miércoles, 1 de abril de 2015

La enseñanza margina a los capaces

Tres artículos recientes sobre educación que obligan a repensar las cosas. Los dos primeros son sobre el problema de la superdotación intelectual; el tercero es sobre el ensayo de una pedagogía proactiva para el futuro por parte de los jesuitas:

I

Natalia Junquera, “Ojalá no fuera tan inteligente”. Un niño gana un pleito a la Junta de Extremadura, que le negaba que fuera superdotado. La falta de medios de detección causa problemas psicológicos a estos alumnos", en El País, 1-IV-2015:

Raúl tenía cinco años cuando una profesora sugirió a su madre, María José Molino, que le hicieran una prueba para ver si era superdotado. “Me dijo que nunca se había encontrado un niño tan inteligente, pero yo no le di importancia, porque lo comparaba con su hermano, tres años mayor —luego se descubrió que también era superdotado—”, explica en su casa de Mérida. Dos años después, otra profesora le propuso lo mismo y Molino y su marido fueron a ver al director y a la tutora de su hijo en el colegio, que insistieron en hacerle un test de inteligencia. El matrimonio firmó la autorización. Era 2010. Acababa de empezar una batalla de casi cinco años contra la Junta de Extremadura, los dos últimos en los tribunales.

La OMS considera que un 2% de la población es superdotada, pero en España fallan los métodos de detección en la escuela. Muchos padres desconocen que su hijo lo es y, cuando, en algún centro especializado se lo han confirmado, la Administración suele poner trabas para que esos niños reciban educación especial, lo que puede causar graves problemas psicológicos, además de la pérdida de talento.

Molino muestra los resultados del primer test que le hizo el equipo de Orientación de la Junta. Es un folio con 17 líneas que afirma que Raúl tiene mucha memoria y un cociente intelectual de 124, pero que no es superdotado (a partir de 130). Con la otra mano, esta madre sostiene el informe elaborado poco después por un centro especializado de Valladolid: 100 folios que concluyen que sí es superdotado, que en algunas materias tiene la edad mental de un niño de 14 años y en otras incluso de 16, por lo que sugieren adelantarle al menos un curso. “Nosotros no sabíamos nada de esto. Fuimos a este centro porque en el propio colegio de mi hijo nos dijeron que los del equipo de orientación se habían quitado al niño de encima y que en Valladolid lo evaluarían mejor. Nos gastamos unos 1.500 euros entre la estancia y el informe, que costó 800”, recuerda Molino.

Pese al desembolso, estos padres volvieron a casa ilusionados. “Pero nos encontramos con un muro de burocracia. No aceptaban el informe de Valladolid, así que los orientadores de la Junta debían hacerle una nueva prueba de contraste. Tardaron cuatro meses en examinar al niño”. Mientras, Raúl había empezado a aburrirse mucho en clase. “La profesora le dijo que se llevara libros para leer. Y es lo que hacía”, explica su madre. Finalmente, los orientadores de la Junta les dijeron que el niño tenía un “rendimiento excepcional” en Lengua y Matemáticas y sugirieron subir de curso a Raúl en ambas asignaturas. “Pero terminó el curso y el director del colegio me dijo que le habían prohibido que esas calificaciones figuraran en su expediente académico”. La Administración extremeña obligó a Raúl, un niño superdotado, a repetir el año siguiente las dos materias del curso superior, pese a que en ambas había sacado sobresaliente.

“El niño empezó a estar muy mal. Tenía pesadillas, ataques de asma. Le salían ronchones por el cuerpo y me decía cosas como: ‘Mamá, odio mi vida y odio el colegio”, recuerda Molino. “Le llevé al pediatra, que me derivó a un psicólogo que ratificó que es superdotado y me dijo que tenía ansiedad. Le enviamos este nuevo informe a la consejería. Caso omiso. Raúl le escribió una carta a la consejera diciendo que él había cumplido con todo lo que le han pedido, que no le hicieran repetir curso. Pero insistieron en que no era superdotado. Y entonces decidimos denunciar”. Es febrero de 2013. Raúl tiene 10 años.

