martes, 24 de julio de 2012

Imprevisibilidad

A ciertas edades, la imprevisibilidad es la mejor medicina. A los viejos los ha construido la costumbre, en especial la de tener costumbres; no necesitan nada, ni siquiera juventud -los jóvenes no son nada originales, y cuando lo son lo es por una sobredosis de voluntad que les hace madurar antes de tiempo-. Les cuesta moverse, abandonar la espiral en que se encierra su propio fatalismo; la voluntad se ha diluido en ellos en una gran indeterminación; necesitan la pasión de otros, para encenderse y ponerse en marcha; entonces pueden guiar o ayudar con su experiencia; pero ya no atesoran pasión, porque han ardido demasiadas veces y, aunque sus cenizas pueden levantar una espectacular polvareda de humo dormido, esta es grias, fría, sucia y ácida como el manto polvoriento depositado en estratos por el tiempo y su abandono. Y no es posible encontrar en ellas, escondido como está, algún rescoldo; ni siquiera lo buscan.

Por eso los viejos debemos ser imprevisibles, contradecirnos, explorar los pocos ámbitos que nos quedan por visitar, y que son pocos sólo porque nuestra vista, cansada, ha reducido ya la paleta de colores e, inclinada, la extensión de los horizontes. Lo que necesitamos es una pila de entusiasmos. El anciano, el zombi, el mediomuerto, debe erguirse y, sin renunciar a todo lo que ha ganado (o perdido), llamar a todas las puertas del futuro que pueda, viajar donde no ha ido, escribir lo que no ha escrito, escuchar lo nunca oído, leer en vez de releer, frecuentar los barrios y lugares de la ciudad que no ha visitado, no sabe por qué, comer y beber lo que nunca quiso y conocer las caras que no le suenan; en fin, debe volverse la piel de revés a lo San Pablo y bautizarse con un nombre nuevo. Lo malo: la gente se asusta y te confunde con un zombi, con un medio muerto, con un fantasma o con un patético gilipollas.