viernes, 26 de septiembre de 2014

Están locos estos italianos.

Ángel Gómez Fuentes, "Diferencias entre españoles e italianos", Abc, 26/09/2014:

Hay simpatía y similitudes entre ambos pueblos, pero hay aspectos que nos distinguen de nuestros «hermanos» latinos y mediterráneos.

Diferencias entre españoles e italianos

Florenzi, jugador del Roma, corre hacia la grada para abrazar a su abuela tras marcar un gol
Italia se ha emocionado con el gesto del jugador del Roma, Florenzi quien, tras meter un gol el pasado domingo al Cagliari en el estadio Olímpico, corrió hacia la tribuna para abrazar a su abuela de 82 años, que acudía al campo por primera vez para ver a su nieto. Un gesto humano memorable, que al día siguiente era foto de portada en todos los periódicos italianos.

Es un abrazo cargado de gran simbolismo que ha conmovido a los italianos, porque en esa foto se han visto todos reflejados. Sería muy difícil, por no decir imposible, ver algo parecido en un campo de la Liga española. Y es que, aunque se diga que españoles e italianos, son dos pueblos semejantes, en realidad somos muy distintos, con sustanciales diferencias. Sí hay una atracción y simpatía recíproca entre ambos pueblos, y para justificarla se dice que somos latinos y mediterráneos. Pero también son latinos los franceses y mediterráneos los griegos, y con ellos la relación es muy distinta.

Seguramente la atracción y simpatía entre españoles e italianos están determinadas por una virtud común: la capacidad de saber acoger, que se ve facilitada solo en parte por el idioma. En realidad se trata de dos lenguas que para hablarlas y entenderlas se deben estudiar. Por eso, en los encuentros políticos bilaterales se utiliza el intérprete.

«Mammismo» y machismo.

Volviendo al caso Florenzi, el gesto y su enorme repercusión puede tener su explicación en el «mammismo» que caracteriza a Italia, mientras el machismo congenia más con el carácter español. En la casa, la influencia de la mujer es decisiva, lo que constituye un matriarcado en muchas regiones. A este respecto, el célebre escritor Andrea Camilleri me contaba recientemente al entrevistarlo para ABC: «Recuerdo que mi abuelo Vincenzo, que era un empresario, le contaba a mi abuela por la noche lo que debía hacer al día siguiente. Y siempre hacía lo que le había aconsejado mi abuela».

En Italia lo femenino lo impregna casi todo. El arte tiene género femenino, al igual que algunos objetos, como el coche, el balón (la «palla») y el equipo de fútbol (la «squadra»). Femenino es también el deseo de agradar de todos los italianos. Hacen lo que sea para dejar a todo el mundo contento. Por eso es posible, por ejemplo, pedir en un bar un café hasta con al menos 12 modalidades; por no hablar de los helados, con infinitas variedades. Mientras el orgullo es muy español, en el italiano predomina el deseo de congraciarse, de conquistar amistades y el ayudar a salir del paso.

Amantes de la belleza.

El sentido de la estética lo llevan los italianos en el ADN, y lo reflejan en todos los aspectos de su vida cotidiana. Ese gusto y sentido de la estética desborda por completo el de la ética. Aman la belleza y éste sería su único dogma. Un italiano entra en el bar y pide al camarero un «bel cappuccino» o un «bel bicchiere d'acqua». Al español jamás se le ocurriría pedir un «café bello», sino un «buen café». Es decir, lo que para el español es bueno, para el italiano es bello. Cuando los españoles decimos «es una buena persona», en italiano se diría es «una bella persona», y en este concepto de «bella persona» entra ya todo: la belleza externa y de forma especial la interna.

La caballerosidad y fidelidad a la palabra dada serían virtudes españolas. Somos rotundos a la hora de comprometernos. El español es drástico y radical. El italiano es posibilista, ambiguo, conciliador y cínico. No casan con el italiano el dogmatismo, ni la intransigencia ni el nacionalismo. Italia es el país de la diplomacia, con la que todo es posible y negociable, y se busca que no sean definitivos el sí o el no. Debe haber posibilidades infinitas para todos. Por eso en Italia hay más partidos políticos que en ningún otro país europeo.

Desconfianza del turista.

Muy italiana es también la fantasía y la pillería o la «furbizia». Aún se sigue abusando del turista para clavarle unos euros de más. Sentarse en una mesa para tomarse un capuchino en un bar situado en lugar turístico puede costar hasta ocho euros, pero no lo advertirá previamente el camarero ni mostrará claramente los precios. Además, en ciertos bares-restaurantes hay un precio para el cliente y otro para el turista. De ahí la desconfianza y prevención que los extranjeros muestran cuando visitan Italia.

A un colega recién llegado a Roma le cobraban en un bar próximo al Vaticano 3 euros por un capuchino, hasta que un día lo acompañé y lo presenté como nuevo corresponsal fijo en Roma: desde entonces lo pagó a 0,90 céntimos. De todas formas, no siempre está justificada la desconfianza. Cada vez más hay una Italia, sobre todo entre los jóvenes, que cree en los valores, en el esfuerzo y en el trabajo bien hecho.

Hecha la ley, hecha la trampa.

