lunes, 10 de noviembre de 2014

El atasco de influencias

El paso del Podemos al Debemos siempre resulta problemático, porque la ética no es nada si no se ejecuta, sino solo una máscara útil, como quiere Maquiavelo. Ya es bueno que se deseen hacer auditorías, pero yo empezaría por el mismo Tribunal de Cuentas, que no es precisamente modélico, y haría  "auditoría externa" de él. No volveré a mencionar aquí el escandaloso asunto del grado de consanguineidad de sus miembros, que es casi el de la familia de Carlos II, ni tampoco del hecho, demostrado al 95%, sobre la predicibilidad en la cobertura de puestos de trabajo en oposiciones al mismo y demás. Me atrevería a decir que incluso ese diminuto error de un 5% se debe a lo que en la España de Mortadelo, o sea, esta, se denomina "atasco de influencias". Y para ejemplificarlo he encontrado un didáctico ejemplo en el interesantísimo y más que raro primer volumen de Memorias de José Balcázar Sabariegos, un profe de literatura del IES Santa María de Alarcos (Ciudad Real) de hace un centenar largo de años, en una España que llamaban "del turno de partidos", cuando había oligocracia y caciquismo, como ahora (el tiempo es tan relativo en La Mancha que ni siquiera avanza):

Anunciada a concurso una plaza de profesor auxiliar supernumerario gratuito en el Instituto de Ciudad Real la solicité, a pesar de su importancia negativa, por el deseo de entrar en un escalafón del estado. Creía sumamente fácil este asunto y no me preocupé de él, y solo por cortesía escribí una carta al director del Instituto don Federico Galiano, antiguo catedrático mío. Pasó algún tiempo y en uno de los viajes a Ciudad Real inquirí noticias y mi sorpresa no tuvo límites. Habíamos concursado la plaza un señor Huertas, de Cádiz, don Francisco Maury Vera, de Daimiel, y yo. Los tres éramos licenciados. Tenía yo de ventaja sobre ellos el expediente académico, el tener aprobadas las asignaturas del Doctorado y contar con servicios en la enseñanza privada, y, sin embargo, "mi" Claustro me hizo la primera "caricia" poniéndome en último lugar, en la propuesta que elevó a Madrid. Y es que, estando en la Mancha, país de típicos refranes, pensaron sin duda en el que dice "quien bien te quiere te hará llorar... o por lo menos tener contrariedades". Y yo a mi vez recordé "que nadie es profeta en su tierra", pero como "no hay mal que por bien no venga" decidí "deshacer el agravio, y enderezar el entuerto". Conté el caso a Silvestre, y este noble amigo, con su gran corazón, animome a ello dándome permiso ilimitado para ir a Madrid a realizar las oportunas gestiones. Perdí las esperanzas en la Dirección General: era cosa de Nieto, cacique máximo de la provincia, ayudado por el poderoso magnate conservador sr. conde de Vilana. Fui a ver a Luis Felipe Aguilera y prometió ayudarme, recomendándome en carta que formaron los otros diputados y senadores ministeriales que eran aliados suyos. Regresé a Ciudad Real, donde estaba de gobernador don Juan Fernández Yáñez, y este insigne manchego que, como dijo Zaldívar, "había estudiado en el Infierno", se indignó también, pero todo sonriente escribió una carta y me tranqulizó diciéndome:

-Vuelva a Madrid y entregue esta carta a Morlesín, secretario particular del señor Cánovas, Presidente del Consejo de Ministros, y de paso visite otra vez a Luis Felipe Aguilera, para que él y los otros representantes en Cortes insistan personalmente en la recomendación.

En la carta escrita por Yáñez, de su puño y letra, decía a Morlesín que yo era persona de su mayor efecto y que se trataba de una venganza política.

Hice lo que me dijo don Juan, pero, antes de ir a casa de Aguilera, fui a la Dirección General, donde supe que Vilana había ido en persona a recomendar a Maury Vera y que estaba acordado su nombramiento.

Cuando se enteró Luis Felipe Aguilera soltó un terno y citó a urgente reunión a los diputados y senadores conservadores, con excepción del señor Conde de la Cañada, que estaba inteligenciado con Nieto, conviniendo en ella el ir juntos a entrevistarse con el Presidente del Consejo. Cuando Cánovas los vio y supo lo que pretendían no pudo por menos que exclamar:

-¡Tanto aparato para cosa tan pequeña! ¡Ni que se tratase de la mitra del Priorato...!

Y malhumorado los despidió asegurando que estudiaría la petición.

Pero al marcharse los representantes en Cortes "remachó el clavo" Morlesín explicándole la entraña del asunto, y... yo fui nombrado y se me concedieron las prórrogas que pedí para posesionarme del cargo. El conde de la Cañada no intervino para nada en esta cuestión. Entregome la credencial el diputado por Almagro señor Gómez Robledo y el 4 de marzo del 97 abandoné Daimiel para ocupar la nueva plaza (José Balzázar Sabariegos, Memorias de un estudiante en Salamanca... I, Madrid, La Editorial Calatrava S. A., 1935, pp. 92-94) 

 Con esto se ve lo podridas que estaban las instancias políticas entonces, y que en todo caso era mejor un poder moderador distante que uno sobre el terreno como el de un cacique. Al pueblo le tocaría ahora, con instituciones completamente transparentes y democráticas, no como las de ahora, moderar esos abusos. Todavía me consta que hay cosas por el estilo; si fuéramos franceses y no estoicos españoles rodarían tantas cabezas como en tiempos de Maximilien Robespierre.