viernes, 13 de abril de 2012

Charla

El Paseante se acerca temeroso y cohibido al recinto donde trabaja agachado y pensativo el Jardinero. Cercano el crepúsculo, está ya equilibrado el pulso entre luz y oscuridad y nada proyecta sombra.


P: Buenas tardes (en voz baja)
J. ...
P Buenas tardes (en voz algo más alta)
J Ya buenas noches (enderezándose). Lo había oído la primera vez, pero es que necesito tiempo para evitar el latigazo en la espalda... Un problema técnico del diseño evolutivo; ¿qué se le ofrece, joven?
P Venía a charlar con usted...
J ¿De jardinería?
P: Tengo entendido que mucha gente habla con usted, pero sobre cualquier tema, y usted nunca se niega.
J: No me niego, pero hay algunos que se niegan a hablar conmigo o simplemente lo evitan.
P: ¿Como en Booth at the End?
J. Algo parecido. Aunque ese señor no me puede ni ver. Creo que siente una vergüenza absoluta o, más bien, que no tiene ninguna. ¿Qué podría esperarse de quien siempre anda en el bar...? Bah
P: Muchos dicen que usted tampoco contesta...
J. ¿No le estoy contestando ahora a usted, hombre? Lo que pasa es que no quieren saber dónde encontrarme, o me tienen mucho miedo.
P. La verdad es que usted impone... pero yo lo he encontrado enseguida.
J. ¿Ve? Siempre estoy aquí. Sólo se trata de querer hacer las cosas bien, empezando por saber dónde mirar. 
P. Lo encuentro algo cansado.
J. Hace ya mucho de la única vez que pude tomarme algo de asueto. Todo estaba recién plantado, sólo cabía esperar y podía hacerlo. Ahora está muy crecido y salido de madre. No tratan bien mi plantío y lo poco que queda de él está lleno de pulgones y basura. Hasta las abejas se han muerto de asco y las flores no pueden volverse fruto. Ni mi hijo, muy hábil con las manos, ha podido levantar con unos clavos y unos maderos toda esa pérgola que ve ahí tirada, con las nuezas por los suelos. Se ha ensangrentado las manos y los pies, y nada. Dice que espere, que ya veré cómo termina el trabajo y lo bien que va a quedar, pero antes, por lo menos, había una hermosa colmena. 
P. Parece le gusta su oficio.
J. Me gusta, pero también me desilusiona; necesito que me echen una mano, como en la escena esa de la Capilla Sixtina.
P. Es difícil saber qué quiere.
J. ¿Pues no se lo estoy diciendo, carajo? ¡Que me echen una mano! Es muy fácil ser muy feliz, pero no es tan fácil hacer felices a todos. Verá: el truco es sentirse parte de algo más general y servirlo sin esperar retribución sino al más largo de los plazos. Para que el jardín mejore todo el mundo tiene que estar de acuerdo en la forma de servir para mejorarlo, y para eso todo el mundo tiene que mejorar también: se necesita mucho tiempo para que la gente se autosacrifique y se haya reencarnado lo suficiente como para aprender que es parte de un todo y te eche una mano; sólo cuando se llegue a ese extremo el jardín será perfecto y ni siquiera se necesitará a un jardinero como yo. Porque todos seremos ese jardinero y ese jardín.
P. (Atemorizado) Nunca lo había contemplado así. Y parece muy difícil.
J. Como todo lo que es fácil al final. Siempre es difícil al principio. Es que el Manual del jardinero que yo escribí necesita una tercera edición, breve y light, con los ajustes precisos para evitar malentendidos.
P. Y vaya malentendidos. ¡Menudo lío con las dos ediciones precedentes...!
J. No fue culpa mía; siempre me han entendido peor de lo que merezco.
P. Los árabes editaron un refrito-plagio de las dos ediciones anteriores...
J. Qué van a saber de jardinería los beduinos en el desierto... Hasta su escritura se parece al desierto. El desierto que han hecho con parte de mi jardín. Pero sobre eso no me pronuncio. Lo tiene que tratar la Sociedad General de Autores del Multiverso... cuando hayan terminado de limpiar sus cuentas. Debería darles vergüenza. De la vergüenza se aprende mucho. Adán lo aprendió. Aprended vosotros de él. 


(continuará)