viernes, 14 de diciembre de 2012

Desde algún lugar del frente

Amor mío, aún resuenan los gritos de los heridos en la última escaramuza. Perdona la letra: me tiembla el pulso y no tenemos suficiente keroseno para todas las bujías. Algunos han partido esta mañana con rumbo desconocido. Con tanta y sucesiva reforma educativa los docentes estamos perdiendo, hemos perdido ya toda esperanza de ganar la guerra. Un aliado ha traído periódicos de fuera: la prensa extranjera declara inminente la derrota, pero aquí lo único que plantean ante los resultados es planificar una y otra vez la misma pachanguera ofensiva. Como al profesor chiflado de la película, su lugar de Calvario se le ha convertido en un reformatorio. De los tanques, la tarima  y los nidos de ametralladoras hemos pasado a la trinchera y las alambradas. Si se hace sin dinero, mal vamos; peor, si se prescinde de los criterios de los propios soldados profesionales y ya es el colmo si, además, se masifica y aglutina tanto que se nos trata como carne de cañón; se nos saca toda energía cargándonos de horas de batalla y clases atestadas de alumnos cada vez más reacios y resabiados, que también son palabras que empiezan con re-. Lo único que se nos pide ya es disciplina, pero no son raras ya la neurosis de guerra ni los casos de cobardía ante el enemigo, con el que a veces se confraterniza, porque hemos descubierto con sorpresa que tenemos con él más cosas en común que con los amigos, por ejemplo, la misma falta de futuro. Ni siquiera compensa la misma cochina paga, que no responde a estas miserias ni sobrecargas: algunos profesores ya no saben, entre tanto e indiscriminado bombardeo legislativo, ni siquiera la asignatura que van a impartir el año siguiente o dónde les tocará desembarcar el año próximo. Es más, perdón, es menos: se les quita mucha de la que tienen y podrían tener y no se les promete que lo anterior vaya a volver. La guerra ya es más larga que la de los treinta años y hay sospechas de que lo único para lo que sirve es para que se lucren y repartan el pastel los altos mandos de ambos bandos. Los veteranos esconden el culo en sus oscuros agujeros entre ratas y mandan a los bisoños al frente con un hola y adiós, rascándose sus viejas cicatrices de guerra; prefieren un insulto a una condecoración y cambiarían esta con gusto por un permiso indefinido. Es lo que hay.