martes, 25 de diciembre de 2012

Cáritas

Antonio Ángel Algora, uno de los obispos de Ciudad Real (tenemos dos católicos y algunos protestantes) ha escrito pastorales muy amigas de los pobres y los débiles; es más, también algunas notas curiosas, que podrían abonar polémicas, como la que veda procesionar por el callejero al estandarte de la División Azul. Se preocupa incluso por las ovejas grises, negras y atigradas que no pertenecen a su rebaño, pese a lo poco o nada que eso vale para hacer carrera en su negocio, más lleno de halcones que de palomas; es un buen pastor: no aspira a ser rabadán o mayoral, sino oveja de raso, pero muy inmaculada. Posturas osadas como la suya se hacen respetar y dan respetabilidad a sus sacerdotes, que ya lo eran: creo yo que cualquier persona que procura hacernos mejores es digna de respeto, lleve sotana, casulla o calcetines.

Aunque uno recuerda los desmanes de alguna clerigalla atacada por los pecados capitales del pasado, tampoco olvida la gran obra de la caridad cristiana en cualquier tiempo y su gran valoración de la mujer frente a religiones más mundanas, y se queda con esto último, que vale más que lo otro. Algora, que sustituyó al manchego Torija por su quebrantada salud, es por formación sociólogo; sus cargos en la Conferencia lo han puesto al mando de la caja de caudales de la Iglesia Católica, y de ahí que nos obliguemos a leer entre líneas su última pastoral, donde más o menos se queja de que se están vaciando las arcas de Cáritas en hacer lo que el Estado debía haber hecho. Algunos tendrían que hacerle caso y optar por la casilla católica en la declaración de la renta: así, al menos, sabríamos hacia dónde van nuestros dineros; si optamos por la otra, bien podrían acabar en una de esas opacas asociaciones que usan los partidos políticos para financiarse.

El estado preposfranquista se ha quedado sin fondos por culpa del saqueo de los bancos y la corruptela de araña que han tejido los partidos de la pseudodemocracia para financiarse y financiar sus vicios sifipolíticos. Eso ha hecho imposible unas medidas keynesianas de saneamiento e inversión estatal y nos ha lanzado en brazos de mamá Europa y sus tozudos fúcares alemanes. Y la Iglesia está poniendo los fondos que el Estado habría tenido que poner para evitar el desastre social.

Así que monseñor Antonio Ángel Algora, más que nunca, y a su modo educadísimo y formal, esto es, con el tirón de orejas y la palmeta de mi infancia salesiana, está clamando en realidad contra la corrupción, los bancos y todos sus malditos políticos de mierda.