domingo, 8 de marzo de 2015

Dicurso antitaurómaco del ilustrado ciudarrealeño Manuel Núñez

He aquí un discurso ilustrado antitaurino (o sea, anticospedal y antipepe) escrito por un ciudarrealeño, oculto bajo el pseudónimo de El escrupuloso, que llamó la atención de Paul Guinard y he identificado con Manuel Núñez de Arenas, párroco de Cardenete (Cuenca) y primer peticionario de la creación de una sociedad económica de amigos del país en Ciudad Real, en época de Carlos III. Este monarca, el único realmente ilustrado, era contrario a la tauromaquia. Su nieto (en realidad no lo era y ni siquiera era vástago de Godoy, sino de un valenciano llamado Ruiz, según Félix Mejía, para quien era uno de los amantes que la reina María Luisa solía elegir entre los miembros de la guardia de corps), Fernando VII, por lo contrario, restablecedor de la tortura judicial, de las penas crueles e infamantes (que aplicó, por ejemplo, arrastrando por las calles en un saco a Riego antes de su ahorcamiento y descuartizamiento, habiéndole salvado la vida Riego al menos en una ocasión) y restablecedor asimismo de las hogueras del Santo Oficio, por el contrario, era un gran amante de los toros. Hasta el punto de que protegió la publicación de la Tauromaquia de Pepe-Hillo y fue el primer rey que ordenó, en Sevilla, la creación de una Escuela de Tauromaquia (decreto de mayo de 1830).

Si comparamos a este grotesco personaje (Fernando VII) con el pobre y sabio párroco Manuel Núñez de Arenas, defensor de los pobres oprimidos y denunciador de la malversación de los fondos públicos de propios y del real pósito de la villa de Cardenete, enajenados ilegalmente por parte de las familias que regentaban la jurisdicción del pueblo (Archivo Histórico Nacional, Consejos, 12002-1, exp. 16), la verdad es que los protaurinos no salen muy bien parados. Por cierto que Jerónimo López Salazar nos ha descubierto otra hazaña de este héroe manchego, por supuesto más ignorada que las felonías y asesinatos del antepasado de Felipe VI el Urgente; copio de Jerónimo López-Salazar Pérez, “Clérigos y resistencias antiseñoriales en Castilla La Nueva”, en Máximo García Fernández y M.ª de los Ángeles Sobaler Seco (coords.) Estudios en homenaje al profesor Teófanes Egido, Valladolid: Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo, 2004, I, pp.  223-244, p. 240-1 (perdón por usar citas de libros y no electrónicas de Internet al estilo Wikipedia):

No faltaron sacerdotes que intentaron limar los odios originados por la policía local. Sánchez González recoge el caso de don Antonio de Medina, párroco de Chinchón afines del XVII, elogiado por los visitadores por su dedicación a la causa de la paz entre bandos. Otros clérigos presentaron memoriales al rey o al señor, en apariencia desinteresados, contra el mal gobierno local y los excesos y violencias de los oficiales. Pueden encontrarse en cualquier época, pero parecen más jugosos los de fines del Antiguo Régimen. El párroco de Cardenete (Cuenca) acudió al Consejo en 1808 a denunciar los abusos, el yugo y el manejo de una liga, de la que en quince años no había salido la vara de la Justicia. A sus integrantes los calificó de “Ladrones con honra” y a su cabecilla de “Licurgo”. El clérigo, fecundo en calificativos, “en los bordes del sepulcro”, supo predecir el proceso de proletarización que se avecinaba, pues anunció que su villa pronto sería una población de mendigos. (AHN, Consejos, leg. 2.675, núm. 5). Cardenete por cierto, era señorío del marqués de Moya. Todavía hay por C. Real algunos que llevan el apellido Núñez de Arenas (hay un comercio de ropa que se llama así) y seguramente ignoran que tuvieron a este ilustre antecesor. Tal vez con esto se enteren.

 Y os dejo ya con la palabra de este escritor, olvidado por ser una buena persona, como tantos otros que nunca mataron a nadie. Está publicado en el Memorial Literario de Madrid, adonde envió varios artículos junto a su sobrino, el abogado Fernando Camborda, (amigo de Félix Mejía), de los que ya me he cansado de escribir en varias ocasiones.

Discurso contra la perniciosa costumbre de correr toros. Escrito por El escrupuloso en la palestra literaria del rectorial colegio cardenetense.

