miércoles, 1 de abril de 2015

El ciudarrealeño Ángel Crespo, a quien tanto odian los de Ciudad Real

Celebran un homenaje a Ángel Crespo a los veinte años de su fallecimiento... en Madrid. Una pena. O no. Ángel Crespo pudo escoger su patria. Véase por ejemplo su poema “Una patria se elige”:



Mi otra patria es Italia

-la del verbo
y el amor- y en sus calles
jamás cayó en mí
una hoja muerta.



Nunca

puse la mano en una piedra
que no se calentase
ni dije una palabra
que no me iluminase por la noche.



Una patria se elige

-y una mujer. O llegan,
inevitablemente,
cuando tu soledad las ha ganado.



La otra patria de Ángel Crespo, como declara en su autobiogafía, es la Cuesta del Jaral, un paraje natural donde aprendió a comulgar con la naturaleza y con el dios Hermes, el de las cosas imprecisas. A Ángel Crespo no se le apareció la Virgen (del Prado), como al resto de los ciudarrealeños, sino el dios Hermes, con caduceo y todo. Su nostalgia de Ciudad Real es muy relativa: en su autoexilio de San Juan de Puerto Rico escribía el melancólico Ángel Crespo en la revista La Torre: “Ya no florecerán las rosas / en el prado”. Se entiende que ese prado es la plaza de El Prado, y en concreto dos tipos de rosas: la de los vientos que aparece grabada en su suelo y las de los parterres que hay en ese lugar. Su recuerdo de aquí, sin embargo, no es nada gratificante, entre otras cosas por el amargo divorcio de su primera mujer. En sus memorias, “Mis caminos convergentes”, tan raras que las copié para una biblioteca pirata de Internet a fin de que la gente pudiera disfrutarlas (también hice lo mismo con “Espacio”, de Juan Ramón Jiménez, y por las mismas razones), dice lo siguiente de Ciudad Real, entre otras cosas que no hacen al caso:




Ciudad Real era, cuando empecé a estudiar el bachillerato, un pueblo grande, destartalado de por sí y empobrecido por la guerra, la mitad de cuyos habitantes se dedicaba a perseguir a la otra mitad. Una violencia en parte pública y en parte secreta tenía a la gente enajenada por el terror y los deseos de venganza. Yo tenía trece años y fui sometido, como todos mis compañeros de estudios, a una educación política y religiosa que era fiel trasunto del fanatismo de los vencedores. Llegaron a hacernos creer que, a pesar de las desalentadoras apariencias, estábamos viviendo una época heroica que era el alba de un nuevo Renacimiento. Se nos obligaba a rezar el rosario todos los días, se comprobaba con una cartilla nuestra asistencia a misa y, de vez en cuando, teníamos que asistir a los ejercicios espirituales de los padres de la Compañía de Jesús, cuyo plato fuerte era la descripción de las penas del Infierno, consecuencia, más que de cualesquiera otros pecados, de la lujuria y de las ideas políticas contrarias al régimen.




Como es propio de los ciudarrealeños ningunear a sus mayores glorias (ya he dicho que lo que los define es el endecasílabo "si es de aquí, no va a ninguna parte")  alguien tan viajado, políglota, traductor y comopolita  como Ángel Crespo no podía por menos que recibir el honor de su desprecio. Extenderme requeriría mucho más espacio, así que lo dejo aquí.