viernes, 3 de abril de 2015

El Infierno tan temido, II



VI

DEMONIO:

¡Vaya cuernos! ¡Incluso son mejores que los míos!

CARLOS IV:

¡Qué calor hace aquí!

DEMONIO:

Y el agua es húmeda y la noche negra... Es natural: esto es el Infierno. Es verdad que cada vez hay menos sitio, pero gracias a los compadres de allá arriba podremos hacer la ampliación que necesitamos ¿por qué cree si no que hay calentamiento global?

CARLOS IV:

No sé de qué me habla ni qué hago aquí. Soy un rey cristiano y nunca hice mal a nadie.

DEMONIO:

Qué equivocado está. Aquí no solo van a parar los malvados, sino los tontos remilgados, meapilas y pusilánimes como usted.

CARLOS IV:

¿Qué me está diciendo?

DEMONIO:

Usted prefirió llevar cuernos a corona y dejó el trono de Pelayo a un hijo de puta bastardo engendrado por el guardia de corps Ruiz que terminó por ahogar la Ilustración apenas llegada a la cuna. Todos sus hijos fueron bastardos porque usted fue tan cobarde que ni siquiera se quiso operar de fimosis. En 1819 se extinguió la dinastía Borbón y empezó la bastarda de los Ruiz, que se volvió Ruiz-Puigmoltó cuando Isabel II volvió a introducir una rama bastarda al parir a Alfonso XII de uno de sus dieciséis amantes; ni siquiera el hermano de Fernando VII, Carlos M.ª Isidro, era de su sangre. ¡Qué guerras civiles más estúpidas! En una época tan trascendental para la humanidad, usted se iba de caza hasta el anochecer y dedicaba las mañanas al bricolage casero. Dejó que su mujer corrompiera a toda la Corte y entre los curas y los bandos nobiliarios se cargaran el reino. ¡Qué vergüenza! Usted detuvo el progreso de España, paralizó el liberalismo y vendió el trono de España por una pensión, algo más propio de un jubilata de los de ahora que de alguien que se llama noble. ¡Qué vergüenza! ¡Que gobernase las Españas quien ni siquiera es capaz de gobernar su casa!

CARLOS IV:

¿Y qué quería, que discutiera con M.ª Luisa? Con ese virago ni siquiera se podía plantear nada.

DEMONIO:

¿Y por ello tenía que ponerse en ridículo ante la historia, borbonazo cabrón, y dejar a un bastardo resentido como Fernando VII destruir el país? ¿Por qué no lo condenó a muerte cuando se descubrió que planeaba asesinarlo para ser califa en lugar del califa?

CARLOS IV:

¡Era mi hijo!

DEMONIO:

No lo era, y lo sabía. Que le hirieran en el pito para arreglar su uso le asustaba más que toda la turbia, miserable y ridícula historia de España.

CARLOS IV:

Yo soy un hombre sencillo. 

DEMONIO:

Un rey no puede permitirse ser sencillo

CARLOS IV:

Por eso abdiqué.

DEMONIO:

No podía abdicar sin hijos en que hacerlo. Usted lo sabía, lo sabía M.ª Luisa, lo sabía Godoy, lo sabía Mallo, lo sabía todo el Palacio Real, todo Madrid lo sabía. E incluso lo dejó por escrito el confesor de María Luisa a su muerte. Usted ha fallado en lo que único que se le pide a un rey: tener herederos. Y quiso tapar su vergüenza ante la historia. Solo por eso ya merece estar aquí.

CARLOS IV:

¡Ay, ay, ay!


VII


ALOIS HITLER:

¿Dónde está mi hijo?

DEMONIO:

¿Para qué quiere saberlo? ¿Es que está orgulloso de él? ¿Cree que tiene algún cargo aquí?

ALOIS HITLER:

Fue el caudillo de Alemania.

DEMONIO:

Lo que fue es un pobre niño al que su padre, usted, daba palizas habitualmente por cualquier razón o sinrazón. Cuando lo llevaron a que lo examinara uno de los discípulos de Freud y dijo que había que internarlo de inmediato en un sanatorio mental, usted se negó y se lo llevó: no quería que descubriesen que era un niño aporreado por su padre. Los resultados están a la vista. Es el culpable indirecto de la muerte de sesenta millones de personas.

ALOIS HITLER:

Yo no maté a nadie. Y toda la gente cree que el responsable fue él. ¿No ve lo equivocado que está?

DEMONIO:

Su sentencia ha venido de lo alto y no soy quién para refutarla. El auto motivado reconoce como delito esencial haber deformado para siempre el alma de un niño. Da igual quién fuera. Creo adivinar que la magnitud del castigo le viene por otra causa. Por medio de su libre albedrío cambió la historia: el destino de su hijo era ser un gran artista: poseía la voluntad y la pasión necesarias para haber sido un creador genial; usted lo transformó en un destructor genial. Pero no crea que es este un caso original. El Bajísimo aplicó a comienzos del siglo XIX un protocolo que tenía cuidadosamente estudiado al tentar a varios escogidos padres; muchos de sus planes se malbarataron, pero tres dieron fruto. El primero fue ese piojoso español, Francisco Franco Salgado-Araújo, padre del dictador de España; otro fue Besarión Dzhugashvili, padre de Stalin, el que mató de hambre a dos millones de ucranianos y pactó con su hijo; el tercero fue usted. Desde entonces es una de las recetas preferidas del Bajísimo: inclinar a los padres a que sean pegones y borrachos educando así a los monstruos que necesitamos, niños inteligentes que cuando crezcan apliquen el odio de su alma desbaratada a lo grande; no vea cuántos buenos resultados ha dado a lo largo de la historia esa fórmula genial; ni siquiera las religiones nos han dado tantos pecadores.

ALOIS HITLER:

En mi época era normal pegar a los niños.

DEMONIO:

En ninguna época ha sido humano pegar a quienes se ama, mucho menos si son débiles. No se debe querer por orgullo, sino por responsabilidad. ¡Pegar sin motivo! Eso no es amor; se debe castigar a los hijos corrigiéndolos; lo que ustedes hicieron fue solo inculcarles el dolor y el rencor en el alma, no el amor. En vez de corazón, les pusieron un arma.

ALOIS HITLER:

Mi padre hizo lo mismo conmigo.

DEMONIO:

Tenías la razón y los motivos para haber roto la infernal cadena del odio y no lo hiciste; te resultó más fácil fabricar un nuevo monstruo que domeñar al tuyo propio. Pues ahora despedazaremos tu alma y la usaremos para alimentar a los gusanos de la podredumbre.