viernes, 9 de enero de 2015

Ilustración de alcaldes. Dedicado a Rosa, la Aromática.

El poema que transcribo más abajo está escrito por un manchego del siglo XVIII que fue el primer ilustrado español en pasar del reformismo al liberalismo radical; en sus Cartas económico-políticas al conde de Lerena, (segunda parte), se tomó el trabajo de esbozar, cuando ya estaba quedándose ciego, la primera constitución que soñó un español, bastante más liberal que la de Cádiz. Sus sátiras fueron censuradas por la Inquisición y todavía estamos esperando que las publiquen (hay quien dice que la Inquisición desapareció a principios del siglo XIX; Larra no se lo creía, y decía que había cambiado de nombre y ahora se llamaba Gobierno; se ve que tenía algo de razón). Ya el tío de Jorge Manrique, Diego Gómez Manrique, escribió en la columna más tiesa del ayuntamiento de Toledo que pudo encontrar unos versos que advertían a los futuros alcaldes de esa ciudad y todavía pueden leer los ciegos que la rigen:

Nobles discretos varones / que gobernáis a Toledo, / en aquestos escalones / desechad las aficiones, / codicias, amor y miedo. / Por los comunes provechos / dexad los particulares. / Pues vos fizo Dios pilares / de tan riquísimos techos, / estad firmes y derechos.

En otro poema extenso expone bien a las claras cómo ha de ser un recto gobernante; leer esos preceptos daría urgente cagalera a cualquier político manchego, cuanto más español, sudores fríos y cuartanas. Porque ese señor tenía lo que se llamaba entonces "honor", algo que provocaba un irremediable harakiri en caso de causar vergüenza o ser ineficiente; esa gente prefería la muerte al baldón. Yo, por mi parte, me contento con copiar el poema de Arroyal, un liberal conquense, que murió en Vara de Rey. Mucho Quijote, mucho Quijote, pero a este Quijote, que no es ridículo ni loco, sino alguien provisto con la razón y luz del siglo XVIII, nunca la editarán unas Obras completas. La Inquisición, decía. El Gobierno, decía. Y allá va. Los lectores harán las aplicaciones que gusten, pero para mí que ya no hay hombres ni mujeres como los de antes, solo chorizos no precisamente de casta, sino descastados. Políticos que son la vergüenza de sus padres.
  
Oda XXIII

En alabanza del alcalde Juan Fernández de la Fuente,
labrador honrado de la villa de Vara de Rey

    Canto a un felice anciano / coronado de espigas y de frutos / del plácido verano, / no gobernando los neptúneos brutos / con esmaltado freno, / sino los tardos bueyes / y su rebaño, por el campo ameno.
    Canto un hombre estimado / de todos sus vecinos y parientes, / y lo que es más, honrado / aun de viciosas y malignas gentes, / aquellos que sus días / gastan mordiendo honras / con sus murmuraciones y falsías.
    Canto un varón constante / en los trabajos de su larga vida / de parcitud amante / y no de riqueza desmedida: / canto un hombre prudente, / trabajador, sufrido, / a Juan Fernández canto de la Fuente.
    El no en ilustre cuna / se crio, ni emprender pudo lustrosa / carrera, ni fortuna / le subió a una eminencia prodigiosa; / ni vio la adusta guerra / donde es el más famoso / el hombre que destruye más la tierra.
    Nació en una aldeílla / cerca a Vara de Rey, y allí criose / en la vida sencilla / del campo ¡oh Dios!, y de ella alimentose / ochenta y cuatro años / que cuenta con luz clara / de lo que es este mundo y sus engaños.
    Ni pudo el mal ejemplo / de algunos holgazanes infestarle: / desde su casa al templo / y del templo a su casa era encontrarle; / pero nunca en el juego / ni tampoco en la plaza, / ni entre el lascivo y execrable fuego.
    Jamás dijo mentira, / ni se verificó que a uno engañase, / ni pudo hacer la ira / que, sin razón, cólerico, injuriase; / ni de empeños a fuerza / ni a fuerza de dinero / se vio jamás que la justicia tuerza.
    Siendo nombrado alcalde / (aunque de él con entera repugnancia) / administró de balde / la justicia, no haciendo su ganancia / la pérdida de algunos, / que, atropelladamente, / se meten en mil pleitos importunos.
    Ninguno tuvo queja / de su modo de obrar, ni la censura / del vulgo, que no deja / delito sin castigo, le fue dura: / quien le ha necesitado / siempre le halló propicio / para servir a todos preparado.
    Sin libros y sin ciencia, / aunque sí con un alma esclarecida, / sabe por su experiencia / más que muchos de aquellos que la vida / en estudiar gastamos, / y en mucho se aprovecha / más que acá nuestra ciencia aprovechamos.
    A costa de fatiga / y sudor trabajó en la primavera / de su edad cual la hormiga / que los rigores del invierno espera, / y en su vejez ahora, / sin cansar al pariente, / come el trabajo que antes atesora.
    Él buen vecino ha sido / y buen juez, buen hijo y buen hermano, / y ha sido buen marido, / y, por decirlo todo, buen cristiano.
    Su conducta inculpable, / a lo que ver se deja, / a su Dios y a los hombres es amable. /   ¿Quién, quién habrá que pueda / no envidiar una vida tan sencilla / y pura, aunque la rueda / de fortuna le tenga allá en la silla / primera del estado / hecho objeto de envidia / sobre todos los otros sublimado?
    ¡Oh hombre el más dichoso / de todos los mortales! Vive, vive / en tu dulce reposo / y este pequeño don de mi recibe / con natural bonanza; / aunque yo no te alabo, / a tu virtud va toda la alabanza.