domingo, 1 de febrero de 2015

Sobre el difunto José Manuel Lara Bosch

Ha muerto el sucesor de José Manuel Lara Hernández, creador de la editorial Planeta, a quien sustituyó, y llueven por doquier los ditirambos de la gente que "vendía". Pues yo, ocasional comprador de los pergeños que escogorciaba, no voy a darle demasiados, porque tengo mis razones. 

Vendía auténticas mierdas a precio de oro, porque como eran obras tan malas tenía que sofocar y marear el buen criterio por medio de costosas campañas de publicidad y propaganda que luego se cobraba subiendo el precio de la mierda que imprimía, como digo, auténticas basuras: todavía tengo ahí una enciclopedia de historia de España tan mal hecha que faltaban los nombres de lugar a algunos de los mapas de las ilustraciones. Muchos de sus párrafos acaban sin acabar o se hallan plagados de faltas de ortografía, notándose además que habían sido escritos por estudiantes malillos. La publicidad, enorme, eso sí, y el precio, mayúsculo.

También tengo alguna de sus ediciones apresuradas de premios Planeta, llenas de erratas; nadie se lo reprochaba, pues muchos querían salir en el casi único editor que había en España y los premios eran tan malos que nadie se los leía: por eso no se notaban esos defectos, ya que lo que vendía en realidad eran encuadernaciones para llenar estanterías con apariencias de algo llamado cultura; después de haber visto uno de esas apresuradas impresiones, en mal y áspero papel, con poros tan grandes que podían anidar allí las moscas, y con tinta tan barata y mala que se corría al pasar el dedo pulgar por ella, por no hablar de la ausente corrección de estilo y las erratas, no volví a comprar ninguna y rehuí sus libros como la peste que eran.

Otro baldón más, que muchas veces he oído en discreteos más o menos confidenciales: muchos ingenuos escritores participaban en el cuantioso premio Planeta creyéndolo honrado, sin saber que, para evitarse pagar consejillos de lectura y tener que promocionar a autores desconocidos para poder vender más ejemplares de la "obra", el premio ya estaba dado de antemano con este procedimiento: Lara encarga a varios autores renombrados (seis o siete), una novela sobre un tema cualquiera o en género predeterminado lo suficientemente comercial (Guerra Civil, novela histórica, etc), a veces escogido por él mismo, en una cena con cada uno; y, además de asegurarles falta de competencia y que entre ellas se elegiría el premio (y dejaba que doscientos o más ingenuos creyentes en la honradez y en el trabajo literario se presentaran al mismo con esperanzas). Si el escritor no tenía acabado el trabajo a tiempo, lo encerraba en un hotel para que acabase aprisa y corriendo la obra y llegase a tiempo o bien contrataba a un "negro" de los baratitos. Luego, por un jurado señalado ad hoc, se elegía el premio (si no se imprimía ya antes de otorgarlo) y, como consolación, el resto de los novelistas a los que había invitado a comer veían publicada su novela en alguna de las colecciones del editor dos o tres años después. En un premio menor en Sevilla, una de las víctimas de este señor fue un escritor manchego, Emilio Morote Esquivel, a quien más de uno habrá visto vendiendo sus obras por la calle.

En sus ediciones de clásicos traducidos, para ahorrarse dinero, Lara utilizaba traducciones antiguas, a veces incluso del siglo XVI, sin remozo apenas muchas de ellas, para ahorrarse derechos de autor. Y las publicaba en una rústica tan deleznable y de tan ínfima calidad que terminaban desencuadernándose al mínimo uso; eso sí, baratas. A este hombre, como a su padre, le daba tan igual la calidad intelectual, cultural y material de lo que publicaba que, a veces, recurría a la transcripción de cintas magnetofónicas para hacer un libro. Este es el grandísimo editor que tantos ahora celebran: un ejemplo de la mediocridad empresarial y choricera de la España franquista. Su padre empezó el colosal y nada cultural, como digo, imperio, dedicándose a la compraventa de objetos usados a través de los periódicos de Barcelona. Devoró más y más editoriales y las sometió a sus vulgares criterios de vendedor de pollos y Nicanores tocando tambores. Hizo negocio, sí, pero no hizo cultura. Lo mismo más o menos que todos esos mediocres empresarios franquistas que echaron raíces en la mugre de la posguerra, o como ese Amancio Ortega, otro enriquecido por la ropa de usar y tirar, solo que este es un poco más listo, aunque igual de paleto, y bien emparentado con la mafia gallega de exlegionarios y demás. Y los hijos de Lara no es que hayan salido tampoco muy ilustrados, aunque alguna vez aciertan de chiripa, a pesar de esa idea que tienen heredada de su padre sobre los libros, muy parecida a la del jefe de ventas del Corte Inglés.