martes, 17 de febrero de 2015

Fernando Gutiérrez de Vegas, el manchego incómodo

A fines del siglo XVIII, el abogado Fernando Gutiérrez de Vegas, absolutamente desengañado del reformismo borbónico, escribió la primera novela realista desde el Don Quijote de Cervantes, anticipándose a las de Galdós en un siglo; nada tiene que ver su obra con aquellas ficciones idealizadas, pintoresquistas o aventureras que, si eran críticas, lo eran con visión tan temáticamente cerrada y parcial que eran leídas como diversión y no como pensamiento. Los enredos de un lugar ofrece una visión global del mundo manchego, y, por extensión, español, amarga y dura, y habría encantado a Unamuno por lo intrahistórica que es, por la "tradición eterna" que contiene.

Trata del problema esencial de España, que el autor, bastante más objetivo que el famoso filósofo vasco, no define como "cainismo", sino como la Injusticia con mayúscula. Una injusticia que todo lo subvierte, una peste que inficiona e impide cualquier atisbo de progreso social y termina despoblando el lugar. Además, es la primera vez que aparece el tema del caciquismo: se le consagra toda una larga e irónica novela en tres volúmenes. ¡Y qué novela! Estamos hablando de 1778, pero casi el cien por cien de sus reflexiones se podrían aplicar ahora mismo. Por ejemplo:

Yo me río al ver un escritor celoso del bien público [se refiere a Antonio Ponz, el autor del Viaje de España] fatigarse en cuantos tomos publica (ejemplifiquemos el descuido en algún ramo) por persuadir a todos los pueblos el plantío de árboles. "Me río", digo, no de su celo, que es bueno, ni de su idea, utilísima, sino de que para los pueblos gobernados por alcaldes ordinarios trabaja y trabajará en balde mientras duren; y lo mismo sucede a las reales órdenes que se comunican todos los años sobre el objeto, pues es prueba evidente de que no se cumplen el estar como estábamos en cuanto a él. Ni ¿qué han de hacer, bien mirado, los alcaldes? Sobre la común falta de medios, de fuerza, de ejemplares y de autoridad que exige la introducción de cualquier proyecto útil, tienen la de no esperar recompensa de su fatiga y, sobre todo, la de no durarles el poder el tiempo necesario a perfeccionarla. Conque, aunque recaiga la judicatura en un hombre de espíritu y capacidad, ¿qué ha de hacer o qué ha de introducir en un solo año que la ejerce? Y si algo ha hecho, siguiéndosele una larga serie de sucesores o de ideas contrarias o de muy diferentes partidas, ¿cómo se ha de perficionar lo que él hizo? (Fernando Gutiérrez de Vegas, Los enredos de un lugar, Madrid: Viuda e hijo de Marín, 1800, 2.ª ed., III, pp. 336-337.

¿Alguien podría decir que esto no es aplicable, por ejemplo, al tema de la interminada reforma del fracasado, fracasable y fracasadero sistema educativo español? La novela, a la que, como es lógico suponer (si creemos que es cierto lo que piensa Gutiérrez) no se le haría ningún caso (y la realidad lo confirma: no ha sido reimpresa desde hace más de doscientos años a pesar de su éxito y las continuas alabanzas de la crítica (dispongo yo solo de la rara segunda y última edición, de 1800, que ya tuvo serios problemas con la censura gubernativa para ver la luz) llamó la atención de los críticos en el siglo XIX y en el XX todavía no paran los ditirambos sobre ella en toda la crítica especializada. Sin embargo, ahí yace, muerta de risa, sin edición alguna, ni siquiera popular, en dos siglos.

Gutiérrez de Vegas no cree en el "progreso indefinido del genio humano", en el progrès de l'esprit humain que Condorcet, veinticinco años después, en pleno auge de la Revolución Francesa, proclamó. Gutiérrez de Vegas asistiría sin duda fascinado a este suceso, capital en la historia del mundo, cuando se animó a publicar la segunda edición de su libro. Pero era más pesimista que Arroyal, quien, a unos pocos kilómetros de donde vivía el abogado, también en Cuenca, igualmente desengañado (o "indignado", si prefieren) por el tibio reformismo borbónico, se atrevió a pergeñar una constitución liberal para España que no llegó a publicarse y quedó como apéndice a sus inéditas Cartas económico-políticas al Conde de Lerena. Un profesor de Pablo Iglesias, Antonio Elorza, las publicó sin ese añadido, que descubrió el profesor José Caso González y ahora es difícil encontrar (algo semejante a lo que pasó al oculto y ninguneado Gutiérrez de Vegas).

