jueves, 17 de abril de 2014

Religión

Mucho me maravilla el carácter absolutamente plano, detractivo y excluyente del pensamiento acumulador o cuantitativo, digámoslo así, que se suele exhibir contra una sola de tantas iglesias como hay, la soi-disant católica, esto es, universal. Parece como si los que la derruyen estuvieran más mediatizados por torcedores sentimentales y sociales que por una limpia razón. Llevo toda mi vida intentando comprender qué sea la iglesia, más en concreto la religión, y, como no he podido, me creo legitimado para afirmar, con algún conocimiento de causa, que es más fácil criticar a la iglesia que entenderla. Porque hay que poder valorar lo bueno y lo malo para poder determinar la relevancia que tenga, sea sustantiva, adjetiva, verbal o adverbial, aunque solo debería interesar la penúltima, porque todas las demás dependen de ella. Y valorar lo bueno y lo malo supone ya crear un Paraíso y un Infierno, o sea, crear una religión.

He sostenido un amor constante, pero no pocas veces defraudado, por las humanidades; creo que la religión también forma parte de ellas, aunque no necesariamente su Dios en lo que no tiene de hombre. Hay mucho del hombre en Dios, sea como proyección, cual quiere Feuerbach (al que no se ha solido leer como poeta, que lo es), o como encarnación a través del profeta, filósofo o moralista Jesucristo, al que ni siquiera sus enemigos podrán negar un gran genio para la ética y un éxito considerable en propagar o incardinar sus ideas, por cierto sugerentes, hermosas de leer y buenas para la sociedad en esencia y no en interpretación, al contrario que otras muchas. Se ha pasado, por no hablar de épocas anteriores, de un teocentrismo medieval absoluto a un cristocentrismo renacentista y a un antropocentrismo dieciochesco, para abocar hoy a un nihilismo pasivo muy poco útil al hombre ni desde luego a Dios, si es que existe, aunque eso es asunto suyo. O debería serlo, si no alberga dimensión humana, con lo cual no me refiero, desde luego, a la barba abundante. El caso es que el nihilismo ha destruido y simplificado al hombre en vez de hacerlo crecer, habiendo pretendido destruir a Dios en su lugar. Véanse si no los dos primeros tercios del siglo XX. 

Ya Lutero, o Wycliff antes que él, y aun diría que Francisco de Asís, percibieron que cualquier idea o sentimiento añadidos al canon de Escrituras llamadas Sagradas las deturpaba irremediablemente. Debemos apartar, pues, cualquier glosa y avatar histórico adjetivo de lo que son esas Escrituras, es más, debemos extraer de ellas, como de cualquier otras consideradas sagradas por el ser humano, lo único que es religión común y universal o se llama como tal, para poder tener algo en que profundizar. Y religión hay hasta en la naturaleza, eso que denomina "mística salvaje" Michel Hulin.

Hay lenguas, como algunas indias, que carecen de la palabra religión o religación, porque no poseen un elenco léxico desarrollado hasta ese punto, pero sí albergan su significado, bien que primitivo, en vocablos más o menos sinónimos, como "vida" o "esperanza", que mientras hay una hay la otra. Ansia de perdurar en el ser, diría Spinoza, primero de los ateos autorizados al gran público por una vida austera y benéfica (tenía algunas manías reprobables, como la de ver pelear a las arañas con sus lentes, pero esto es anecdótico).

