miércoles, 8 de octubre de 2014

El paro mental

¿Qué nos aflige tanto en la quietud? Debe ser un monstruo, ya que lo rehuimos mirando a otro lado. Es como el espejo que sirve para mirarse el espíritu. A algunos no les gusta lo que ven. La quietud sirve a los demasiado activos para recomponerse, pero los que llevan mucho tiempo en ella la aborrecen porque les descompone alejando la vida. Ahora muchos se ven en la tesitura porque la economía les ha puesto en ella y miran ese espejo oscuro con zozobra. Porque, o se vuelven locos, o ridículos para su orgullo, o vegetan ante el televisor en un sueño que hace perder el tiempo o nos transforma en monstruos sin saberlo. No saben vivir la vida al pormenor, de forna minimalista.

La quietud es buena como etapa o vacación, pero no como residencia, ni siquiera para la vejez. Se transforma en una residencia en la tierra, como la de Pablo Neruda. En ella uno se pudre dando a luz en la negrura gusanos que se comen las flores. Cierto que puede ser curativa: puede usarse revolviendo por dentro para buscar el recuerdo enterrado que uno necesita para agregar a la hucha de momentos felices (es necesaria para alimentar la batería energética de la resistencia vital), puede poner orden en la confusión espiritual que produce la experiencia desordenada, puede crear arte o regenerar la identidad; pero cuando se lleva mucho tiempo en ella uno siente la necesidad de vomitarse a sí mismo o la caquexia nos hará consumirnos, porque tenemos la convicción, generada por la sociedad, de que hay que gastarse. O proyectamos algo de nuestra "actividad" espiritual -uno nunca para, ni siquiera en reposo, y siempre nos guardamos las palabras, sentimientos e ideas basuras que no podemos expeler- o se quedará dentro reciclándose interminablemente en nuestros sueños, ahora vueltos pesadillas.

Pero este ejercicio es tan penoso que siempre nos devuelve a nuestro propio yo. Si nos queremos expulsar nos damos cuenta de que tenemos que enajenarnos por otro con algo tan discutible como el amor, o descubrimos que no estamos parados, sino detenidos por los contornos. En ellos encontramos gente que nos tiene atados de pies y manos o que construye muros de ladrillo, de papel, de indiferencia, de dinero y hasta de palabras. Sí, de palabras. Uno sale y se vuelve a sí mismo cuando no encuentra forma de ir más allá; cuando no encuentra ni siquiera espacio, distancia geométrica para "dejarse y olvidarse" como quería San Juan de la Cruz. Hay gente incluso tan cerrada que prefiere cerrar del todo y largarse de este mundo a ninguna parte, o a otra, si la hubiera, porque todo lo más lo único que ha conseguido es comunicarse con una pobretona lata de sardinas llamada móvil que se está cargando los actos sociales y todo tipo antiguo de comunicación multicanal, o una lata algo más grande llamada ordenador personal; y vaya si es personal.

A las mujeres les gustan más los móviles que a los hombres, que siempre han sido más inclinados a las proyecciones corporales que lingüísticas, porque así es más fácil mentir y evitar la comunicación cara a cara. Puedes no contestar o esconder lo que dices sin que te delate una mirada o un gesto. O puedes procastinar afectos y gentes que importan o que deberían importar. Puedes también tener a la gente esclava de lo que dices y esperando instrucciones, como si la gente fuera un robot, quitándole iniciativas o atándola con lazo largo. No dejas espacio a libertad alguna, ni siquiera de palabra, pues nada importa, sobre todo tú.

El día se vacía de alternativas. Todo está regulado desde el sumidero del móvil. Los niños y las niñas se acuestan con él al lado. Antes lo hacían con un libro o con un osito de peluche, o con un padre al lado que les contaba algo de su infancia, un cuento o una fábula.

Los niños del futuro estarán solos aunque se rodeen de gente.