viernes, 15 de mayo de 2015

Abortos

Me paso el tiempo abortando ideas, deseos, poemas. Hace un par de noches me desperté a las cinco de la mañana con los cuatro primeros versos de un soneto en la cabeza, y estuve cinco minutos dudando si levantarme y copiarlo o seguir durmiendo y que se me olvidara para siempre. Lo que hice fue levantarme... pero me puse a hacer otras cosas, no lo copié y terminé olvidándolo igualmente.

Era un cuarteto precioso, dictado por uno de esos ángeles que de repente se aburren y utilizan la materia prima de tus sueños para esculpir alguna travesura lírica. Pero los propietarios de esa materia nos permitimos el lujo de asfixiar ese genuino quid divinum en la cuna. Y está mal.

Siempre estuve contra la inhumanidad del aborto, salvo en los supuestos en que es tan lícito como terrible. También lo estoy en asfixiar la creatividad. Es lo único que nos distingue de otros seres vivos. La capacidad de variar la partitura de la vida, de crear variantes inimaginables, porque se hallan más allá de los límites de la imaginación. Pero los matamos. La tinta blanca sobre la que escribimos está llena del polvo de esos cadáveres. Y, si escribo este blog, es solo para salvar parte de esos fetos generados por mi alma, si es que la tengo.

Durante estos días pasados he ido releyendo algunos de los cuatro mil textos de mi blog para clasificarlos por temas en la columna lateral, quizá con la esperanza de que puedan ser utilizados por alguien: textos propios y textos de otros que tienen algo de propio. Pero muchos parecen escritos por otro, o reflejan aspectos de mí mismo a los que ahora considero difícil llegar o que aparecen desmarcados por el cambio de los tiempos; por ejemplo, un soneto contra la Iglesia tal como era antes del papa Francisco. Veo en ellos alguien a veces mejor: menos deteriorado, con más ilusiones o menos desilusiones. Rasgos de ingenio, de dolor y de testarudez; trazos del arte de la palabra, de investigación, de reseña paciente, de solidaridad. Son la expresión de una voluntad terrible y fracasada por intentar entenderlo todo y hacer algo para que todo vaya mejor.  Lo ha dicho con su característica precisión Caballero Bonald en Desaprendizajes: "¿Lograrás alguna vez lo más complejo: la concordancia entre lo insuficiente y lo absoluto?" Me espanta cuánto he volcado y tallado mi palabra. Y algo peor: cuánto la he destruido.