domingo, 15 de abril de 2012

Libros y más libros

El deleite que me produce ir de vez en cuando a los anticuarios y hurgar en alguna remesa de nuevos libros viejos es inversamente proporcional a mis ganas de levantarme por las mañanas después de haber sobrepasado un insomnio entrecortado y mi correspondiente capítulo de fragmentos de pesadillas recurrentes más o menos recicladas. En Bethel he visto una segunda edición del tumefacto Tiempo de silencio perpetrado por L. M. Santos, difunto director del sanatorio de anormalizados de La Atalaya; no la he comprado al simbólico precio de un euro, pues me basta y me sobra con mi edición moderna. Sí adquiero por el contrario una versión en francés del Franz Kafka, souvenirs et documents de Max Brod, publicada por Gallimard en 1963 de la traducción desde el alemán de 1945, derechos de edición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (hay cosas muy raras en los baratillos manchegos, muchos de ellos bien provistos por desechos y expurgos de bibliotecas de abogados, médicos y pasajeros profesores extranjeros de universidad). Deliciosa la narración de los inicios de su amistad, compartiendo el deseo de no perder el griego realizando la traducción del Protágoras de Platón y sus sofisterías, y cómo le obsequia Kafka con su conocimiento de Flaubert. Compro asimismo unos raros ejemplares del Índice cultural de Albacete porque contienen artículos sobre folk-lore manchego y poco más (un interesante compendio en francés de trabajos sobre desarrollo de redacciones escolares). Por correo me viene la Biblioteca de escritores de la provincia de Guadalajara de Juan Catalina García, 1899, que he visto a buen precio, aunque está en la entretela o entrerred mal pasado a incómoda y desgranada versión digital. De la Cuesta de Moyano me traje hará unos días el Diccionario Oxford de Literatura Española e Hispanoamericana, que hace juego con los otros que tengo, pero especialmente con el de Bleiberg y Marías para Revista de Occidente, expurgado de marxistas y raros. Del correo extraigo también las memorias de Anselmo Lorenzo, demasiado documentales para mi gusto, pues lo valoro más cuanto más personaliza; un ejemplo, las siestas desordenadas de que era gozosa víctima el anarquista Tomás González Morago. Me viene de la Biblioteca de autores manchegos un refrito muy mal hecho y peor escrito sobre arquitectura de Almadén y un interesante trabajo y edición sobre un auto de navidad teatral en verso rescatado de la tradición oral de Pozuelo. El texto tiene pinta de dieciochesco, aunque tal vez refunda una tradición castellana más antigua desde el Officium pastorum medieval, como hubieran querido desear los beneméritos autores.