En junio de 2014, un juzgado de Badajoz da la razón a la familia tras encargar a una perito especializada, Carmen Sanz, que examine los informes de la Junta y que evalúe ella misma al niño de nuevo. Su dictamen es demoledor. Sanz comprueba que la Junta no ha hecho bien las pruebas: están “incompletas” y han sumado mal las puntuaciones en cuatro de ellas. Raúl, de 11 años, tiene un cociente intelectual superior a 135 y la edad mental de un niño de 14. “Es superdotado”, concluye, por lo que conviene adelantarle de curso “lo antes posible”. No haberlo hecho antes, añade la perito, “ha supuesto un retraso importante en su desarrollo educativo y ha tenido un efecto negativo en su desarrollo emocional que está afectando de forma grave a su bienestar psicológico”.

Con ese informe en la mano, el 20 de junio de 2014, el juez ordena que en septiembre Raúl empiece en un curso superior al que le correspondería por edad y que un profesor de apoyo le prepare para el cambio. Los padres creen que ha terminado el calvario, pero la Junta recurre la sentencia. El 30 de julio, el juzgado desestima su recurso y ordena ejecutarla, pero el Gobierno extremeño vuelve a recurrir, ahora ante Tribunal Superior de Justicia de Extremadura (TSJE), advirtiendo que el niño “puede no ser bien tratado por sus nuevos compañeros, mayores que él”. En su recurso, la Junta solicita que el tribunal admita, al menos, que no se dé al niño ese profesor de apoyo, un “exceso innecesario”. Finalmente, el pasado 27 de enero, el TSJE ratifica la sentencia e impone a la Administración el pago de costas. Hace casi cinco años que a Raúl le reconocieron que era superdotado en un centro de Valladolid. “Cinco años perdidos”, lamenta su madre.

Los padres de Raúl calculan que han invertido unos 30.000 euros en esta batalla. “Creo que todo ha sido porque no tienen medios, profesores de apoyo... Lo que más me ha dolido ha sido la insensibilidad de la Junta, pleiteando contra un niño solo por no reconocer que se equivocaron. ¿Con cuántos niños más se habrán equivocado? Ojalá el mío sea el último”, afirma Molino. “La Administración se aprovecha de tu ignorancia, porque lo normal es que no sepas de esto, y de tu miedo, porque tu hijo está en sus manos seis horas al día. De haber sabido la que se nos venía encima hace cinco años quizá lo hubiera dejado pasar. Lo hemos pasado muy mal. Raúl me decía: ‘Ojalá no fuera tan inteligente’. Él pensaba que lo estaban castigando por eso”.

Molino y su marido han dedicado estos cinco años a leer sobre el tema y a contactar con otros padres en la misma situación, para asesorarse. Así dieron con Isidro Padrón, presidente de la Fundación de Ayuda a los Niños Superdotados de Canarias, una institución entre el colectivo porque con tres hijos superdotados acumuló nueve sentencias contra el Gobierno canario. Padrón empezó a pleitear en 1994. Está especialmente orgulloso de la sentencia de noviembre de 2012 del Tribunal Supremo que establece que los informes privados “sí pueden servir para colaborar en la detección de los alumnos con altas capacidades y en las medidas más convenientes a adaptar”.

Raúl ahora es feliz en un curso superior al que le correspondería por edad. Han desaparecido las pesadillas y los ronchones, pero el proceso no ha sido fácil. “Una madre me dijo: ‘¿Tu hijo es superdotado? ¡Qué miedo!’. Y otra prohibió a su hijo que siguiera viendo al mío. Fue él mismo quien se lo dijo a Raúl”, lamenta Molino.

El niño entra en el salón e interrumpe la conversación sin reparar en la montaña de informes y sentencias sobre él que han quedado encima de la mesa. Está impaciente porque es el cumpleaños de uno de los amigos del curso que ha dejado atrás y quiere que sus padres le lleven cuanto antes. “Es un superdotado, pero sigue siendo un niño”, explica su madre. Un chaval de 12 años que ha ganado un largo pleito a la Administración.

II

Natalia Junquera, "Las comunidades usan distintos métodos para medir la inteligencia. Una perito cifra en 160.000 los casos ocultos. Muchas niñas fingen para ser aceptadas", El País, 1-IV-2015:

Un superdotado tiene un cociente intelectual a partir de 130 —desde 120 se considera que una persona posee “altas capacidades” y 100 es lo normal—. La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que un 2% de la población es superdotada. En España, el Informe 2014 sobre el Estado del Sistema Educativo, elaborado por el Ministerio de Educación, cifraba en 12.490 los alumnos con “altas capacidades” sobre un total ocho millones de estudiantes en el curso 2012-2013. La perito Carmen Sanz, presidenta del gabinete psicológico y la fundación El Mundo del Superdotado, que evalúa y ofrece terapia a este colectivo, asegura que “hay más de 160.000 niños superdotados que no han sido detectados” y que no reciben, por tanto, la educación específica que prevé la ley. “Si hablamos de alta capacidad son aún muchos más, en torno al 10% sin detectar”, lamenta.

