domingo, 15 de abril de 2012

La puerta negra, 2001, y lo que da miedo.

The black door, si se ve ingenuamente -he visto ya tantas que no me asusta ninguna- es una de las películas de terror realmente buenas del decenio, junto con Hostel. Es del incipiente Kit Wong, y sintetiza con eficacia los últimos hallazgos técnico-narrativos del género; no por nada fue premio del festival de Sitges en 2003. Algunas secuencias son antológicas, pero desluce verla en pantallita; este tipo de productos es mejor consumirlos en pantalla grande, de noche, solo y con mentalidad de niño de siete años, algo que, por desgracia, uno ha descubierto ya que no puede volver a tener. Hay que prestar atención a los guionistas, Julien Carbon y Laurent Courtiaud, que están dando bastante que hablar también como directores con Red nights. Lo único que me consigue asustar ya son cosas tan ultrafriki y conceptuales como The Booth at the end, una serie canadiense de Christopher Kubasik cuyo terror es puramente filosófico, alérgica a la violencia y donde no suena una palabra más alta que otra ni hay gota alguna de sangre, en todo caso migajas de tostada y algo de café. Para desentrañar la tinta que hay oculta en los renglones en blanco de su abstruso e hipercondensado guion de veinte minutos por capítulo lo menos hace falta un grado en Teología. Voy a tener que estudiarla.