La primera edición llevó el título de Los enredos de un lugar o Historia de los prodigios y hazañas del célebre abogado de Conchuela el Licenciado Tarugo, del sandio escribano Carrales y otros ilustres personajes que hubo en el mismo pueblo antes de haberse despoblado, dividida en cinco libros, o sátiras contra la prepotencia, la avaricia, la mala fé, la pusilanimidad, y otros bastardos afectos del hombre, destruidores de la justicia (Madrid, Manuel Martín, 1778, 1779, 1781, 3 vols.). Que la obra era una punta de lanza de las reformas ilustradas lo demuestra que fueran censores del libro Nicolás Fernández de Moratín e Ignacio López de Ayala.

Como bien escribe Joaquín Álvarez Barrientos:

Nos encontramos ante uno de los trabajos más importantes en la constitución del género novelístico. Se desarrolla en un pueblo, Conchuela, y se narra la vida que llevan los poderosos que dirigen la población y la de los que padecen su ejercicio de la justicia y el poder. A su vez, se relatan las relaciones de enemistad, interés, amorosas o simplemente amistosas que se dan entre los que quieren desbancar del Ayuntamiento a los Tarugo y estos. […] Gutiérrez de Vegas domina mejor que Isla los recursos narrativos. Sabe medir los episodios e insertarlos de modo que resulten complementarios de la acción principal o nazcan de esta. Sus personajes tienen entidad, a la par que pasan por diferentes estados de fortuna y anímicos, produciendo en el lector un verdadero efecto de realidad. Tienen pasado, cosa que pocas veces o muy escuetamente se nos muestra en cuantos transitan las páginas de Fray Gerundio. La historia se cierra con la despoblación del pueblo y con los epitafios de los personajes más importantes de la obra: es la desolación que, unida a la ironía de que hace gala el autor a lo largo de la obra, da un panorama oscuro de la realidad española que retrata. Con Fernando Gutiérrez de Vegas nos encontramos ante un narrador realista que basa su ficción en el conocimiento de las costumbres, y cuyo interés, como el de los novelistas europeos, es comprender al hombre. Para ello acumula situaciones, personajes, detalles, escenas que van componiendo el microcosmos que es Conchuela. Es Gutiérrez de Vegas, además, un gran descriptor de lugares. Los enredos de un lugar […] es un caso único, porque las novelas que se publiquen después, traducidas, adaptadas u originales, no se le parecerán nada, ya que no es una novela sentimental, ni filosófica, ni moral, siendo todo ello a la vez. Gutiérrez de Vegas escribe una obra que se entronca fielmente en la tradición narrativa española, a la par que refleja un mundo conocido. Las novelas de los siguientes años estarán influidas por las corrientes sentimentales europeas. En Los enredos de un lugar se crea el mundo de la España que se reforma y por cuyas reformas parece que cambia, pero solo parece: el autor da la impresión de que todo ello es un gran engaño, porque o se llega al “es necesario que algo cambie para que todo siga igual”, o se acaba en la desolación producida por la incapacidad para hacer una transformación real y profunda. [...] Conchuela es la reproducción en pequeño de la España de Carlos III; sus gobernantes representan las fuerzas reacias a los cambios; quienes quieren sustituirlos representan a los reformistas ilustrados, que finalmente acaban conduciéndose como los refractarios; los problemas que se debaten en el pueblo sobre higiene, salud pública, moral, poder, creencias, economía, necesidades de la población, educación y otros son los mismos que están sobre el tapete de la reforma española. 

Es ya lugar común afirmar que de Fernando Gutiérrez de Vegas no se sabe sino que era abogado de los Reales Consejos y vecino de Pareja (Guadalajara). También, que en 1777 aprobaron su novela los escritores ilustrados Nicolás Fernández de Moratín e Ignacio López de Ayala, contertulios de la Fonda de San Sebastián, aunque la publicación del segundo volumen y la fuerte crítica social que contiene la obra hizo que la segunda edición afrontara más dificultades. Fuera de esto, me ha bastado una sencilla investigación para rebajar bastante esta ignorancia de datos biográficos. He aquí los nuevos datos: el autor nació en Castrofuerte (Asturias) y se licenció en derecho civil en Sigüenza.  Un pariente, casi con toda seguridad hermano, Francisco Antonio Gutiérrez de Vegas, fue párroco de Bolliga (Cuenca) y disfrutaba de una capellanía fundada por F.º Ponce de León en Polvoranca (pedanía de Leganés, Madrid), pero pleiteó por unos atrasos que no le devolvían de ella en 1776.  Este hermano es muy plausiblemente el modelo del sacerdote que aparece en la novela. Todavía hay más: por el artículo “No permiten nuestras leyes hidalgos, frailes ni bueyes” de El Día de Cuenca, (11-IX-1920) nos enteramos de que, en un pleito sostenido entre 1782 y 1792 contra la villa de Gascueña a instancia de don F.º Manuel de Parada y Sandoval, vecino de Huete y primogénito del regidor perpetuo de esta población, al que la citada villa le impedía poner su blasón en la puerta de su casa, pleito sentenciado en 1791 a favor del demandante, se cita a Los enredos de un lugar y a unos Olarte hidalgos de Móstoles empadronados como plebeyos en Gascueña por su fuero de behetría, que anulaba distinciones por nobleza.

