miércoles, 4 de julio de 2012

Voluntad

"Mi voluntad se ha muerto una noche de luna, escribió M. M., en que era muy hermoso no pensar ni querer"; a mí me pasa lo contrario: soy incapaz de manejar mi propia voluntad, ni siquiera para darle la extrema unción. Me lleva donde ella quiere y siempre hay un rescoldo irremisible que la niega resentido. No me controlo: padezco una especie de tensa disociación entre mi yo activo y exterior y mi yo pasivo e interior; incluso desconozco cuál es la marioneta y quién el que la mueve. A muchos esa agonía les entristece toda la vida; yo he aprendido a soportarla, a sobrellevarla, a ignorarla, a disculparla e incluso a sacarle algún fruto a pesar de sus barrabasadas. Porque esa tensión en el alma hace vibrar sus cuerdas, y de esa vibración se puede sacar algo de arte o de conocimiento. Y malditos sean el arte y el conocimiento, que no me dejan en paz; si al menos sirvieran para algo... ¿Me podrían emancipar? ¿Cómo emancipar a una marioneta o a un marionetista de su otra criatura? Creo, además, que tengo dos marionetistas, el cerebro, con sus nervios-cuerda, y el corazón, con sus capilares-cuerda. Como bien sabía Goethe, la historia del teatrillo son formas de una sed/red que no hay modo de calmar; él proponía la acción, pero ya sabemos, lo sabemos desde Schopenhauer, que al final de la acción sólo hay cansancio, y el cansancio es sólo otra forma del dolor que pretendemos evitar. Resulta así que del aburrimiento, que es el dolor del alma, pasamos al dolor del cuerpo, que es el cansancio; supongo que el aburrimiento está al comienzo de la obra y en su salida, dentro y fuera del escenario; el cansancio está sólo en el mismo escenario. El zigzag de la pasión es el del electroencefalograma: beber el agua de Tántalo, subir la piedra de Sísifo, peregrinar de la diástole a la sístole de la vida.