¿Qué importa, ignorante vulgo, menosprecies mi discurso, si siguiendo de ordinario el rumbo de tu capricho, una tradicional doctrina es la norma que te guía a aplaudir lo que puede acarrear un conocido atraso en las ciencias; las artes, la población, el comercio y la policia? Así es. Cualquiera útil proyecto suele desvanecerse por la oposición vulgar. No pueden discurrir los hombres, ni lo que es más, atender a las razones, si por el contrario los estimula una pasión vehemente aunque indiscreta. Vanos serán entonces todos los conatos. No sería capaz de persuadirlos el estilo tuliano. Hacer una verídica pintura de los perjuicios que causan a la España las fiestas de toros juzgo será suficiente para convencer a el que no quiera abusar de las luces que le suministra su entendimiento. Al asunto.
Ve el pobre labrador, no sin sentimiento consumirse una gran porción de toros en las plazas de muchas ciudades, villas y lugares de España. Precisa ilación es de este consumo indiscreto que los bueyes adquieran un subido precio. Compra mulas para cultivar sus tierras. Y, si es cierto que no labra tan bien con estas como con aquellos, según la común sentencia corroborada con la experiencia, viene con este medio a perder el Estado algunos productos más que con la labor bovina pudieran sacarse muy cómodamente. Y el infeliz labrador suele quedar en una suma indigencia, perder de un golpe lo que mucho tiempo, a costa de derramar su sudor, estuvo afanando con indecibles trabajos; si a un año en que no cogiese frutos, o por falta de agua, o por abundancia de ella, o por piedra, o por hielo, o por langosta se le sigue la desgracia de que se mueran sus mulas. He visto labradores honrados casi pedir limosna por esta causa. Evitaríase parte de estos inconvenientes si el precio de los bueyes no fuera excesivo y esto se conseguiría con suprimir del todo las fiestas de toros.
Consúmense en estas funciones muchos caballos de que usan los picadores de vara larga. ¡Se celebra mucho si un toro mata diez, veinte o treinta de estos animales! ¿No sería mucho mejor repartirlos entre los pobrecitos labradores que sostienen con su trabajo el peso de la nación, que dan de comer al caballero, al eclesiástico, al militar, al artesano, al comerciante, al pobre y al rico?
A porfía se incitan los caballeros en estas fiestas a arrojar plata y oro por las que llaman saludes o favores, porque el que juega con los toros puso diestramente una banderilla, porque clavó con tino una espada etc. Se tiene por gran descrédito no cumplir, y se expone a los silbidos de todo el concurso el que no hace aprecio o se desentiende de esta (al parecer) obligación. ¿No sería mucho mejor consignar este dinero para fondos de industria, o bien distribuirlo entre los verdaderamente necesitados e imposibilitados de trabajar?
Parece que autorizan estas fiestas (a lo menos según cree el vulgo) todo género de pullas y palabras deshonestas que no cesan en los caminos al ir y al venir. Todo se mete a bulla. ¡Que vamos a los toros, ande la gresca! De las burlas y chanzas se pasa a lo serio: se originan riñas y, a veces, muertes. Se mantienen entre los dos sexos conversaciones muy tiradas. Se arrojan las primeras chispas de amor. Se abren los ojos a las doncellitas. Ser pervierten las costumbres. Se arruinan, de un golpe, los fundamentos que a costa de mucho tiempo consiguió consolidar una buena educación. Se abre la puerta a la prostitución, a las pasiones impuras. Se... Mejor será apartar la pluma y la consideración de semejantes objetos. No exagero. A cualquiera hombre reflexivo, a primera vista se le ponen delante de su entendimiento estas consecuencias inevitables mientras subsistan las fiestas de toros, estos espectáculos más que gentílicos, indignos a la verdad de las luces de nuestro siglo.
A lo menos es una diversión (dicen los apasionados). Eso es lo que yo niego. La diversión (es claro) busca el sosiego de ánimo, busca el reposo en todos los sentidos, busca conmociones alegres (estas no perturban su reposo), aborrece las melancólicas. La diversión pide que los sentidos, que la imaginación y la fantasía, no estén en un continuo temor y sobresalto. ¿Y qué sosiego, qué natural quietud, qué descanso puede haber en el que está en semejantes funciones? Allí se ve que una fiera va llena de brutal ira corriendo tras de un hombre, tras de un individuo de la humana naturaleza, en todo semejante a nosotros. Allí se ve que falta poco para alcanzarlo. Allí se ve que suele a veces tropezar o resbalar, que persigiéndolo la bestia, al fin, se levanta con prontitud. Allí se ve que, al tiempo de ir a subir a la talanquera, suele juntarle de una testarada las vértebras con el esternón. Allí se ve que lo prende con las astas. Allí se ve que lo saca a la plaza, que jugando con él lo voltea por tres o cuatro veces en el aire. Allí se ve recurrir otros tres o cuatro hombres a libertar a su compañero. Allí se ve a el [sic] toro burlarse de todos, saciarse de carne humana. Allí se ve un hombre muerto violentamente por una fiera, todo su cuerpo lleno de heridas penetrantes, regada la plaza de sangre. Allí, finalmente, se ve a los espectadores pálidos, sobresaltados, llorosos. No se oye decir otra cosa que: “¿Lo ha muerto? Pobrecito. ¡Dios lo haya amparado!”. No se oye otra cosa que llantos, suspiros, ayes, vocería; todo es confusión, tristeza, lágrimas... ¡Ah! ¡Qué horroroso espectáculo! ¡Qué escena tan lastimosa! Vulgo impertinente: ¿es esta tu diversión, esto te complace? Si no estás despojado de los sentimientos humanos, ¿no te causa sumo dolor ver un hombre semejante a ti mismo, destituido de todo socorro, arrojar sangre por muchas heridas, ser juguete de una fiera y concluir sus días en esta lucha? ¿Es esto lo que te divierte? No puedo creerlo. Me responderás que rara vez sucede. Si, aunque te lo conceda, sabiendo tú que sucede (aunque rara vez) no podrá causarte diversión la memoria de si sucederá. Luego ¿por qué vas de veinte o treinta leguas, dejas el reposo de tu casa, faltas a tus obligaciones? ¿Por qué vas, vuelvo a decir, a ver las fiestas de toros? ¿Qué es lo que buscas? No sabrás responderme a esta pregunta.

¡Nobles españoles! Los que seáis ilustrados (con vosotros hablo), dad a vuestro augusto padre y protector, a  vuestro benéfico soberano, a el mayor de todos los monarcas, dad a el grande Carlos III todos con sinceridad las mayores gracias por haber en gran parte desterrado de España esta bárbara costumbre. ¡Ojalá que del todo se desterrase! Dije.