martes, 6 de mayo de 2014

La guerra de los mundos

Qué monstruosa es China; crecía al diez por ciento y para ellos es crisis hacerlo al siete y medio, mientras nosotros, pobres europeos, nos enanizamos. Es tan grande China que no cabe en sí misma y ha invadido y colonizado todos los demás países. El peligro amarillo es en realidad un planeta con ictericia que nos ha declarado la guerra económica de los mundos (la otra es menos inteligente). Los chienanos que nos invaden son clones y clonan todos nuestros productos; nos revenden más cara la coca-cola que compran en los almacenes a las horas que ellos no abren y nos atiborran de ciclamato monosódico con apariencia de arroz, mientras ellos comen rata y perro cocido y enseñan los dientes, esto es, sonríen. Los chienanos, ahora muy crecidos, son inmortales: no mueren nunca, al contrario que los del planeta rojo: se pasan los pasaportes y pasan de todo como de patrias y cataluñas. No contentos con invadir la Tierra, incluso ahora quieren invadir la Luna, que a este paso se va a volver amarilla, como el limón y la envidia que nos provocan. Y hablan un lenguaje rarísimo de escritura indescifrable que nadie puede entender sino echándole demasías de esfuerzo e inteligencia. Y aun así no basta, porque cuesta tanto entrar en su reservado y distante intríngulis como a una empresa española quedarse en su economía: siempre habrá una gran muralla entre nosotros.

La superioridad de estos limones que ganan cualquier guerra e incluso a los Estados Unidos viene de su medieval confucianismo, no de un comunismo trasnochado e ineficaz; Confucio organizó no solo la sociedad china, sino que disciplinó sus mentes para resistirlo todo igual que podría un budista en llamas; un estoico romano abriéndose las venas parece a su lado un tipo ridículo. Ahora China ha sido declarada primera potencia de este mundo ("Príncipe de este mundo" es uno de los títulos que dan al demonio los cristianos) y engaña a los occidentales como nosotros los engañábamos a ellos cuando China era un despojo del imperio británico. Pronto se ve que estos chinos no son del Domund, aunque cuenten los céntimos con celo digno del mejor causa; nos venden, por el contrario, el opio en bazares de todoacién y nos importan sus artes marciales, que son capaces de poner a un monje shaolín al revés sobre un dedo índice. 

Y nos ponemos amarillos de envidia y nos horroriza su singular y alienada capacidad de resistencia al capitalismo no ya salvaje, sino bárbaro, mientras compramos sus malísimos productos sin garantía de calidad alguna y preferimos sus rollos de primavera a las cruces de mayo. La verdad, a mí los chinos me ponen como un flan.