir en aquel gobernante que alardeaba santurronamente de haber «perdido su libertad» para ganar la nuestra mientras perpetraba fechorías sin cuento en uso y abuso del poder, ciertos rasgos de la doblez, oportunismo e hipocresía que caracterizaron al más denostado de nuestros reyes. Pero como Jiménez Losantos nunca concretó, que yo recuerde, ni la pila bautismal ni las circunstancias en que se utilizó originalmente aquel alias, tampoco pudimos sacarle toda la carga interpretativa que llevaba dentro.
Han tenido que concurrir los estudios promovidos en el contexto del bicentenario de la Constitución de Cádiz y un comportamiento tan chocante como el de la izquierda política y sindical de los últimos días como para que salte inmediatamente la chispa de la evocación y surja la oportunidad de completar algo tan lamentablemente español como esta radiografía de la mala leche.
Fueron los periodistas exaltados Félix Mejías y Benigno Morales, dignos por su brillantez y patriotismo de una causa más viable que la que abrazaron, quienes acuñaron en su sin par publicación El Zurriago una serie de motes con los que pretendían representar a Fernando VII como el sátrapa oriental que siempre hubiera querido ser. Así fueron desfilando por sus páginas Yanki, emperador de la China, Majamut, Bondo-Kina, Tinke-Pak o Tigrekán. Nunca se había hecho mofa y escarnio de un rey en esos términos: el riesgo para sus artífices sólo era equiparable al vértigo transgresor de sus lectores.
Con el solvente y cautivador estudio del profesor Ángel Romera El Zurriago, un periódico revolucionario, editado por el Ayuntamiento de Cádiz, como brújula, y una rara colección de sus 93 números, extraída de entre los tesoros de su cripta por uno de mis amigos del gremio de libreros, como gratificante territorio a la vez de jolgorio y aventura, no me ha sido difícil descubrir el momento exacto de la exaltación de Tigrekán a las cimas de su villanía en esa ignota catedral de la sátira política española.
Sucede en agosto de 1822 cuando El Zurriago incluye en un número doble -el 57 y 58- la «comi-tragedia» titulada Los Cañonazos o la Proclamación Cachifollada. Véase la originalidad e innovación idiomática. Está dedicada al autogolpe de Estado que Fernando VII intentó en vano el mes anterior mediante la sublevación de la Guardia Real. A lo largo de sus escenas contemplamos cómo Tigrekán, ayudado por sus hermanos Alfeñike y Pakorrillo -los infantes don Carlos y don Francisco de Paula-, inventa primero el problema, se las cree luego muy felices sintiéndose vencedor y finalmente, cuando en efecto todo se «cachifolla», no sólo deja en la estacada a sus más fieles sino que se ensaña con ellos para ocultar sus propias culpas.
Asegura Estanislao de Kotska Bayo, a quien se atribuye la documentada Historia de la vida y reinado de Fernando VII de España, en la que han bebido todos los biógrafos de aquel Borbón, que en el momento en que los golpistas derrotados -incluidos muchos de sus más fieles servidores- emprendían la desbandada hacia el Campo del Moro, el rey, haciéndose la víctima de su propia felonía, se asomó a uno de los balcones de Palacio y comenzó a gritar «¡A ellos! ¡A ellos!» para que los sitiadores pudieran exterminarlos con más facilidad.
«¡Rasgo de cobardía y de bajeza, indigno de un pecho honrado y que infama al que, caudillo primero de la insurrección, la entrega ahora a sus enemigos y aún los estimula contra ella!», apunta presuntamente Bayo. «Séanos permitido comparar esta conducta innoble con el heroico sufrimiento del pueblo español, que vencedor de las tramas reales y viendo al Príncipe sólo e indefenso, ni un insulto le prodigó, ni traspasó el lindar de su alcázar patente a todos».
