domingo, 21 de diciembre de 2014

Jugar a la lotería da mala suerte

¿Por qué debería jugar a la lotería? ¿Para ganar un premio? ¿Y qué se me premia? ¿Las ganas de tener un dinero que no me merezco? Eso resulta inmoral. Todo el mundo debería tener lo suficiente, y es precisamente por los que tienen demasiado que hay algunos que padecen por no tener bastante. Esto es: la mala suerte de algunos no se combate con la buena suerte de otros, porque la suerte no entiende de justicia, esfuerzo o méritos. Quien juega a la lotería es, puede ser o será de derechas, simplemente; desde luego, no es de izquierdas. Es un juego, vale, pero es un juego en que no interviene la habilidad. Es una apuesta, simplemente, como la de si existe Dios o no.

Mirémoslo cinematográficamente. Un vaquero, James Stewart, hereda el Club social de Cheyenne (1970) y al llegar allí con un amigo suyo se da cuenta de que es un próspero burdel. Recibe los emolumentos derivados de su empresa y, de ser demócrata, pasa a transformarse en republicano, metamorfosis a la que asiste pasmado su compañero Henry Fonda. Luego se da cuenta de que esa propiedad en realidad pertenece a sus trabajadoras, las chicas, se la cede y vuelve a su antigua vida, en la que está más tranquilo, más feliz y corre menos peligro. Una nueva versión de Sancho y la utopía Barataria.

Cuando toca la lotería (a unos pocos) toca también la desilusión (a muchos). Por eso no comprendo a la gente que compra un boleto solo porque le haga ilusión, ni tampoco a esos que no creen en la existencia de los números enteros y sí de los números reales. A la realidad hay que darle lo menos una simetría, un eje. Las simetrías permiten iluminar las cosas, es más, a veces las simetrías poseen tres, cuatro ejes o más y se vuelven completamente fractales. La ilusión es un sentimiento, no es racional. Deberíamos tener ilusión en que nuestro trabajo sea bueno y rinda fruto, en que la riqueza se reparta no digo que más equitativamente, sino más justamente, en razón del mérito, la capacidad y las necesidades de los más desfavorecidos.

Hay un cuento de Borges que se titula La lotería en Babilonia. En ese universo ficticio, los premios no solo son positivos, sino negativos, y tampoco son cuantificables: a uno puede tocarle, por ejemplo, morir, ser invisible, ser asesino o ser mujer, por ejemplo. La lotería se identifica con el destino. Pero en ese tipo de lotería nadie puede comprar todos los billetes, como hacía Voltaire, para ganar siempre. Está bien claro que para ganar siempre hay que perder siempre el triple de lo que ganas o más, en el caso de loterías menos deprimentes que la nacional, por ejemplo, las tragaperras.

Hay algunas culturas que son francamente ludópatas; la china, por ejemplo. Ahí la gente honrada es toda igual y solo son ricos los corruptos y sus amiguetes. La lotería se utiliza para subvertir el orden social, es un arma revolucionaria para establecer el egoísmo de una forma que no exija la corrupción y el abandono de los tremendos pesos morales y sociales que incardina su cosmovisión cultural. En naciones menos reprimidas, como las occidentales, la lotería solo es una ceremonia para justificar el orden social, una especie de limosna que concedemos a nuestra libertad para poder pensar que nuestro destino no está escrito, que somos mierda pero podemos ser oro. Ese es el único valor que concedemos a una lotería donde el premio más cuantioso que se reparte es la miseria y lo que gana el organismo que la convoca va a parar a los gurtelianos, a los futboleros o a los corruptos que no tienen dinero para pagar la cura contra hepatitis. Me parece que para pagar todas esas cosas no hay que jugar a la lotería, sino esforzarse, estudiar y, en suma, luchar contra la miseria que depara el azar y las trampas; un ejemplo de estas últimas: que no se pueda ver luz en el recibo de la luz.

Espero que en próximo sorteo de felicidad del próximo año, nos toque a todos algo en función de lo que merezcamos, aunque el premio sea bajo.