martes, 16 de diciembre de 2014

Manchegos del XVIII

Me hallo escribiendo un infinito artículo sobre la literatura manchega en el siglo XVIII. Un tema más inflable que el universo, sobre todo porque hay mucha materia oscura que requiere desenterrar cadáveres impresos con la ceniza de la tinta. Aunque algunas momias presentan un buen aspecto, otras dan grima y muerden la sensibilidad Cualquiera que haya ido por ahí violando tumbas sabrá que a los muertos les da igual y se presentan siempre pasotas, cruzados de brazos. Si no les pegan los labios con imedio, presentan la boca abierta y redonda, como en el grito de Munch; se les descuelga la mandíbula por puro efecto de la gravedad. Es que quien se muere correctamente tuerce la boca, porque la mandíbula inferior deja de someterse al control del cerebro. Cuando te corrigen la expresión por compostura, la cara que se te queda está a medio camino entre la decepción y la sorpesa.

Pues estaba diciendo, parangonando al clásico dramaturgo francés, que algunos de los escritores que mata la crítica gozan de buena salud. Un ejemplo, el poeta toledano Eugenio Gerardo Lobo. Cualquiera que lea este soneto advertirá en seguida de donde le vino la inspiración a Antonio Machado para su poema al olmo hendido por un rayo y en su mitad podrido:

Tronco de verdes ramas despojado
que albergue en otra edad fuiste sombrío
y estás hoy al rigor de enero frío
tanto más seco cuanto más mojado:

dichoso tú, que, en ese pobre estado
aun vives más feliz que yo en el mío:
¡infeliz yo, que, triste, desconfío
poder ser como tú, de otro envidiado!

Esa pompa que, ahora, está marchita
por aquella estación florida espera
que aviva flores, troncos resucita.

Forma el año su giro y, lisonjera,
la primavera a todos os visita:
solo para mi amor no hay primavera.

Pero, más que buena salud, vemos que alguien está tan vivo que podría estar escribiendo ahora mismo. Se trata de Fernando Gutiérrez de Vegas, autor de la mejor novela del siglo XVIII, en cuanto que analiza la realidad de las reformas de la ilustración aplicada a un pueblo manchego. La novela se denomina Los enredos de un lugar; recuerda a las novelas españolas contemporáneas de Galdós, porque en ella se enfrentan dos Españas que en el fondo son la misma. Este autor, como los narradores europeos clásicos, no pretendía satirizar, sino comprender la realidad. De ahí su modernidad; no hay nada más contemporáneo ni parecido en nuestro siglo XVIII, pese a lo cual tienen los responsables de nuestra cultura a esta novela sin la moderna edición que merece, siendo la mejor sin duda alguna de toda nuestra Ilustración. Véase si su amarga conclusión final no puede aplicarse aún a hoy:

Siguieron a estos otros personajes y otros acontecimientos en Conchuela. Continuaron los impulsos de dominar y las discordias por lograrlos y por impedirlos. Continuó el propio interés dirigiendo las obras de los que se sucedían y continuaron las mismas pasiones y afectos, los mismos enredos y máquinas de los antecedentes. La general insensibilidad en orden al bien público, las impunidades de los delitos, la desatención de las leyes y las guerras de las parcialidades extendieron la pobreza y la ruina de unas casas a otras, y aniquilaron al fin la población. (T. III, p. 506).

Suelen los escritores manchegos descubrirse en el exterior, especialmente en Italia, que los deslumbra (Garcilaso, Valdés, Cervantes, Balbuena, Crespo, Nieva). No niega esta intuición el caso de uno de los tristes jesuitas expulsos manchegos en el siglo XVIII, que descubrió el amor en Bolonia. Así lo describe el maligno don Leandro Fernández de Moratín, cuando pasó por su casa allá por 1793:

Don Manuel de Aponte ha traducido la Iliada y la Odisea en verso con admirable fidelidad, ilustrando su obra con notas doctísimas; no se halo [sic] impreso, ni acaso se imprimirá. La cátedra de lengua griega, que regenta en la Universidad, no le da para echar aceite al candil; es hombre muy instruido, de exquisito gusto en la poesía, modesto, festivo, amable, y está atenido a la triste pensión que se les da a todos [tres renglones tachados] El citado Aponte tenía una criada, si merece este nombre la que no percibe salario ni emolumentos, que le asistía, hija de una pobre vieja; oyó muchas veces las lecciones que daba su amo a los discípulos, mostró afición y el amo, que enseñara el griego a los perros de la calle, empezó a enseñársele a ella; en una palabra, la muchacha le ha aprendido en términos que hace temblar al más estirado grecizante. Ha hecho varias odas en esta lengua, aplaudidas de cuantos son capaces de juzgarlo, tiene excelente gusto en la poesía y, por las traducciones italianas que he visto de sus propias obras, creo que merece la grande estimación que se hace de su talento; es Catedrática de partículas griegas en la Universidad, y se llama Clotilde Tambroni (Leandro Fdez. de Moratín, Viaje a Italia).


Cualquiera que haya leído lo que sobre este jesuita manchego escribieron la Tambroni, Deani y el ilustre lingüista cardenal Mezzofanti, que fueron algunos de los eminentes discípulos de este gran helenista, sabrá que era un sacerdote integuérrimo y ejemplar, a quien nada cabía reprochar en ningún aspecto.

Podríamos alargar más la lista con Melchor de Macanaz y tantos grandes hombres que murieron tan desilusionados como don Quijote que me tengo que contener y dejar aquí el punto final.