Comprendo que haya a quienes todo esto les recuerde escenas más superficialmente análogas pero, yendo al fondo de las cosas, no se me negará que llevamos 10 días en los que tenemos que soportar la supina desvergüenza con que los gerifaltes sindicales, los líderes del PSOE y los dirigentes de Izquierda Unida -cada uno con su estilo, ora vociferante, ora taimado- se asoman al balcón de la opinión apelando a los peores instintos nacionales y azuzando los recelos exteriores sobre la caterva de males que arrostramos como consecuencia de su propia conducta irresponsable y demagógica.
Si España tiene que pagar este año 29.000 millones de intereses por su deuda es porque un gobierno de izquierdas abrió en poco más de dos años una brecha fiscal de 12 puntos, sin precedentes en la historia de nuestra Hacienda pública, aprovechando la coartada de las políticas de estímulo para tirar literalmente la casa por la ventana de un gasto disparatado, descontrolado e ideologizado.
Si España tiene cinco millones de parados es porque la coacción de unos sindicatos herederos de los poderes fácticos del franquismo impidió flexibilizar a tiempo el mercado de trabajo de forma que el ajuste pudiera hacerse, como en tantos países de nuestro entorno, por la vía de los salarios y las condiciones de trabajo y no por la del empleo.
Si España tiene sobre sus encorvadas espaldas la carga de un Estado elefantiásico, fruto de la superposición de hasta cuatro administraciones diferentes, incluida la insaciable planta carnívora autonómica, es porque desde que la caída del Muro de Berlín y el triunfo de la globalización dejaron a la izquierda huérfana de referencias ideológicas, tanto el PSOE como Izquierda Unida no han cesado de buscar pactos antinaturales con los nacionalismos de cualquier ralea, sobre la base de cambiar la primogenitura de la cohesión nacional por los platos de lentejas de las cuotas de poder y pagar siempre el peaje de crear nuevas estructuras clientelares.
Es cierto que tampoco el PP está completamente libre de ninguno de estos pecados, pues desde sus filas se ha hecho populismo barato con el disfraz del gasto social, se ha pactado y se sigue pactando con los sindicatos dentro de su propia lógica para poder tener la fiesta en paz y se han engendrado ridículas paridas como la «cláusula Camps» o la «realidad nacional andaluza». Pero mientras en su caso se trata de desviaciones tan graves como puntuales de una política en líneas generales coherente con los planteamientos liberales que a la larga traen estabilidad y prosperidad a las democracias, en el del PSOE y sus adláteres casi cabría decir que lo virtuoso ha sido la excepción dentro de una regla acumulativa de equivocaciones y desastres.
Tiene razón Sarkozy al pedirles a los franceses que escarmienten preventivamente en la española cabeza ajena. El Plan E, el cheque- bebé, los 400 euros, el nuevo PER de la dependencia, la vicepresidencia virtual de Cándido Mendez, los millones de horas de estéril diálogo social, los 60.000 o 70.000 liberados y funcionarios sindicales, el «Estatuto que venga de Cataluña», la «Nación discutida y discutible», los tres millones y medio de funcionarios, la subasta de la financiación autonómica, los engaños a Europa a base de reformas de cartón piedra y los 25.000 millones de déficit oculto en 2011 son los hitos que nos han traído hasta aquí. Y el programa de Hollande está impregnado del mismo tufillo buenista que para nosotros ha sido letal.
Al menos Zapatero, principal responsable de toda esta acumulación de errores, está teniendo la prudencia de mantener un discreto silencio, eludiendo la tentación de aprovechar las dificultades de Rajoy en los mercados e instituciones europeas para lanzar el fácil mensaje de que a todos los gobiernos se les pone la prima de riesgo a 400 y de que por tanto la culpa no está en tal o cual política sino en las estrellas de la coyuntura.
Pero su talante tiene menos émulos que sus supersticiones. A todos sus herederos políticos y compañeros de viaje ideológicos les ha faltado tiempo para precipitarse a la balaustrada de la plaza pública y comenzar a señalar con grandes aspavientos a la vez la cola del desempleo, la reforma laboral y los recortes presupuestarios como si fueran invenciones exógenas de Rajoy para fastidiar a los españoles y no las consecuencias inexorables de sus años de frivolidades y falacias.
