miércoles, 18 de junio de 2014

El sumo aforado

El caudillo, prohombre, mandamás o lo que sea por pingar pimpante, el incluso rey de la muy descompuesta España, se ha querido desllevar al trono y ha bajado de él por sí, motu proprio, sponte sua y con muy real gana, jiñándose en el pópulum con tanta pompa, boato, fausto, latín y fajín, y aun tanto flato y pedorreta popular, que no ha dejado tiempo ni para decir: "¿Quéee...?"

Para ello, faltaría más, no se ha consultado al monstruoso pueblo, más agitado ahora que antes gracias a los esfuerzos concitados de la porcina televisión, el destrozado cansancio de los pocos que trabajan, entre los que no incluyo al rey, jubilata de lujo, y la economía de guerra para dejarnos en pelota material y espiritual, siquier brasilera. 

Solo han recurrido al senil senatus para desempolvar el texto jeroglífico del paritorio gadafranquista y han cosido la transición mejor que las calabazas, sin costura; aquí elegimos gobiernos cada cuatro años, pero los reyes nos los dan precocinados cada cuarenta y ni siquiera elegidos, como los visigodos, que también es verdad no morían nunca en su cama, sino como en Juego de Tronos; ha sido proclamado por una juntura de neofranquistas peperos y pseteros, con sus vistosas plumas de cobardes a la democracia todos ellos, Felipe sexto, el Urgente. Su reinado será largo, pues Juancarlos el Breve resultó oxímoron y castigó durante cuarenta añitos de pospaz, que no es nada. Tres generaciones, o casi. Admirados, hasta los egipcios han venido para tomar kantiano ejemplo de como hacer pirámides invisibles sobre súbditos pasotas que ven escrita la ley suma de "no nos dejarán hacer justicia"; porque somos súbditos, no como Felipe, que es un Súbito, no nuestro súbdito.

Procedimientos tan acelerados recuerdan las maniobras militares, la blitzkrieg, el golpe relámpago, la guerra lagartija, podríamos decir, y hacen que algún minúsculo republicano, escondido tras tanto soldado / hasta los dientes armado, pronuncie aquello de "qué golpe más rápido; ni la coz de mula maoísta de Tyson".

También remembra lo que decía en Luna Nueva  un redactor jefe a su director Cary Grant: "No puedes hacer esto: somos demócratas desde hace veinte años". "No te preocupes" -contestaba- "Cuando hagamos lo que queremos volveremos a ser demócratas". Eso es la cosa nostra: democracia con interrupciones de lagartija y una historia continua, grande y libre, una unidad de destino en lo universal: "Marchemos todos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional", que mentía Fernando VII, el inventor de estas cosas, Borbón modélico. Seguro que era del pepe o del pesoe o de los dos, qué más da.

Con qué facilidad se suspende la democracia; como si se apagara una luz; incluso cuando más importa ser demócrata. Por eso nunca ha habido Demócratas en España, se los ha ninguneado y escondido, fuera de las urnas, fuera de la televisión, fuera de los periódicos, fuera de las radios, fuera casi hasta de Internet. No les han dejado espacio. Ni Cánovas ni Sagasta, cuando se repartieron el gobierno por medio de una constitución corrupta y con trampa se lo dejaron. Tampoco ahora Rajay-¡ay! y Rubiacalva. A lo más dejarán a Pablito poner algún chavito.

Los neofranquistas o transicioneros llaman "consenso" a lo que la calle llama "pasotismo", la física inercia y yo y mis otros desengaño barroco. Senequismo decía un diplomático tan suicida y estadista como Séneca, Ganivet. Ahora modalbea escribir "virus mental". Pero esta supuesta democrática Constitución lo único que hace es recomendar la democracia, ya que su fin fue consolidar una transición sin fin para "la casta" de repartidores de poder y aprovechados de él que configura una de esas transiciones interminables kafkianas que nunca llegan a nada, como las obras de Juan Benet o las novelas de mandarines de Espinosa, cuyas transiciones imperiales se cuentan en miles de millones de años. La eternidad se hace muy larga, sobre todo hacia el final.

Qué miedo da la voluntad popular, ozú, entre los conversos o transicioneros del concierto borbónico; el antaño rey va a pasar a ser un sumo aforado, el sumo sacerdote de una religión que podríamos llamar neofranquismo, cuyos acólitos suníes (peperos) y chiítas (pesoeteros), que podríamos resumir como pepesoeros (no hay más Juancarlos que Juancarlos y Felipe es su profeta), paraguas de su negocio de corruptelas y podres varias, van a hacer lo que decía hace meses: una componenda o pastel dulce corazón para ponerle remiendos a la agusanada Constituta en vez de hacer una nueva, o sea, van a hacer algo así como una momia de encaje o la mona de seda de Iriarte, o incluso una segunda incorrupta niña nostra siciliana de nuestra cuarentona Constituta, con la que se pondrá el ladrillo último a la piramidal sepultura de la democracia juancarlista, mamandazgo que en lo sucesivo presidirá una persona de mejor cartel y, según se dice, incluso ejemplar.

Porque, eso es lo curioso, es ejemplar la cúspide de toda esta mierda. Ese honrado y cabal Felipe, si fuera o pudiera o le vayan a dejar, porque deber siempre se ha debido y es deuda social jamás satisfecha por esos despreciables e inmorales agiotistas, para decirlo a las claras y honestamente. Uno no está habituado a ver milagros, revoluciones y transiciones históricas en vida, pero, como hace motivo germinal de la esperanza, parece que una poquita al menos si va a poder ver, y no a peor; cuando se cae se rebota. Ya es algo. Porque esperar una Constitución nueva y más democrática sería algo así como sembrar perales y que crezcan olmos. Eso sí, atención a las trampas que, indudablemente, van a intentar colar en la misma los mismos trapisondistas de siempre en la cuestión de la iniciativa legislativa popular, el referendum, el defensor del pueblo, el aforamiento, la anticorrupción, las garantías judiciales, la derogación de leyes, etcétera: todo lo que debe importar de una constitución verdaderamente democrática; porque en España primero se hacen las leyes y luego se definen los crímenes.  Porque, como dice quien sabe algo de constituciones, Karl Loewenstein, la Constitución española es una Constitución semántica o Pseudoconstitución, esto es, "la aplicada, pero no tanto para regular el proceso político cuanto para formalizar y legalizar el monopolio de poder de determinados grupos sociales o económicos". ¿Qué se puede esperar de una mera y ya viciada reforma constitucional y no de la redacción de una nueva, en un lugar donde la ruptura no es posible, donde nunca es posible empezar? 

Porque en aquí donde el tribunal de cuentas remite sus borradores a las Cortes para que los aprueben y en el que sus miembros son todos de casi la misma familia, con consanguinidad superior a la de los Austrias, debería ser, cuando menos, sospechoso. Es ese debería tan oscuro, típico y de siempre del derecho español, como el "deberán ser democráticos" de la Constituta. Tanto como para desempolvar esa vieja figura retórica, la antonomasia, y decir: "sospechoso como un miembro del Tribunal de Cuentas". Cuántos sospechosos, y aún más que sospechosos, hay en España. Casi tantos, por ejemplo, como aforados