lunes, 7 de mayo de 2012

Cine clásico. Vidas contadas, de Jill Sprecher (2002).


La única virtud que hace a una obra clásica es la permanencia y una compleja y elaborada sencillez. El clásico es el modelo digno de imitar en cualquier tiempo, siempre tiene algo que aportar. En el cine, las virtudes clásicas se encuentran en la actualidad sólo en directores-guionistas como Alejandro González Iñárritu, Jill Sprecher, Rodrigo García Barcha, Asghar Farhadi, Jim Jarmusch, Kevin Smith, Paul Auster, Marjane Satrapi y poco más; son películas  muy literarias, que toman a la persona por algo más que unos ojos y un consumo de palomitas. A su lado todas las demás parecen impostadas, presuntuosas, superficiales o inhumanas, fuera del aire, el sol, y la gente en sus casas y calles cotidianas. De algún modo están tecnificadas o cosificadas por el aparato y el dinero que las envuelve. 


Mi último descubrimiento, en el canal Cinemateka de Ono, ha sido Vidas contadas (2002) de la directora Jill Sprecher. El tema que trata, la felicidad, nada menos. En ella aparecemos con la sustancia gris que nos da forma, el tiempo, elaborado en una estructura muy inteligente que concentra el dramatismo en el espectador al omitirlo conscientemente de la escena, de forma que nos hace depositarios de todo pensamiento y angustia ante los atinados espejos-personaje que nos orienta la directora. El punto de vista es aparentemente apacible, unos cuantos caracteres bien delineados que se relacionan y separan a través de trece pequeñas secuencias narrativas enlazadas en un vistoso tapiz de convergencias; de pronto un simple acto de humilde generosidad altera la marcha maligna del conjunto y este acaba por equilibrarse salvando la dignidad y la ética de la mayoría de las personas implicadas. En esta película la gente no es meramente un rol o un estereotipo, salvo tal vez el desalmado profesor de física; las frases más corrientes del mundo se entienden de otra manera y se transforman en filosofía pura ejemplificada a través de un puñado de víctimas del karma en una Nueva York otoñal, casera y poco tópica de tan vulgar. Resulta curioso que esta vulgaridad se transfigure en arte precisamente porque el cine se ha obstinado en omitirlo. El conjunto se escapa del nihilismo por los pelos, menos mal. Por ahí dicen que esta película salva a la gente de la depresión. No es mal resumen. En cuanto a aspectos formales y temáticos, asoman las maneras, visos y estilemas de García, Iñárritu y Auster, entre otros.