“El principal problema es que la ley estatal no define qué es un niño de altas capacidades y cada comunidad autónoma ha puesto su propio criterio y metodología. Un alumno puede ser superdotado en Andalucía, pero no en Madrid”. La estadística apoya su teoría: Andalucía (8,38 millones de habitantes) suma 3.957 alumnos de alta capacidad; en Cataluña (con una población de 7,4 millones) son 233, según las cifras ministeriales.

“Fallan los sistemas de detección porque suele confundirse superdotación con alto rendimiento, con sacar sobresaliente en todo. Y es ridículo, porque un niño superdotado suele estar desmotivado y aburrido. Lo más probable es que termine engrosando las estadísticas de fracaso escolar, porque, como no les identifican a tiempo, se acostumbran a no esforzarse, y cuando llegan a la ESO suspenden pues no han aprendido a estudiar”, dice Sanz.

A juicio de esta experta, que evalúa a más de 200 superdotados al año, falla también la atención una vez que han sido descubiertos. “Los equipos de orientación de las consejerías tardan en ponerse en marcha. En general, hay pocos recursos y los que hay se destinan a los otros alumnos con necesidades educativas especiales, los que están por debajo de la media. Es muy difícil que suban de curso a los superdotados, pese a que es la mejor medida. Algunas comunidades, como Madrid, tienen clases especiales los sábados. Está bien, pero es insuficiente. Otras no hacen nada”.

Madrid cuenta en estos momentos con 1.200 alumnos de entre 6 y 17 años que acuden a esas clases “de enriquecimiento educativo”. José Carlos Gibaja, de la dirección general de Infantil y Primaria de la Consejería de Educación, explica que esta comunidad realiza pruebas individuales cuando profesores o padres sospechan que un niño puede ser superdotado. No se hacen test generalizados o cribados para apreciar las altas capacidades. “Cuando hemos hecho alguna prueba piloto de este tipo en un colegio, nos ha salido casi un 3,5% de niños con altas capacidades. No cabe duda de que muchos superdotados pasan desapercibidos, no son detectados y acaban en fracaso escolar. Lo ideal es detectarlos cuanto antes y no descartamos adoptar métodos de cribado en el futuro”, apostilla.

En cualquier caso, si esas pruebas se generalizaran ahora no habría recursos para atender a todos los superdotados que se constatarían. “No hay medios para dar una respuesta inmediata a esos niños. Es un tema relativamente reciente y queda mucho por hacer, sobre todo en la formación del profesorado y en la respuesta educativa que se da a estos alumnos”, admite Gibaja.

Diego Rodríguez, presidente de la Confederación Española de Altas Capacidades Intelectuales, se queja de que “cuando un niño muestra un talento deportivo, rápidamente todo se pone en marcha: hay escuelas especiales, centros de alto rendimiento...”. Pero cuando se trata de inteligencia, “es todo lo contrario. Se camufla, porque no hay medios”.

Carmen Sanz, que también es superdotada, cree que efectuar pruebas generalizadas resultaría muy ventajoso no solo para los alumnos, sino también para que el Gobierno elevara su reputación: “Mejoraríamos en la estadística de alumnos excelentes y reduciríamos la de fracaso escolar”. Pero, sobre todo, advierte de las consecuencias de no descubrir a tiempo a esos niños. “No se adaptan porque su edad mental es superior. Muchos sufren acoso escolar, tienen baja autoestima, problemas de ansiedad, caen en depresiones. He atendido a niños medicados por hiperactividad que en realidad no eran hiperactivos, sino superdotados aburridos. E incluso a algún predelincuente, de centros de menores”.

“La inteligencia puede ser una maldición”, sostiene. Así tituló, de hecho, un libro (La maldición de la inteligencia, Editorial Plataforma Actual) en el que recoge toda esta problemática y su experiencia con niños y adultos superdotados con problemas psicológicos. La obra está dedicada a ellos. A Juan, “que está todos los días en una esquina del patio y se siente muy infeliz”; a Luis, “al que ya han expulsado de tres colegios por rebelde y cuyos padres están desesperados”; a Isabel, “que se gana la vida en un supermercado”; a Rosana, “que se hace la tonta para caer bien a los chicos...”.

