domingo, 26 de enero de 2014

¡Muera el señorito! de Rafael López de Haro (I)

En una novela del albaceteño Rafael López de Haro, ¡Muera el señorito! (1916), encontramos una de las más fuertes denuncias de la España manchega anterior a la Guerra Civil, comparable a El crimen de Cuenca de Alicio Garcitoral (1931) o Vorágine sin fondo de Antonio Heras Zamorano, ambientada en Ciudad Real (1936). Está dedicada a uno de los mayores representantes del Regeneracionismo, Julio Senador Gómez, notario como él y autor de Castilla en escombros. Las leyes, las tierras, el trigo y el hambre, publicado un año antes, lo que ya es significativo de la inspiración que nutre el libro, muy bien escrito, y con una rabia que se nota. El ejemplar en mis manos está dividido en tres libros: "La patria chica", "La patria grande" y "Ni patria ni amor". La mayor parte de la obra transcurre en un pueblo manchego en realidad inexistente, El Pinoso, en el que paradójicamente no hay pinos, ya que todo ha sido arrasado para plantar trigo. El protagonista, Eugenio Balmes, aplicado estudiante de Derecho, marcha al pueblo tras morir su madre y quedarse huérfano para ver a su hermana, atravesando los campos manchegos:

"Las llanuras de La Mancha son un agro infinito que solo pudo poblar de ideas la infinitud del genio cervantino. La tierra llana, inacabablemente llana, rasa, roja, seca, causaba a Eugenio la impresión negativa de lo inexistente. Era la del campo ilimitado y aspérrimo, era la de la planicie calcinada, eran las de un sol que enceguecía, turbio el ambiente por turbonadas que arrancaba en momentos la ebullición del aire caliente; eran las de la tierra bermeja excavada, escoriada, surcada como sarnosa carne pálida; eran sensaciones de una soledad, de una acritud, de una sed que solo sugerían ideas de fuga, de suicidio. Fugarse, al menos, como los pájaros, como las nubes, como los colores. Aquella tierra fea y desagradecida podía mantener una escasa población que, en fuerza de luchar obstinada y estúpidamente con su esterilidad, se ha enfurecido y vive, sin agua, en hidrofobia perpetua, aislada en los lugarones, lugares o lugarejos, hechos de la misma tierra que Eugenio veía en lejanías remotas, denotados por la torre verdusca, chatos, agachados, perdidos en la inmensidad, náufragos en la estepa, páramo, pampa, sabana desnuda, infausta, calva de la Península, a modo de lupus que ha depilado, asolado, desollado ese gran pedazo de la fisonomía de España.
El camino de hierro, trazado en línea recta, no tanto por ser allí fácil como por ser la más corta para pasar cuanto antes por allí donde nada lo retiene, no era aliciente a que aquel horrísono tren mixto acelerase su marcha. Lento, jadeante, avanzaba caudato de una caliginosa polvareda que a ratos venía sobre él y lo envolvía y enterragaba. A un flanco, las cuencas de los sacatierras, álveos de cieno en la invernada, se cuarteaban. Solían verse muertos de sed algunos juncos y retamas que se atrevieron a nacer fiados en la promesa de humedad. De tarde, un caminejo arenoso cruzaba la vía y, en la intersección, una mujer tripuda, descalza, con el rostro del color de las tejas, presentaba unos palitroques forrados de bayeta roja y verde.
La sensación de inhabitabilidad, de carraspera de Sáhara, se iba intensificando hasta ser una gran tortura para Eugenio, quien jamás sospechó que fuese así la Patria: un solar. El polvo socarrante había ya tapiado el departamento; algunas langostas saltaban golpeándose. y seguía, seguía el campo soledoso, ocre, blancuzco, rojo, y el sol caía con apesgante, angustiosa tenacidad, y el calor asfixiaba..." p. 37-39.

Este paisaje hace el efecto de un opio en Eugenio: duerme a la gente y lo duerme a él. Hay campos sembrados de vides que también emborrachan a la gente y la duermen. Así hasta que llega, conducido en una galera por un gañán, a la casa de su hermana en El Pinoso, casada con un tal Pelecha, un aprovechado. Bebe pistraque y come un arenque. El consejo de familia ha sido fraguado para robarle lo más de la herencia; Ferreol Balmes es el cacique y alcalde del pueblo y quien lleva la voz cantante. Los concejales son todos de la misma familia y sifilíticos, porque apestan a yodoformo, y quieren comerse la hacienda del recién llegado poco a poco. Eugenio no se deja engañar, pero tiene que transigir; ignoran que él también los ha engañado. Y el alcalde le promete un empleíllo en el Ayuntamiento que le ayude a concluir la carrera, el de secretario particular.

Como tal asiste en un solo día a una procesión de personajes como los de la ínsula Barataria de Cervantes, solo que el alcalde no es nada honesto ni Sancho Panza, salvo en el aspecto; más bien parece Ginés de Pasamonte o el Ventero, cuyo currículo canallesco tan bien pinta Cervantes en la primera parte de su Don Quijote. El alcalde mata de hambre al boticario, comido de hijos y al que no paga; no tiene ni medicinas que vender porque el alcalde retiene sus fondos con el propósito de que se vaya y así traspasar la botica al sobrino de su mujer. Lo consigue al fin, a cambio de pagarle la mitad de lo que en realidad le debe. Acude luego una hortelana que contaba con un buen puesto en el mercado, pero se lo cambiaron a peor y le cobran el impuesto municipal varias veces en vez de una, solo porque su marido no votó a quien le dijo el alcalde. Esta es menos mansa que el farmacéutico: "Cuando la tortilla se güelva nos veremos, señor don Ferreol, ladrón, cornudo". Viene luego el rematante de Consumos, un corrupto al que le molesta que otros corruptos, los de la familia del alcalde, le quiten su parte. "Usté tie que cerrar el mataero aquellos días tocante a que la carne de mis novillos se venda y darme la exclusiva del vino dentro de la plaza y la poquedá que hay consigná pa festejos. Ítem, y prestarme los peones del Ayuntamiento pa armar la plaza y..." El alcalde promete que se le apoyará en lo que cabe. Ordena a Eugenio que escriba al diputado para que no vengan los inspectores del Catastro, y que, "si vienen, que vea quién y diga de qué pie cojea". Pasa luego el Desollao, un expresidiario por asesinato que vivía en El Pinoso sin trabajar y penduleando a sueldo del Alcalde. Este matón solo es importante el día de las elecciones, para asustar a la gente y dar palizas. Le encarga el Alcalde que vigile al boticario y se haga ver cerca de él dándole un par de voces. Termina la didáctica función con dos labriegos que entran en el Ayuntamiento para asegurar su fidelidad, ya que habían sido comprados para un jurado en la capital, hacia donde iban a viajar ese mismo día. (Seguirá)