domingo, 1 de febrero de 2015

De retóricas e Iglesias

Los "sueños" de mi querido Pablito, que se desliza a ser una especie de mesiánico Martín Lutero King, podrían parecer auténticas pesadillas a los dinásticos (en su cueva de Alibabárcenas o en la solución habitacional ataporcina de Pedrote Picapiedra), pero son solo lenguaje. "Palabras, palabras, palabras", que dijo Hamlet. Es imposible que Pablo gane aunque gane; los dinásticos se aliarán entre sí para salvar sus chanchullos y, cuando ya no exista el Pepe, será su sustituto, Ciudadanos, el que tome su lugar como bisagra dinástica para negociar con el Pesoe; menos mal que Ciudadanos parece algo más democrático y joven.

Quien tiene la llave de la situación es realmente el otro brazo del pepoísmo dinástico, el Pesoe, pero siempre ha sido, es y acaso será eso: dinástico, clasista, castista; a mí no me engaña. Solo hay que ver la cantidad de momias residuales que atesora; ojalá esa gente joven que empieza a aparecer en su seno sepa limpiar la cloaca, que creo yo no podrá. ¡Pues no hay corrupción oculta ni na en ambos sindicatos e incluso Izquierda Unida!

Pero, siguiendo con el análisis del lenguaje, uno, que ha estudiado algo de retórica y traducido penosamente al logógrafo Lisias y con alguna más facilidad al pico de oro Cicerón, revisa algunos de los discursos, soflamas y rifirrafes de Pablito en la moviola y le saca un parecido de casta a su estilo oratorio: Emilio Castelar, el amante del poeta y escritor de Manzanares Antonio Rodríguez García-Vao asesinado en Madrid, sobre todo por el abuso de los tripletes y trimembraciones, algo de lo que ya pecaba el conde-duque de Olivares, pero también por la apelación indistinta a ethos, pathos y logos en rápida sucesión y sus paralelismos, sermocinaciones e isocola. Tampoco es moco de pavo que reciba todas las semanas el poderoso apoyo mediático de Monzón, más conocido como el Gran Wyoming. Increíble que un canal de televisión, la Sexta, haya prendido fuego en tanta estopa como había acumulada desde que vengo diciendo lo mismo, incluso en este lugar, desde mucho antes de que se fundara Podemos.

Sus adversarios harán bien en rehuir el cuerpo a cuerpo, porque a pesar de su apariencia de peso mosca caerán noqueados ante su eléctrica rapidez de reflejos. Carlin dice que no es orador; es que es medio inglés y no conoce los clásicos. Iglesias es un Demóstenes, aunque no tenga por tema a un magno Alejandro que le lleve la contra y le exija lo mejor de sí mismo, sino solo a un gallego instalado en mitad de la escalera, defensor de lo más rancio y mediocre de la burguesía española, al que una larga familia de enchufados de su apellido ayudó a poner en lo alto del macizo galaico, como si la política de la nación fuese una universidad española.

Compadezco a los pobrecillos, ignorantes y tartamudos lechuguinos de sus adversarios, sean políticos o periodistas, incapaces de soportar un ethos (presencia y modelo) y una actio (conocimiento del tema, del momento, del público, de los adversarios y de la situación comunicativa) tan resolutivos como los del líder de Podemos. Sus (esta visto y comprobado) tontolhabas y perdidos contrincantes, ya próceres enfangados en un mutuo fregado de mierda, ya periodistas al estilo Pantuflo Zapatilla (increíble que proceda de El Mundo, el único periódico que investiga corrupciones, hoy regido por el manchego de La Solana Casimiro García Abadillo), seguidores de la doctrina del shock, no tienen nada que hacer. Incluso se ha acojonado El País, que ha perdido insólitamente las hopalandas de su digna compostura y se ha sumado, cagado hasta los calcetines, a la ola de ninguneo y descrédito general orquestada por los miedicas del Shock. Mientras ellos marchan en progresión aritmética, se aviva el pathos de la indignación en progresión geométrica y, como Podemos tampoco anda flojo en las otras palancas de la opinión, el ethos y el logos, solo les queda cerrar la tienda, ningunearlo y esperar algo de la lluvia fina y de Merkel. Han admitido que es demasiado tarde para parar la bola de fuego, así que ajo, agua... y Merkel.

Cuenta Pablito con la suficiente sociología como para saber que se puede coger a un paretiano setenta por ciento de los españoles por los cojones, por la hidalguía, por... la casta. La secular mansedumbre senequista del buey español soporta todo menos que digan que hay alguien con mejor casta que él y que se ríe en sus barbas como se reían de los obreros de derechas que compraban pagarés de Ruiz Mateos o se mondaban de los catalanes empeñados en achicar Cataluña con su devoción al negocio pujolista, que es eso que llaman nacilismo o necilismo nacionalista. Ya la corrupción en España es tan ancha, larga y profunda que hasta se ha salido de madre el incompleto artículo de Wikipedia que la reseña y ha tenido que encogerse y cortar las notas a solo ochenta y ocho.

Uno recuerda las paralizantes perífrasis verbales del listillo "hijo-de-lechero" Felipe González, actualmente empresario y millonario y aconsejario de ricachos del Forbes (a este aforado, y aun aforrado, le ha ido desde luego mejor que a España; ¿no podría haber hecho lo mismo con el país?). Y recuerda sus construcciones pasivas, sus salidas fuera de tiesto, sus nubes de tinta de calamar y el didascálico uso de exempla, y cae en la cuenta, al compararlo con estos lodos, de que la retórica política se encuentra ya en otro nivel más alto y exigente. No basta ya la labia populista del abogado de secano y de lechero, sino leer y comprender los tres volúmenes de Heinrich Lausberg y el Tratado de argumentación de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca; o eso, o perder las elecciones. Solo un camándula gitano como Pepito Bonito podría darle algo de réplica a Iglesias, pero está ya muy quemado (y con las manos calentitas), escribiendo libros llenos de elipsis y buena prosa, que nadie lee.