Este último caso resulta muy común y también aflora en la estadística del ministerio. Según sus datos, el 66,4% de los identificados como alumnos de altas capacidades son varones, frente al 33,6% de mujeres. “Ellas tienden a disimular su inteligencia para ser aceptadas, sobre todo en la adolescencia”, enfatiza Sanz.

Lo reconoce Marina, superdotada, de 20 años. “Sí, me hacía la tonta en el colegio. Aún lo hago a veces. Te aceptan mejor, aunque llega un momento que ya no finges; te lo acabas creyendo”, mantiene. No sufrió acoso escolar, pero recuerda que sus compañeras “tenían un muñeco al que pegaban” y al que habían puesto su nombre. Marina ha estado en tratamiento por depresión, porque después de sacar siempre buenas notas empezó a suspender en la Universidad, donde estudia una ingeniería. Tampoco ella fue detectada a tiempo. “Todos los días pienso si no sería mejor ser menos inteligente. Todos”.


III

Patricia Gonsálvez, "Los jesuitas revolucionan el aula. Trabajo por proyectos, flexibilidad y aprendizaje autónomo en vez de exámenes, libros y clases magistrales. Tres colegios de la orden inician un cambio radical", en El País29-III-2015:

Una raya en el pasillo separa el viejo suelo gris del nuevo suelo amarillo en el colegio Claver de los jesuitas en Raimat (Lleida). Los niños saltan de un lado a otro. “¡Siglo XX!”, gritan cuando pisan el terrazo gris; “¡siglo XXI!”, cuando caen en el lado amarillo. A uno y otro lado de esa raya conviven desde septiembre dos modelos pedagógicos muy distintos. En el lado gris siguen con sus lecciones de toda la vida. En el lado amarillo los niños trabajan por proyectos y en grupos. A un lado hay asignaturas, exámenes y un timbre que marca las horas. Al otro, el trabajo es interdisciplinar, los horarios son flexibles, la evaluación es continua y las ciencias se aprenden haciendo un trabajo sobre reciclaje. Siglo XX, siglo XXI.

“El alumno es el centro del nuevo modelo”, explica Minerva Porcel, directora pedagógica del cambio en el Claver, paseando entre las mesas de colores. “Los niños aprenden haciendo, son más autónomos, el trabajo es colaborativo, los profesores hacen preguntas, no dan las respuestas…”.

El Claver es uno de los tres centros concertados (unos 300 euros con comedor) donde los jesuitas de Cataluña están implantando el proyecto Horizonte 2020. De momento, solo en tres cursos: primero de infantil (tres años), quinto de primaria (nueve), y primero de la ESO (12). El plan es que en 2020 funcione en los ocho colegios catalanes de la orden, que suman 13.000 alumnos.

En quinto, la mañana arranca con el “inicio del día”, 15 minutos para plantear los objetivos de la jornada y charlar. Aquí se habla sobre Charlie Hebdo o Siria. Hoy toca la Cuaresma, esto es un colegio religioso y en todas las clases hay una cruz. Pero la evangelización siglo XXI no es catequesis: los niños comparten sus buenos propósitos y los profesores leen unas notas de agradecimiento anónimo (“A Marina, porque me hace caso en el patio cuando me ve sola”). Luego se desean un buen día y cada grupo se pone a lo suyo.

Aunque se hayan visitado antes colegios alternativos, lo llamativo del Claver es que está mutando. Pasillo con pasillo, se puede ver un cole de toda la vida y uno distinto. En el lado gris hay pupitres (el del maestro, al frente), pizarras y puertas con ventanucos que permanecen cerradas. Niños en silencio que miran al frente. Las aulas de los pasillos amarillos, sin embargo, son transparentes, con enormes ventanales y las puertas siempre abiertas. Hay gradas y las mesas tienen ruedas para poder agruparse. Los niños hablan y se mueven con libertad. Bajo enormes lámparas tubulares hay zonas comunes con sofás, pufs, o un jardín vertical que están construyendo ellos mismos. En el aula de los pequeños hay un anfiteatro pistacho que en uno de sus extremos se convierte en tobogán. Visualmente, los jesuitas han hecho con estas aulas lo que Google hizo con sus oficinas.