Pero el caso es que haberla, la hay. Existen, han existido y existirán religiones porque hay, ha habido y habrá seres humanos, aunque no necesariamente humanistas. Es un hecho. Y los hechos son tozudos, incluso más que los sentimientos; no podemos llamar no humana a la religión, porque la religión forma una parte muy importante de lo que es la Humanidad. Una parte universal, pero no "católica", si me queréis entender. Quien quiera desterrar la religión de la humanidad debería preparar antes numerosos campos de concentración y exterminio, pues pretende eliminar una religión con otra, como el fascista alemán. Solo las diferencias de matiz hacen religiosa a la religión, porque es algo tan irremediablemente individual como universal. Hay religiosos como hay fumadores de distintas marcas. Y hay curas, monjes y monjas irremediables y a machamartillo, por más que los quieras convencer de los encantos del libertinaje, de la hamburguesa, de la televisión y de las discotecas. Hay gente sencilla, e incluso nada sencilla, no necesariamente acomplejada, adoctrinada, o demasiado joven, enferma o tonta, que quiere recluirse; invítalas a unas vacaciones pagadas y a todo lo que solace, volverán al convento y a su higuera, porque ese es su solaz, como puede serlo el castigo para los masoquistas o la crueldad para los sádicos; enséñales filosofía, que no la entenderán y preferirán los sentimientos, irse a regar sus tomates o hacer sus oraciones; para ellas, si de veras las entiendes, so obtuso, la oración es una forma de incardinar un estado de ánimo que las consuela y hace felices según su idea o engañifa, que tanto da, de la felicidad. Y son felices allí y así: esa vida les satisface y, más que ella, estar con personas que son semejantes en esa visión. ¿Qué vas a hacer con ellas, ateo? ¿Enviarlas a un campo de reeducación? ¡Respeta su voluntad, su criterio o su libertad, incluso para atarse! Ni siquiera Stalin pudo acabar con la religión. Y, por cierto, era antiguo seminarista. Lo mismo digo de los que han cometido actos irreversibles o irremediables de los que no les puede exonerar ni liberar su propia conciencia, o de los enfermos que se enfrentan al dolor o a la muerte; ¿qué les puede proporcionar la filosofía? ¿Qué el estado? Solo la esperanza, la religión, si queréis, puede ofrecer alguna respuesta a esa gente.

Y si la religión es un  hecho, y un hecho humano, es porque es una ventaja evolutiva. La gente religiosa o esperanzada es más resistente al paso del tiempo que la que no: las creencias son antropológicamente buenas para la especie. La iglesia crea cohesión social, y protege del individualismo exasperado y destructivo al que puede conducir el nihilismo; Dawkins tiene mucha razón en eso, y por eso no se entiende que tenga tanta pasión en combatirla.

