miércoles, 2 de enero de 2013

No saber que no se sabe

El mito de Fausto, el de la insatisfacción del saber y la miseria moral que provoca es el último que ha producido la civilización occidental. "Es infinito el número de los necios", dice la Biblia. Esto es: todos somos más o menos tontol'habas. Lo único que podemos pretender es serlo algo menos cuando muramos. En un clásico egipcio antiquísimo, unos consejos de gobierno escritos por un faraón, se lee: "Sobre cualquier cuestión, no solo hay que preguntar al que sabe, sino al que no sabe", porque también hay que aprender a ignorar debidamente una cuestión para poderla solucionar: la ignorancia es una de las herramientas del conocimiento, y la más empírica, porque consiste en saber "de" algo.

Ni siquiera los muy inteligentes saben ajustar una definición de la inteligencia. Se dice es la facultad de resolver problemas acuciantes en poco tiempo, pero esto margina creatividad, voluntad, empatía e inteligencia especializada y pasa por alto su fluctuación, pérdida, ganancia y evolución o su no menos importante utilidad individual o social. Mi experiencia como educador y hermano de un superdotado tal vez me haya dado algunas perspectivas mejores para plantear la cuestión y he procurado satisfacer mi curiosidad como he podido, porque es asunto polémico y complejo donde los haya: Descartes, un superdotado, escribió que la inteligencia debe ser el bien mejor repartido del mundo, ya que todos creen tener más que nadie. 


Muy mal lo tienen los que poseen capacidad pero se encuentran instalados en un mal entorno; los listillos son muy díscolos e incordiantes porque padecen un paradójico sentimiento de inferioridad derivado de su extrema sensibilidad, que les hace darse más cuenta de lo estúpido que es el mundo en que viven y de la estupidez de la existencia en general. Se sufren tan ignorantes como el rey Salomón y se consideran tan inútiles como el Eclesiastés, atribuido por cierto a Salomón.


Sobre tema tan garrulo nuestro gran manchego Juan Antonio Marina ha escrito muchas páginas sabias, luminosas y acertadas, pero uno recuerda más intensamente las tesis de H. J. Eysenck y León Kamin en su libro La confrontación sobre la inteligencia ¿Herencia-Ambiente? Madrid: Pirámide, 1986, por más que el debate ha ido más lejos, de suerte que la postura que ha triunfado y que yo comparto ha sido la del psicólogo Howard Gardner, derivada de la Teoría de la Evolución Darwin-Lamarck: no existe un solo tipo de inteligencia, sino varias capacidades de adaptación al entorno: lingüístico-verbal, lógico-matemática, espacial, musical, corpo-cinestésica, intrapersonal, interpersonal y naturalista. Hay incluso quien ve relaciones entre esta teoría y la muy discutible del Eneagrama. Esta teoría se ha mostrado tan fecunda y tan útil que ha logrado hacer avanzar un campo hasta el momento muy estancado en las consideraciones meramente cuantitativas de Binet o meramente organicistas de Eysenck, dando más razón a Kamin, pero ampliando muchísimo su punto de vista. La utilidad de esta teoría se desprende de que puede integrar las inferencias sociales y aplicarse a grupos y a inteligencias no humanas, como los delfines, los chimpancés, los bonobos, los insectos, las bacterias e incluso las entidades electromagnéticas e informáticas, mientras que a nosotros, paradójicamente, nos humaniza.

Psicólogos como Eysenck afirmaban que es algo más genético que aprendido; los judíos serían los más listos por haber tenido que superar una persecución tal que solamente sobrevivieron los más aptos; es cierto hay un porcentaje de premios Nobel mucho más alto entre ellos y los test siempre les conceden quince puntos más que a otros pueblos; pero los gitanos han sido tan perseguidos como los judíos y no hay nobeles gitanos, aunque tengan fama de diestros cantando y chalaneando. La diferencia pudiera ser cultural: los judíos han conservado una cultura escrita porque concedieron gran valor a la educación; al optar por la integración, aprendieron los idiomas de los países donde se establecieron (está demostrado que el bilingüismo es bueno para el cerebro) y su carácter poco nómada ha asentado esos logros. Por otra parte, Eysenck da primacía a los amarillos sobre los blancos, aunque resulta que ellos también se han preocupado más que los blancos (y que los políticos españoles, ejem) por la ética, la educación y la disciplina. Sigue afirmando que blancos y negros africanos están a la par, pero no los negros de Estados Unidos, que son menos despabilados, y lo atribuye a la selección natural por parte de la esclavitud. También dice cosas tan discutibles como que los habitantes de los pueblos son más tontos que los de las ciudades y que los negros tienen una capacidad especial para la botánica. Que las mujeres son tan inteligentes como los hombres, pero hay más estúpidos y genios entre los hombres porque las mujeres tienden a tener una inteligencia más indecisa, reservada y anticompetitiva, como demuestra la comparación de curvas de campana; que las mujeres poseen menos inteligencia espacial (se orientan peor) e instrumental, pero mayor capacidad comunicativa y social (lo que redunda en un superávit de disciplina siempre favorable a la cría de niños y neuronas), más visión periférica y un útil funcionamiento multitarea, porque, a diferencia de los hombres, manejan ambos hemisferios del cerebro. ¡Y eso que poseen menos masa cerebral! Los hombres, por el contrario, parecen diseñados para tomar decisiones urgentes y funcionan más en jerarquía que en grupo.