El proyecto también ha redecorado la cabeza de 261 alumnos y 14 profesores voluntarios, porque, como en Silicon Valley, el gran cambio es la forma de trabajar. “Ahora mola más venir al cole”, sentencian Bernat, Enric y Albert, de 13 años, mientras diseccionan un corazón de vaca. “Los profesores te explican un poco, pero somos nosotros los que tenemos que observar, investigar, ir probando…”, dicen introduciendo distraídamente dedos enguantados por la vena cava.

Es lo que la pedagogía llama “aprendizaje por descubrimiento guiado”. “No es que no haya un control, sino que los niños son menos conscientes de él, y más activos, igual que no es que no haya libros, es que no solo hay libros... El mundo es el aula”, explica Minerva Porcel, que pasó tres semanas en Finlandia estudiando su sistema educativo, considerado uno de los mejores del mundo. “Este proyecto bebe de muchas fuentes”, explica. “De las inteligencias múltiples de Gardner a la educación nórdica”.

Aunque hay clases específicas —de matemáticas o alemán—, el grueso del día fluye sin una pauta marcada por lecciones y los chavales se organizan a su propio ritmo. El ambiente bulle, sí, pero hay una evidente concentración. Los niños no deambulan, se mueven con  propósito. Se les ve motivados, y a sus profesores también. Nadie parece aburrirse.

“Es más divertido y aprendes igual”, dice María Solá, de 13 años. “A lo mejor no igual de rápido, pero se te queda más”. Los proyectos duran tres semanas y se trabajan en grupos de cuatro o cinco. “Si trabajas individualmente, solo tienes una idea”, explica Sergio Arazo, de 13 años. “En grupo se te ocurren más y puedes elegir la mejor”.

“Antes tenías una asignatura que duraba una hora, y luego otra, pero en los proyectos tocas dos o tres materias a la vez”, dice Sergio. Las civilizaciones antiguas se aprenden haciendo el trabajo Be water, Nefertiti, que también cubre el ciclo del agua de Naturales; el proyecto Raperos y reporteros, cuyo objetivo final es grabar un videoclip de hip hop con denuncia social, explica los recursos retóricos de Lengua, ejercita la traducción de Inglés y ameniza el aprendizaje de Música. El colegio traduce estos contenidos en materias para que los apruebe la Generalitat, que ya ha realizado varias inspecciones este año.

Finlandia, hacia el fin de las asignaturas

En educación, todo lo que hace Finlandia, que lleva años liderando el informe de evaluación PISA, se mira con lupa. Maestros de todo el mundo peregrinan para ver cada innovación que tiene lugar en sus aulas. Por ello, cuando el periódico británico The Independent tituló la semana pasada “Finlandia elimina las asignaturas”, el Consejo de Educación finés se vio obligado a publicar una aclaración sobre la reforma educativa que acometerá en 2016. Las asignaturas no van a ser abolidas del todo el próximo curso, matizaba la institución, pero el nuevo currículo fomentará y obligará a introducir largos proyectos interdisciplinares que se llevarán a cabo en clases colaborativas en las que los niños trabajarán en grupos y habrá varios profesores de distintas materias simultáneamente en el aula. Lo cual no se parece en nada a cómo se dan las asignaturas de toda la vida.

El horario que ocupen estos proyectos respecto a las asignaturas tradicionales, es decir, la radicalidad o moderación del cambio, dependerá de cada colegio ya que el sistema está fuertemente descentralizado.

“Que no cunda el pánico: los colegios finlandeses seguirán enseñando matemáticas, historia, arte y música”, escribió tras el revuelo el profesor de Harvard finés Pasi Sahlberg en la web The Conversation. “Pero los niños [de 7 a 16 años] también aprenderán a través de temáticas más amplias, como la Unión Europea o el cambio climático, que aportarán módulos interdisciplinares de idiomas, geografía, ciencias o economía”. “La integración de materias y el enfoque holístico del aprendizaje no son nuevos en Finlandia”, continuaba el experto que recuerda que este enfoque forma parte de la cultura educativa finesa desde los ochenta. 

La reforma de 2016 también da más voz a los niños, a quienes se involucra en la planificación y evaluación de sus propios proyectos. 

