viernes, 20 de febrero de 2015

Don Ignacio Quemalatierra, caballero ciudarrealeño


Historia fabulosa del distinguido caballero Don Pelayo Infanzón de la Vega, Quixote de la Cantabria (Madrid: Imp. de la Viuda de Ibarra, 1792-1793, 2 vols.). Segunda parte, cap. IV:

Encuéntrase Don Pelayo en la calle de Preciados con otro Caballero, disputan sobre quien ha de dexar la acera, y Don Pelayo queda muy contento porque el Caballero como mas prudente cedió á las instancias del distinguido Don Pelayo.

No fue fácil a nuestro Don Pelayo reconciliar el sueño en el tiempo de la siesta, a causa del contento grande que entró en él en fuerza de las buenas nuevas que del poseedor de la muy ilustre Casa de Miranda de la Vega le trajo su criado. Presumíase ya con un padrino poderoso que tarde o temprano se había de declarar pariente suyo, lo que necesariamente le haría persona muy visible. Celebraba en extremo haber emprendido el viaje y, paseándose solo por el cuarto, aseguran que decía:

-Ahora verán los caballeretes de mi patria quién es Don Pelayo Infanzón de la Vega, cuando lean en Gaceta que S. M. (Dios le guarde) le hizo Alcalde de Corte, o Alcaide de los donceles, nada más que por dejarse ver de sus paisanos y descubrir estos en él una tintura de las principales ciencias, acompañada de una religión sólida y una crianza tan fina, que a tiros largos publica lo ilustre de su cuna. Escribiranme mil enhorabuenas: cargarán los correos con recomendaciones para los asuntos que tengan pendientes en la Corte y tendré yo que hablar a varios de los compañeros míos para dar un curso breve y bien acabado a los expedientes, con lo que llegaré á ser muy ponderado en la Cantabria, y más en la Vega que en otra parte alguna, asegurando todos que soy un buen paisano: que no obstante de verme en un eminente empleo no miro con indolencia los intereses de la patria.

Con estos discursos que hacía nuestro Don Pelayo se empavonaba de modo, que parece le venían estrechos los vestidos. Llegose ya la hora del paseo, y salió con Mateo, haciéndose cargo de la hermosura de las calles, y caminando de este modo, dixo:

-Esta tarde no, Mateo amigo, pero no se pasarán tres días, sin que ti mismo me sirvas de guía para la casa del Señor Miranda de la Vega, pues, una vez que sabes ya la calle y has estado á tus anchuras en el Palacio de su Excelencia, te vendrá á ser muy fácil acertar con él quando yo vaya á visitarle.

-Non fále da eses coses, Señor, replicó Mateo, porque acertar con la casa túvilo á milagru y non habemos de pedir á Dios que faga milagros por tan peques coses: eso meyor lo sabe Vusté, porque lo ha estudiado, y ya que el mismu Audencia non quier que Vusté se canse en dir á velu, ¿para qué se mete en enfadálu? Vusté estese quietu, y non sea bobu, porque estes ceremonies de Madril non son como les de la Vega. 

-Su Excelencia, dixo Don Pelayo, hace más de lo que debe en querer visitarme en la posada; pero para que sepa que yo, sin haberme criado en la Corte, sé muy bien portarme como Caballero que ha tenido una educacion casi equivalente, necesito presentarme antes á el Señor Miranda de la Vega.

En esto iban Amo y Criado divertidos, quando un nublado, formado de repente, arrojó mucha copia de agua al tiempo mismo que por la calle de los Preciados entraba Don Pelayo. Encontróse en ella con un Caballero que no cedía á nuestro héroe las paredes de la calle. Nada tuvo que dudar el Caballero Don Pelayo para resolverse á defender el mejor sitio, por lo que le dixo el encontrado Caballero:

-Extraño mucho, Señor Caballero, el empeño que ha tomado, quando pudiera deslumbrarle la venera que me adorna el pecho.

-No es cosa mayor lo que me deslumbran las veneras, dixo Don Pelayo, porque sé que algunas se llevan para disimular borrones, y así esta circunstancia sola es para mí de muy poco aprecio, y por lo mismo no desisto de mi primer empeño.

-Pues sepa Vm. atrevido Caballero, dixo el de la venera, que el que lleva esta insignia, que le deslumbra poco, es Don Ignacio Quemalatierra, Regidor perpetuo de Ciudad Real, que está en La Mancha. 

Apenas acabó de pronunciar estas palabras el Caballero de la Mancha, quando la feliz memoria da nuestro Don Pelayo le acordó con maravillosa presteza todo quanto le había contado de Don Ignacio Quemalatierra en Tordesillas Don Alexandro de Cienfuegos; y así en un tono algo burlesco le dixo de este modo:

-¿Con que Vm., Señor Caballero, es el acaudalado Don Ignacio Quemalatierra, natural de Ciudad.Real, uno de los Regidores perpetuos de aquella Ciudad antigua y Caballero de Montesa, cuyos adornos adquirió á costa de dinero, para lograr la mano de Doña Jósepha de Garbanzo en competencia de Don Alexandro de Cienfuegos? 

-El mismo soy, dixo Don Ignacio bastante sorprehendido.

-Pues sepa el Señor Quemalatierra, prosiguió el Caballero Don Pelayo, que para un nieto legítimo de Francisco de Panduro, Secretario de Ciudad-Real, y el más interesado pendolista que hubo entonces en la Mancha, es sitio muy decente en las calles de una Corte aquel por donde arroya la basura; y si es que otro pretende ha de ser abriéndole por aquesta espada mia.

Dixo esto al tiempo mismo que le arrimó la punta de la espada á la venera. El Caballero de Montesa, que se vio deslindar por quien desconocía y que en el día y medio que llevaba de estancia en la Corte no había tenido aún lugar para referir quién era, encogió los hombros y cedió la pared á nuestro Don Pelayo. No se descuidaron varias gentes, que presenciaron el encuentro, en averiguar quién era Don Pelayo, el qual, en fuerza del agua recia que despedía la nube, se retiró con paso acelerado á su posada y, hallando en ella á Don Gregorio, le contó el encuentro que acababa de tener, el qual, como muy prudente, advirtió al Caballero Don Pelayo lo mal que parecía en la Corte disputar las aceras ó paredes de la calle, pues ya todo hombre de talento y bien nacido estaba persuadido á que era el mayor de los delirios y un punto de caballería desterrado ya por los hombres de mediano juicio.

-Nada de eso ignoro, Señor Miranda, dixo Don Pelayo; pero tampoco creo parezca mal en ninguna de las Cortes de Europa se haga ver á un Caballero fatuo (como en mi concepto lo es Quemalatierra) que la venera de Montesa ni otra alguna es incapaz por sí sola de ocultar un origen baxo, como tiene el tal Caballero por su abuelo Francisco de Panduro; y si él supiera quien yo era, y que me hallo muy emparentado con el ilustre poseedor de la Casa de Miranda de la Vega y que, según ha dicho mi criado, tiene vivísimos deseos de tratarme, ya conocería que los Infanzones de la Vega no necesitamos de veneras.