Convocarle una huelga general a un gobierno que lleva 100 días en el poder y ha recibido esta herencia terrorífica -hay que subrayarlo por mucho que fracasara con estrépito- es una ignominia del calibre de la propia indigencia intelectual de los Méndez, Toxo, López y Martínez. Y el numerito de las 50 ruedas de prensa socialistas contra un Presupuesto condicionado por la obligación de pagar los platos rotos por el PSOE el año pasado está también a la altura política del trust de los perdedores que lidera la oposición: Soraya Rodríguez vapuleada en Valladolid, Óscar Amnesia López vapuleado en toda Castilla y León y Rubalcaba vapuleado en España entera.
Sólo hay que ver los términos en los que se está planteando el acuerdo PSOE-IU en Andalucía -no pasar por el aro de la disciplina presupuestaria, no reducir el déficit, no restringir el gasto público, el funcionariado y los subsidios sino ampliarlos- para darse cuenta de que la pulsión profunda de la izquierda española es sustancialmente antagónica con las reglas vigentes en la Unión Europea e incompatible con la permanencia de España en el euro. ¿O acaso disponen los líderes sindicales, Griñán, Cayo Lara o el propio Rubalcaba de algún mecanismo oculto para obligar a los inversores internacionales a seguir prestándonos aunque demos a entender que no les pagaremos o a los socios europeos a hacerse cargo de nuestras deudas?
Ninguno de estos Poncios se atreve, claro está, a proponer que nos arrojemos al abismo de una autarquía decimonónica en pleno siglo XXI como si fuéramos las ovejas de Panurge. Por eso sus llamamientos a la movilización, a la huelga o a la confrontación con el Gobierno del PP siempre tienen un aura de esterilidad. No al ajuste neoliberal, no a la dictadura de los mercados, no a las reformas de Rajoy… pero ¿para sustituirlas por qué?
La letra pequeña de los Presupuestos tiene alternativa porque siempre se puede recortar un poco más al cine y un poco menos a la ciencia, siempre se puede apretar un poco más a los fumadores y un poco menos a las empresas, siempre se puede dejar la lamentable amnistía fiscal, fruto de la impotencia internacional ante la evasión de capitales, para este año o para el que viene; pero lo que no tiene alternativa es su filosofía. Si los operadores financieros y las instancias internacionales los han acogido con reticencia es exactamente por lo contrario por lo que la izquierda española los descalifica. Es decir, porque no garantizan suficientemente el ajuste, sobre todo en lo que atañe a las autonomías.
Tal vez algunos piensen que va a ser precisamente ahora y en este lado de la península Ibérica cuando el mundo va a cambiar de base. Pero quienes ya sabemos cómo termina siempre esa «lucha final», quienes aspiramos a recuperar la prosperidad que no ha mucho tuvimos dentro de la Europa de las libertades a la que pertenecemos, debemos ser conscientes de que la única salida a nuestra crisis es gastar menos de lo que ingresemos hasta pagar lo que debemos. Y eso sólo tiene una bifurcación como se está demostrando en Grecia: o nos ajustamos por las buenas o nos ajustarán por las malas.
Insisto en recomendarle a Rajoy la «audacia» de Danton. Pero para hacer lo contrario que le piden los demagogos que se asoman con desparpajo al balcón de Tigrekán. Es decir, para acelerar las reformas, podar con más contundencia las ramas de lo superfluo y entrar a fondo en las tripas de un Estado inviable. No es lo mismo tener la prima de riesgo en 400 con un mandato democrático claro que cayendo en picado en los sondeos y jugando al escondite con tu partido y tu programa, como le pasaba a Zapatero.
La mayoría de los españoles hemos aceptado con ese estoicismo rayano en el «sufrimiento heroico» al que se refería el biógrafo de Fernando VII, el bocado exponencial del IRPF, la mengua de derechos laborales o la electrizante subida de la luz. Sólo pedimos que el bisturí no tiemble cuando se acerque a las partes blandas de las canonjías políticas y el cuentacuentos autonómico. Y que mientras el cirujano opera no tengan la desfachatez de gritar: «¡Al ladrón, al ladrón!», quienes previamente nos han robado la cartera.