viernes, 24 de octubre de 2014

La última edad

-Pues verá usted, quiero hacer una actividad escolar que consiste en visitar la residencia de ancianos que hay aquí al lado de la carretera.

-¡Pero si usted es un profesor de lengua y literatura!

-Los viejos hablan un castellano más correcto que el nuestro, y recuerdan coplas populares y romances de la literatura oral que ahora mismo se están perdiendo. Es mi deseo que recojan y estudien este material. Es más, estimo que es muy educativo en valores humanos entrevistar a los viejos y que les pregunten por sus ilusiones y su idea de la vida para hacer una redacción. A lo mejor así los bajo de la nube (de Internet, del móvil, del fútbol)

-No les va a levantar el ánimo.

-A muchos de ellos no los visita nadie y lo agradecerán. Además les traerán un regalito. ¿Por qué hay que estar levantándoles siempre el ánimo? Conviene que los chicos aprecien lo que tienen y pueden perder. Eso los despabilará. Así tratarán mejor y con más respeto a la gente mayor.

-Está bien, está bien. Hay que abrirse a las novedades. Pero, mire usted, todo tiene un límite. Aquí hacemos una hoguera y migas el día de san Antón para los viejos; lo que no podemos hacer es como en Holanda, orgías para viejos. Entre otras cosas porque, si a ellos se les han muerto tres o cuatro ancianos y han dejado a varios hospitalizados, aquí, con la represión que hay, se nos moriría una docena.

-¿Y los indudables beneficios económicos de un programa semejante? La señora Cospedal no tiene imaginación. Podría ahorrarse una docena de pensiones y habría más sitio en las instituciones asistenciales. Aun mejor: ocuparían esas vacantes gente que requiere menos cuidados y podrían hacerse más recortes.

-Está usted de guasa.

-A los holandeses eso no les parece una guasa, ni tampoco a los desalmados que fraguan cosas como el ITTP, prevalecidos en que nadie puede controlar las instituciones y acuerdos antipopulares a nivel global. Tampoco en Japón: allí un ministro planteó a los viejos la necesidad de morirse más rápido y les animó a colaborar en el bienestar colectivo haciéndose el harakiri por los demás, como los bomberos de Fukushima. Ellos sí que están de más.

-Pues yo no haré eso con mis viejos, no señor. Tendría que despedir y reducir plantilla.Pero, por otro lado, ¿no considera morboso traerse a los jovencitos para que vean tantas ruinas humanas?

-Doy literatura universal. En una distopía / utopía como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, algo tan desagradable de leer para un adolescente como Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, hay una escena en la que llevan a los jóvenes a un moridero para que se vayan acostumbrando a lo inevitable. Y se ríen.

-No entiendo nada de eso. Pero puede realizar la actividad.

***

En la residencia todo está lleno de viejos y locos. Para ahorrar espacio y presupuesto han mezclado a los viejos con los locos, aunque en teoría viven en plantas separadas del edificio. Pero los locos suben y bajan las escaleras continuamente y a los cuidadores y el resto del personal les trae al fresco: no hay modo de controlarlos todo el tiempo y recoger sus mierdas y orines tampoco les da ánimos para más; están cansados de ser infrahéroes y algunos, además, tienen un carácter insoportable que se les contagia como una urticaria. No pocos viejos -llamémoslos así, y no ancianos o mayores- están cosificados por las instituciones: son objetos situados en una estantería / sillón. No hay revistas ni periódicos ni libros, solo una televisión apagada, porque a nadie le interesa ver a jóvenas de ombligos rutilantes y a políticos lustrosos que hablan sin parar. Por no hablar de la publicidad, la privada y la de los telediarios. Un viejo está aquí porque su mujer se suicidó y se ha quedado solo en el mundo. Otro no hace otra cosa los siete días a la semana que jugar mecánicamente al dominó. Hay una vieja sin hijos que nunca ha querido casarse y vive pendiente de la visita anual que le hace una sobrina que vive en Madrid. No piensa en otra cosa, porque si pensara en otra cosa vería lo que ve por la ventana donde ha colocado sus zapatos para que no se los lleve la loca sonriente que viene a reírse de ella todos los días: unas hermosas vistas al cementerio. Algún chusco ha llamado al barrio que tiene enfrente, demolido por inciertas cuestiones municipales, el barrio de Vista Alegre. Solo se han visto cosas parecidas en los libros y cuadros de Solana. Los chicos salen del edificio como Jodie Foster después de haber visto a Aníbal Lecter. Ha sido una experiencia muy intensa. Ya saben lo que les aguarda probablmente en la vejez a seis millones de parados que están empezando a dejar la edad adulta. Algunos se han reído nerviosamente; pero en sus redacciones no se habla de nada de eso, sino del horror.

Así que yo prefiero hablar de las hermosas coplillas que han reunido.