Algo parecido es lo del aborto. La gente está empeñada en quitarle importancia o transformarlo en un acto intrascendente de pasotismo. Pero una cría sin derecho a votar tiene actualmente derecho a abortar sin decírselo a sus padres. Y muchos padres conducen a sus hijas a abortar sin respetar lo que pueda pensar esa hija en el futuro, aún sin juicio ni personalidad asentada para determinarlo, o lo que es peor, asumirlo; debería entonces primar el derecho de la especie a perpetuarse y el de la ética a poderse incardinar. Quienes aprueban el aborto fuera de los tres supuestos deberían irse a preguntar a esas señoras que van a las clínicas a darles folletos de las Congregación de San Vicente de Paúl, que está dispuesta a acoger a los niños en adopción. Yo sí conozco a una y resulta que es una madre que no puede tener hijos y ha adoptado a dos, a pesar de que van a tener que emigrar a otro país porque aquí no tienen trabajo. ¿Han pensado los abortistas en estas madres y en esas familias y no solo en las que se dedican a procrear sin responsabilidad, esa palabra que tanta ética trae consigo? ¿O es que son nihilistas y la ética les da por culo? Los tres supuestos de la ley parecen razonables (a pesar de que no hayan sido sometidos a referéndum; ¿por qué será...?) y los defiendo; lo que ya no es razonable ni incluso razonado es que se abuse de ellos como se abusa de un menor y se quiera hacer pasar por violación lo que no fue sino un acto consentido por ignorancia entre menores tontorrones, ignorancia que, por cierto, fomenta la parte más estúpida de la Iglesia católica con su meapilista horror al sexo, a los condones y demás. ¿Qué dijo el profeta de condones y control de la natalidad? Por cierto que tuvo más discípulas que discípulos y era bastante más feminista que algunos de sus seguidores, como el machista Pablo, quien, por cierto, no negaba a los obispos ser maridos, pero de una sola mujer, y mandó a las mujeres callarse en la iglesia (hoy, con los móviles, le sería más difícil). Pedro, primero de los papas, estaba casado; Agustín tuvo una juventud algo licenciosa con su propio sexo y con el otro, y hay un rito cristiano, que los católicos ocultan con vergüenza, pero está probado con documentos, para casar a hombres, rito que fue utilizado en al menos una treintena de ocasiones. Del mismo Cristo se dice fue marido de la principal fuente económica que lo sostenía, una pescadera llamada María Magdalena a la que los cristianos, con interesado machismo paulista, consideran la misma que la prostituta que fue salvada por Jesucristo de la lapidación. Y Cristo no condenó a la prostituta, lo cual indica que su actitud ante las cuestiones sexuales era bastante más avanzada que, por ejemplo, la de los del prolífico Opus Dei y su mentor, el aristocrático Escrivá, en Camino, un libro que no añade nada a las Escrituras y más bien las deturpa. Porque Escrivá es un avatar histórico, un fruto de su tiempo tan mediatizado por factores arreligiosos como los propios anticlericales (soi-disants laicistas) y, por ende, como el propio pederasta padre Maciel, drogadicto no precisamente de opio del pueblo, fundador de los Legionarios de Cristo y consecuencia de una época de bajeza moral, nihilismo y desmadre como la nuestra. Y lo único que continúa resistiendo los embates de los tiempos es eso, la religión y la bondad que hay en ella a pesar de todas esas miserias que le dan tanta identidad y tan poca pobreza y universalidad. Es precisamente eso, el carácter abierto en su más íntima esencia de la religión lo que pone de los nervios a la clerigalla de todas las religiones, refractarias al ecumenismo y aún más al diálogo interreligioso (que no es lo mismo). Deberíamos estar todos de acuerdo por lo menos en considerar al hombre digno de salvación, o, si preferís, de esperanza, de compasión o incluso de religión, si realmente nos llamamos humanistas; por descontado, por interés de la especie, debería ser digno de salvación o de esperanza un feto humano, salvo en los casos en que la ley determina y en los que dicte la conciencia humana, que se genera en él y no siempre es humanista ni positiva en sus propósitos, pero debe apostar y tomar partido, como quería Pascal: si gana, puede perder o puede ganar, pero si gana lo gana todo; mas si no apuesta, pierde de todas maneras. Y Pascal fue quien halló las leyes matemáticas de la probabilidad. ¿Se puede apostar por la religión? Parece insensato no hacerlo, y un ilustrado materialista como George Santayana lo hizo no solo con razón, sino con arte, algo que daba según él sentido a la existencia, ya que las ciencias podrán hacernos más fácil la vida, pero solo las humanidades podrán hacérnosla soportable.

La iglesia católica, pues, aunque excluyente, tiene algo de bueno y de malo, como todas las demás; entre las buenas, religión y humanidad; entre las malas, todo lo demás y de más, y un jerarquismo medieval, no dictado por razones, sino por poderes, que le ha dado muchos de sus éxitos, pero también no pocos rechazos, pues, como en la Edad Media, se centra en honores, ritos y violencias no solo físicas, sino emocionales e intelectuales. La religión puede convivir con la filosofía en la educación; no creo que nadie sea tan despreciable que pueda afirmar que no necesitamos a quienes pretenden hacernos mejores en un sentido, en otros, o en todos... si no utilizan una tranca para persuadirnos. Otra cosa son las cuestiones prácticas, en el sentido de impedir que los abusos dicten las políticas o distribuyan los fondos. Eso es malo para los más, y la gente que lo permite debería ir a un Purgatorio, suponiendo que esta institución penal todavía funcione y le quede petróleo, esto es, aceite de piedra.