“Tenemos que ayudar a los niños a comprender y analizar su propio proceso de aprendizaje y a ser cada vez más y más responsables de él”, explica en la web del Consejo de Educación, Irmeli Halinen, directora del desarrollo curricular nacional.

La reforma también pretende reforzar el aspecto lúdico en el ciclo de educación infantil. 

El otro gran cambio es que las dos clases de 30 alumnos se han fundido en una de 60 que cuenta con tres tutores multidisciplinares (científico, lingüista, humanista) que están al mismo tiempo en la misma clase. “Para nosotros el día a día ha cambiado totalmente, antes dabas clase encerrado y ahora nuestro trabajo en equipo es un ejemplo para los niños”, dice Xavier Solé, que pasó un trimestre formándose a tiempo completo para la nueva etapa. “Coger el libro, leerlo y comentarlo, lo puedo hacer ahora y dentro de 20 años... Siempre había intentado probar cosas nuevas, pero no era fácil llevarlas a cabo. Ahora me siento apoyado”. “El trabajo es mucho más creativo”, asiente Magda Ballesta, coordinadora de Infantil. “Sí, implica más esfuerzo. Es más fácil ponerles a rellenar fichas, y a veces lo hacemos, pero como maestra lo que me gusta es crear actividades propias”.

“Hay otros colegios con proyectos innovadores, pero esto son los jesuitas, la significación es distinta”, opina el catedrático de Sociología Mariano Fernández Enguita. “Hace siglos fueron ellos los que implantaron los patrones de lo que ahora consideramos el aula tradicional: no son cualquier cosa”. “Ahí reside precisamente la bomba: una orden religiosa viene a agitar las aguas estancadas del sistema educativo español y a dar sopas con honda a la escuela pública”, escribía el experto en su blog. “La escuela convencional ha de evolucionar, porque está basada en un mundo que ya no existe”, continúa por teléfono. “Ellos se están adaptando”. A Enguita le gustaría ver una evolución parecida en la pública. “Pero hace falta una dirección fuerte para llevarla a cabo, porque no todos los profesores van a estar de acuerdo”, opina.

“Yo, si fuera padre, sacaría a mi hijo”, sentencia Felipe de Vicente, presidente de Asociación Nacional de Catedráticos de Instituto. “Estos inventos buscan que los niños estén entretenidos... Y a la escuela se va a aprender”. “La clase magistral no es mala, yo lo he aprendido todo así y tengo dos oposiciones”, continúa. “A Cervantes hay que explicarlo, y del Teorema de Euclides no se puede hacer un rap”. Llevar estas innovaciones a la educación pública le parece inútil e imposible: “Esto solo se puede hacer con un alumnado de clase media”.

No hay que irse tan lejos para encontrar otras voces críticas. “Habéis venido a ver a los de los coloritos, ¿no?”, preguntan con retintín los chavales de los pasillos grises a los periodistas. “Sus aulas son más chulas, pero yo prefiero el sistema de siempre”, dice uno de ellos. “¿Qué es eso de no hacer exámenes? Seguro que no aprenden nada”. “Están un poco mimados con sus sofás, sus mesas con ruedas… ¡Y se llevan a los mejores profesores!”, exclama otra. “En realidad tienen un poco de envidia porque no les ha tocado este privilegio”, responde Sergio Arazo, que, como sus compañeros del nuevo sistema, no quiere volver ni atado a lo de antes.

Los jesuitas llevan años preparando este cambio. Un proceso en el que han participado profesores, alumnos y familias, que contribuyeron con 56.000 ideas sobre la escuela que querían. “A los profesores no hizo falta convencerles porque ya era un grupo que quería un cambio, que veía alumnos desmotivados, resultados que no mejoraban… Con los padres hizo falta mucha transparencia”, explica la directora. “Al principio no lo entiendes del todo, hay que verlo”, dice Daniel Ponté, padre de una niña de quinto. ¿Trabaja menos su hija por pasarlo mejor? “Ahora tiene menos deberes, pero cuando falta un día, tiene que recuperar un montón”, responde. “Así que en clase deben de trabajar mucho”.

Atardece sobre los viñedos de Raimat que rodean el colegio y toca hacer el “final del día”. Quince minutos de reflexión compartida sobre lo aprendido. Los niños se autoevaluan del 1 al 4. Suena una música tranquila mientras piensan un minuto en silencio y luego abandonan el aula de colores sin necesidad de que suene un timbre.

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