lunes, 24 de marzo de 2014

Siniestro total

Hay en esta ciudad, antes villa, algunos rincones francamente siniestros. Como esos parientes de los que nunca se habla. Que hacen fruncir el ceño, según los novelistas, o mirar por encima del hombro. Su propia naturaleza los hace tímidos y escondidos, rodeados como están del yuyu y de la cosa que dan, placenta nebulosa y malsana de lo sin explicación plausible. Porque para encontrarla hay que ir más allá, un lugar donde por cierto no quiero veranear. Para saber algo más haría falta aprender artes oscuras, aunque más nos valdría hoy defensa contra las artes bancarias.

Las artes oscuras (Goetia) no se enseñan: hay que ir a buscarlas y aprender por uno mismo. Yo, que solo quería hacerme idea de ellas, ojalá no las hubiera mirado siquiera. De verdad: no son para gentes flojas de piernas, que quieren vivir vidas tranquilas y todo eso; cualquiera que empieza inocente por uno cualquiera de esos senderos, que más bien son trochas, termina amargado y lamentando, como Segismundo y el Griego, el delito de haber nacido y su dos veces maldita curiosidad. Hay cosas que peor es meneallas y deberían estar dormidas en el baúl del desván o en el armario, con los esqueletos y los maricas. Haberlas, haylas.

Cualquiera lo suficientemente raro como para andar por la calle Guadalmez a las tres de la mañana se sentirá, aparte de insomne, perturbado por malas vibraciones. Si es, además, curioso, vendrá a saber que ahí se llevaron a cabo numerosas ejecuciones durante el siglo XIX, una de ellas la de la inocente madre de El Locho, el famoso guerrillero carlista. Hay, igualmente, casonas de decoración poco menos que perversa, como salidas de un cuento de Montague Rodhes James. Están invadidas por un silencio ominoso, que dice Lovecraft, y su mal fario envuelve habitaciones abandonadas con miasmas mohosos y muebles oscuros, donde se exhibe el delirio morboso de un pervertido rococó en medio de ruidos viejos y quejumbrosos, acumulando el polvo de decenios. Nadie conoce al dueño, inencontrable, desaparecido, quizá partícipe de un hecho luctuoso y olvidado cuya perdida referencia solo un obseso podría desempapelar; porque tal vez siga dentro y la casa misma sea su ataúd o su infierno de diseño particular.

Muchas de esas casas mustias que se están viniendo abajo se encuentran por los rincones de Aragón, pero también hay algunas en las mesetas. Sus paredes exteriores tienen escrito un cuadro de Pollock y uno se puede perder en ellas como por una lengua muerta. Acumulan desconchones de horripilante humedad por donde es posible ver el ripio variopinto de la carne constructiva.  Se diría que son la proyección de un ente, un enterrado. Por La Poblachuela hay alguna mansión de esas, llena de hierbajos insólitos y oscuros. Su atmósfera es mefítica y ponzoñosa. Nadie sabe nada de sus antiguos habitantes; de los modernos, solo que no salen, no se mueven, no hablan, no los conocen, no tienen coche, ni televisión, ni radio, no encienden las luces, no hay perro que ladre. Solo se dejan notar a altas horas de la noche gatos fugitivos como dioses menores y una quejumbre de ramas nerviosas desenredándose en lo ocuro, apenas a un soplo de aire. A veces un tonillo sofocado y malsano, luces extrañas como de vela y volutas de humo suelto como con figura. Lo demás que se sabe es exiguo, antiguo, ambiguo y otras más cosas acabadas en -iguo.

Entre mis conocidos hay algunos fantasmas, pero a los muy numinosos les da por desaparecer cuando quiero presentarlos a los demás; es gente muy discontinua. Por no hablar de sus defectos de elocución, porque a más de una psicofonía le haría falta pasar por Autotune. Además, a todos los fantasmas manchegos les da por leer a Larmig y a Swinburne, y hacen tertulia un solo día del año, al lado de La muerta del cementerio.