domingo, 16 de septiembre de 2012

Mis libros, mis amigos.

Uno de esos necios de ahora, un tal Craig Mod, autotitulado gurú del libro internético, ha escrito con tinta eléctrica que "los libros del futuro no serán un ladrillo inmutable”, y ha avivado mi seso y hecho despabilar mi dormida inteligencia. Porque la denominación de lo que odia es luminosa, incluso literaria en su precisión: los libros de orgánica celulosa y que devoran los xilófagos son "inmutables" y "ladrillos". Pues sí, lo son. Es la ventaja que tienen contra lo inorgánico y artificial más que artístico: concentran los valores de la voluntad, el trabajo y el esfuerzo, son fieles porque no cambian y no traicionan, están siempre ahí, como los padres que quieren a sus hijos, y te cogen la mano. Como los ladrillos, sirven para construir algo; como el verdadero saber, son eternos y no cambian. Tienen cuerpo físico, existencia real, fe y erratas de verdad, no de mentira ni de silencio. No son objetos de lujo, no son dinero ni referencias que se trasiegan de una a otra parte; algunos incluso poseen piel, como los animales domésticos y los seres humanos, y como ellos se fatigan, se gastan y empalidecen el color de sus mejillas ilustradas, sufren heridas, cortes y costurones causados por la vida y los viajes, guardan flores secas, "monumenos de una tarde", como escribe Borges, o custodian con probidad, como el Herodoto de El Paciente Inglés, fotografías, cartas, recordatorios, entradas, billetes de metro, sellos, borradores de poemas y cartas, glosas y correcciones, y siempre se mantienen íntegros, honrados, dando testimonio fiel de lo que quiso vivir / decir un hombre o mujer, no un "ser humano". Son amigos, mejor, son familiares: cuando los compramos o los heredamos -lo que, por lo visto, no puede hacerse con los libros electrónicos- adquirimos una relación humana, no contractual ni de consumo. No se puede pasar la mano sobre un libro electrónico, no se puede individuar, corregir, subrayar: no te ofrece abstracta e imposible libertad, sino pasión, concentración, esfuerzo, compromiso, compañía y ayuda para llevarte de un sitio a otro como si fuera una aventura: con un libro electrónico, por el contrario, andas perdido y desorientado por el desierto y no sabes adónde vas a llegar al final, o bueno, sí, hasta donde lleguen las pilas; es una invitación al abandono, a la deserción, a la derrota en la batalla. Se ha leído, se lee por soledad: uno necesita una voz que le hable, detrás de la cual vaya apareciendo poco a poco dibujado un rostro, un cuerpo, una vida, una historia y, por último, un aprecio, una amistad filial generada con nuestra propia mente por la convivencia y el tacto, una sombra como la nuestra. Por eso los libros de papel son amigos y, los electrónicos, solamente conocidos.