Al citar la novela de Gutiérrez de Vegas, impresa en 1781, se hace memoria de tres pueblos de la jurisdicción de Huete, “felices” por no tener hidalgos: Peraleja, que “antes permitiría faltase de su torre la giralda que los ilustra que en sus archivos se encontrara un don”, Tinajas, con duda, del que los arrojarían a pedradas, y Gascueña, donde “hasta los niños de teta publicaban este blasón: No permiten nuestras leyes / hidalgos, frailes ni bueyes, y que, “sin hidalguías vivieron muy honrados nuestros mayores, hemos vivido nosotros y vivirán nuestros descendientes”. Sobre el tema, véase al documentadísimo Manuel Deparada y Luca de Tena, marqués de Peraleja, Bibliografía sobre la noble y leal ciudad de Huete. Autores, documentos, citas sobre vecinos y naturales. Acontecimientos, Madrid, 2014.

El libro primero describe los caracteres del cacique (el tío Tarugo) “con un genio obsequioso a los ricos y terrible a los pobres”, de su amigo y aliado el cura Berrocal (con poderosos contactos, de los que se aprovecha Tarugo) y del albéitar Mingo Guijarro, más conocido como “Morcillas”, quien espía para él todo lo que acontece en la población. Tarugo es “un labrador, el más rico de todos sus vecinos, con un par de mulas, un buey de non y alguna más hacienda de la necesaria para emplear esos animales […] desde joven muy apasionado por su dictamen y por su hacienda; y casi siempre consiguió que el primero sirviese para aumentar la segunda, pues no hay memoria que no gastase ni aun palabras como no esperase de ellas probable utilidad. Al principio fue fiel de fechos, en cuyo ejercicio estuvo cuatro años y aprendiendo en ellos el fácil arte de majenar el pueblo, subió por sus méritos a alcalde, y lo fue con intermisiones y sin ellas dieciséis años. Con tal fortuna, y con la que él no despreciaba por otra parte en los años de hueco, adquirió el caudal mayor de su villa. […] Fue muchos años el árbitro de su pueblo, y voto tan decisivo en el Ayuntamiento, que una insinuación o seña suya tenían en él la fuerza de decretos. Nadie era alcalde, regidor ni aun alguacil como no lograse anticipadamente su permiso; y si alguno contra su voluntad se empeñaba en serlo, nada conseguía y se hacía irregular para en adelante. Este fue el motivo de hallarse en aquel tiempo arrinconado en Concuela sin llegar a ser alcalde un vecino llamado Gaspar Fernández, hombre de invencible veracidad y de un amor envidiable a la justicia, desinteresado y muy racional, porque como él no tuviese genio de adular al tío Tarugo, ni fuese en su mano el conformarse con una mínima parte de sus ideas, ni aun fingiese y disimulase su carácter e inclinaciones, el tío Tarugo […] compuso que nadie se acordase de él ni aun para alcalde de la Hermandad”. Tarugo es viudo y tiene un hijo “depósito de todas sus esperanzas”, que llega al pueblo, tras licenciarse en Derecho, junto con su maestro, abogado de Irueste, “el Escévola de la Alcarria”. El máximo enemigo de ambos es el escribano Carrales, “hombre no tan rico como su competidor, pero mucho más diestro que él en el arte de captar la benevolencia de las gentes y hablar a cada uno en su lenguaje. Su prodigiosa pluma tenía la grande virtud de descubrir los metales y la de atraerlos hacia sí. Con un rasgo solo formaba un santo y con otro un diablo en quien lo más particular eran las uñas. Pero su mayor y más común empleo era el de socorrer necesitados. Unas veces hacía deudores y otras deshacía créditos; ya comentaba los testamentos, aclaraba los vínculos o bien resucitaba hidalguías y derechos perdidos; […] tenía la gracia de disimular excelentemente […] Con sus mañas hizo un tiro muy grande al despotismo del tío Tarugo, pues se confederó estrechamente con todos sus contrarios descubiertos y, con más cautela, con los ocultos, que eran muchísimos, moviéndolos de diveras maneras a dicha unión.”

Puesto ya el tablero, en la novela se van enfrentando estas dos Españas a costa de la tercera que representa Gaspar Fernández, sustituyendo el despotismo de un cacique por el de otro sin que los problemas económicos y de secular injusticia que aquejan al pueblo se solucionen, pues lo único que obsesiona a los personajes es el poder.