Kamin, que representa la postura opuesta, propia del multiculturalismo, demostró que el padre del racismo científico engañó inventándose los datos y que casi todas las investigaciones de sus discípulos están financiadas por instituciones sospechosas que pretendían recortar el dinero de las becas. Es más, las diferencias culturales y el aprendizaje son esenciales a la hora de desarrollar la inteligencia y contestar a los test estilo Binet, que poseen algunos defectos de diseño relacionados con esos aspectos; los desvíos presentan correlación con esos sesgos y desaparecen cuando los test han sido debidamente planteados.  Por otra parte, existen dos tipos de inteligencia, la basal y la fluctuante: los resultados no son siempre los mismos según la edad, la instrucción, la moral, la personalidad e incluso la hora del día.

Una postura intermedia afirma que nuestra inteligencia es heredada en dos tercios y construida en un tercio. Podría ser. Son las diferencias de rendimiento entre el hardware y el software que lo aprovecha. Pero hay un aspecto del asunto que se soslaya con frecuencia, y es la utilidad de los talentosos frente a la de los genios, y los inconvenientes que proporcionan los genios a la sociedad; Hítler, por ejemplo, un mediocre en todos los campos en que intentó destacar, por ejemplo, armó la que armó porque era un genio de la oratoria, probablemente el más grande en este campo del siglo XX, el siglo de la radio y las telecomunicaciones. ¿Y cómo padecen a estos geniecillos sus próximos, los que tienen a su lado a los engreídos "listillos" de la clase? Uno recuerda el caso de Enrique Menéndez y Pelayo, escritor más que estimable que tuvo la mala suerte de nacer al lado del grande y eminente don Marcelino, un hombre con memoria fotográfica -hoy dirían eidética-, capaz de repetir el libro que había leído hacía dos días al revés y conocedor de seis lenguas vivas y muertas. Enrique tenía que resignarse a presentarse como "el tonto". Igual complejo debía de sufrir Miguel Echegaray, quien tuvo que servir de secretario a su hermano, el famoso dramaturgo y matemático don José, siendo mejor y más culto que él, aunque consagrado en exclusiva al sainete y el género chico y no al tragedión neorromántico; hoy resulta que es autor más legible y vivo que el famoso habitante de los legendarios billetes de mil pesetas. He conocido a alumnos con cociente más alto que Einstein que nunca acabaron segundo de ESO o que terminaron en Alemania esquizofrénicos y dedicados a los negocios; otro es un famoso escritor que fue expulsado de uno de los institutos de Ciudad Real a causa de la manía, eso dice él, que le tomó una profesora. También he tenido alumnos que sacaban notas impresionantes pero que, una vez que se han sacado un empleo, se han dormido en los laureles y no han dado la contribución notable que todos esperaban de ellos. Yo lo achaco a que se les exigía demasiado y, a causa del gran esfuerzo que se vieron obligados a desarrollar, lo único que aprendieron emocionalmente fue a odiar lo que estudiaban y a servirse de ello para medrar. Porque el que saca buenas notas en algo, no siempre lo ama ni ha sido habitado por su pasión. Alguien que saca notable o menos puede obsesionarse tanto con un tema y amarlo tanto que, si no sacó nota entonces, al cabo del tiempo dé un fruto mucho mayor que el que dio quien sacó más nota que él. De esos casos de voluntad y sostenida pasión insaciable por aprender hay más de los que se pueden contar. Son gente descontentadiza, y programada para aprender lenta y constantemente, con solidez, sin pausa, dedicándole todo el tiempo que haga falta y sacrificando el de otras necesidades, integrando sus conocimientos en una construcción superior a unos niveles que solo puede alcanzar la paciencia y una pasión automotivada; Jürgen Habermas podría servir de ejemplo. Si, además, se es excepcionalmente inteligente, ya se llega a las cotas de lo realmente extraordinario, como fue el llamativo caso de Grigori Perelman.

Pero aquí viene ahora mi experiencia, que tiene que ver con los casos que he conocido. Lo principal es,  sencillamente, que la inteligencia está sobrevalorada, porque por sí sola y sin una emotividad correcta es terriblemente cobarde y se utiliza más para evitar los problemas que para solucionarlos, porque no se orienta con los ejemplos y valores debidos. En Estados Unidos casi todos los inteligentes van en pos del sueño americano, que es el simple ganar dinero; muchos estudian abogacía, de forma que su principal contribución al bienestar general es complicar la resolución de los problemas y facilitar la injusticia y el latrocinio. Su inteligencia no resulta valiosa para el bienestar general y la compra el poder para poder seguir siendo poder. Por otra parte, la enorme sensibilidad de los muy inteligentes les hace frecuentemente fracasar, porque la tentación de la indisciplina es más poderosa en ellos que otros. Por ejemplo, Bill Gates dejó la universidad para ganar dinero y hemos tenido que padecer su maleducado y torpón software durante años. Su inteligencia estaba diseñada más para hacer dinero que para hacer un buen producto. Alguien afectivamente menos bruto y niñopijo, como el huérfano Jobs, pudo hacer un software mejor, más artístico, eficaz y educado; pero también dejó la universidad; cierto que en su empresa terminaron por dejarle a él, hasta que sus capacidades artísticas le hicieron ver la fortuna que había en la creatividad de Píxar y lo volvieron a traer, viendo que los que hacían dinero no valían un pimiento. Y no hablemos de la inteligencia, mucho más útil, de Linus Torvalds o Jimmy Wales, unos superdotados que supieron interactuar con la sociedad de tal manera que ahora les tenemos que agradecer instrumentos tan poderosos, comunes y gratuitos como Linux o la Wikipedia.  La inteligencia sólo logra frutos cuando asimila los valores de la voluntad, el trabajo y la paciencia y se integra plenamente en su medio ambiente, como revelan estos últimos casos. Inversamente, puede decirse que las redes sociales también pueden averiar esos beneficios con casos claros de mala educación; lo evidencia Mark Zuckerberg y su red social; a su lado Bill Gates parece un santo.