Junto a la pillería, es muy habitual saltarse la ley a la torera, lo que encima se ve como una hazaña y no una deshonra. El diario «Il Messaggero» informaba hace poco que un romano cobró ilegalmente la pensión de su suegra durante 13 años: murió en 2001 a la bella edad de 93 años, pero él la hizo llegar hasta los 106, manteniéndola en vida en los archivos de la oficina bancaria donde cobraba en su nombre casi mil euros mensuales. Fue descubierto porque se jactaba con orgullo y sin pudor que cobraba la pensión de su suegra Marcellina: «Vivo como un señor con la pensión de mi suegra muerta», dijo el yerno, que fue denunciado tras haberse embolsado en esos años la nada despreciable cifra de 183.000 euros.

En Italia se creó el Derecho. Pero hecha la ley, también se ha hecho la trampa. Para eludir o pagar menos impuestos, circula un libro publicado en 2008 con este título: «110 maneras para evitar las tasas. Técnicas, astucias y estratagemas de los italianos». La palma en saltarse la ley la tiene Nápoles, donde se dice que el semáforo rojo es simplemente «indicativo», pero no «prohibitivo». Es verdad que en Nápoles todo se exagera: la tercera ciudad italiana constituye un microcosmos en el que la ley está prácticamente suspendida. Así, se conduce la moto sin casco y existen barrios donde la Policía apenas puede entrar porque es territorio en el que se nota más la presencia de la camorra (la mafia napolitana) que el Estado.

Al igual que soporta malamente la ley, el italiano no aguanta las colas ni la disciplina. Difícilmente soportará una fila y su tendencia será la de colarse.

El Estado dentro del Estado.

El italiano cree poco en el Estado y en la Justicia, y confía más en los amigos, en los favores y en las recomendaciones. Por eso, en Italia sin recomendación se hace casi imposible superar la burocracia y los corporativismos. El hecho de no amar al Estado y considerarlo un elemento extraño, y a menudo incluso enemigo, lleva a los italianos al engaño al fraude, a privilegiar el «hazlo tú mismo».

Nacen así los clientelismos y las mafias. Éstas llegan a constituir Estados dentro del Estado, con sus propios códigos de conducta y objetivos de delincuencia. En el sur, esas mafias, ya sea la camorra (mafia napolitana), ‘ndrangheta (mafia calabesa) o la mafia siciliana imponen el «pizzo» (el «impuesto» mafioso) al menos al 50 por 100 de los negocios, según las zonas.

Populismo.

Italia tiene un vicio antiguo: el populismo. Casi siempre ha sido dominada o atraída por el populismo: un jefe capaz y determinado a conquistar el poder, reforzarlo y mantenerlo, basándose en sus dotes de seducción. Para ese actor, el poder es el objetivo, más que un instrumento para realizar el bien común. Se explica así la fascinación que ha podido causar en buena parte de los italianos Silvio Berlusconi, un gran actor capaz de embaucar a más de diez millones de votantes, utilizando el poder fundamentalmente para sus intereses personales con numerosas leyes «ad personam».

Hoy muchos italianos vuelven a sentir la fascinación por un personaje popular, Matteo Renzi, de gran simpatía y extraordinarias dotes de comunicación, hasta el punto de que se ha dicho que políticamente es «hijo» de Silvio Berlusconi. Es obvio que los separan infinidad de cosas. Pero este mismo lunes, Ferruccio de Bortoli, el director del «Corriere della Sera», el primer periódico del país, lo ataca de forma extraordinariamente dura, precisamente por su ego hipertrófico y su deseo de ser un solo hombre al comando del país: «Renzi no me convence por la forma de gestionar el poder. Es una personalidad egocéntrica, hipertrófica»,«con un equipo de gobierno de una debilidad desconcertante. La sospecha extendida es que algunos ministros han sido elegidos para no hacer sombra al premier», escribe el director del prestigioso diario.

Afortunadamente para Italia, no siempre se ha impuesto el vicio del populismo.

Uno orgulloso, otro sentimental.

La envidia es uno de los deportes nacionales del español, mientras que los celos son más consustanciales con el sentimiento italiano. El español es orgulloso y pasional, el italiano es sentimentaly retórico, lo que se nota en que usa muchísimo la metáfora y el eufemismo, con un vocabulario y una oratoria en general superiores en los italianos.

Sería interminable la relación de diferencias entre españoles e italianos, con infinidad de virtudes y defectos en ambos casos. Últimamente, los italianos que visitan España alaban la acogida, fiabilidad, seriedad y profesionalidad que encuentran en nuestro país. De los italianos cabe aprender su «saber vivir» con elasticidad. En su mente, todo es posible. Como católicos, creen en el milagro.

Un país herido, pero con esperanza.

Se dice que los italianos son un pueblo de artistas, santos, poetas y navegantes. Eso es verdad, pero hay más: los italianos aman la vida, la familia, y se sienten ligados a sus tradiciones y a las faldas de sus mujeres, sus novias, sus madres o sus abuelas. Y como ha puesto de relieve el realizador Gabriele Salvatores, en un excelente retrato de los italianos, con el film «Un día en Italia» (ha seguido la idea de Ridley Scott en «Life in a day»), montado con una selección de casi 45.000 vídeos filmados por ciudadanos comunes, la grave crisis económica ha hecho que hoy Italia sea un país herido, pero optimista y con esperanza en su futuro.