jueves, 6 de agosto de 2015

Jorge Bustos, Viaje a La Mancha en 2015.

Jorge Bustos "En el camino de Don Quijote 400 años después", en El Mundo, 3 a 6 de agosto de 2015:

EN EL CAMINO DE DON QUIJOTE, 400 AÑOS DESPUÉS 

I

Honda es Castilla

Propósito: recorrer el escenario del Quijote cuatro siglos después de que se publicara su segunda parte. Modelo: Azorín, que lo hizo hace 100 años. Instrumental: maleta, cuaderno y cámara. Duración: siete días. Entregas: nueve. Resultado: acompáñeme y juzgue vuecencia

Ancha es Castilla, pero sobre todo es honda. Sobre la estepa rubia, interrumpida por una geometría verde de viñedos y olivares, planea un cielo infinito: el cobalto prometedor de todos los veranos. Arriba la estela de un avión se desmigaja en grumos parecidos a cabezas de coliflor, y entre penachos de gasa las nubes más cuajadas toman una cualidad tridimensional, como si condujésemos el coche bajo un fresco abovedado de Luca Giordano. Nada, salvo el fluir de las rayas discontinuas, ocurre entre el techo y el suelo de La Mancha. Hasta los molinillos iberdrolos, pese a su chillona modernidad, necesitan del viento para mostrar vida, movimiento, historia en marcha; pero comparecen tan quietos como todo lo demás: si el Espíritu sopla donde quiere, en Castilla y en verano desde luego no ha querido.

En un paisaje así sucede que el tiempo se represa -porque el tiempo, como saben los novelistas, no se percibe sin su huella en el espacio-, toma cuerpo, se adensa y gravita hasta abrir una brecha magnética por la que se precipitan todas las angustias coyunturales del viajero. La Mancha engorda la conciencia de quien la recorre, ahondándola, de modo que este empieza dejar un surco invisible a su paso: es un peso nuevo con el que carga, el peso del tiempo castellano, que a veces puede hacerse tan plomizo que obligue al viajero a detenerse del todo, aunque no quiera. Pero a detenerse en un siglo anterior. A esta sensación quizá se refería Unamuno cuando acuñó el concepto de intrahistoria.

Este viajero se propone parar a finales del siglo XVI y principios del XVII, en concreto. Por ahí andaré. Marcará mi camino un empeño quijotesco: seguir los pasos del ingenioso hidalgo en su doliente andadura castellana, entre la ruta que reformuló Azorín y el itinerario turístico que astutamente propone la Junta de Castilla-La Mancha. A Azorín lo ficha El Imparcial y al poco tiempo su director, Ortega Munilla -padre del filósofo-, lo manda a recorrer pluma en mano los escenarios de la novela de cuya publicación se cumplían entonces 300 años. La España de Azorín no había cambiado demasiado respecto de la de Cervantes, de modo que Ortega le dio ánimos, instrucciones y un revólver pequeñito: "Va usted a viajar solo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene ese chisme por lo que pueda tronar".

Ahora EL MUNDO lo manda a uno -que cuenta los mismos 32 años que contaba Azorín cuando se puso en ruta- a repetir la aventura cuando se cumplen cuatro siglos de la publicación de la segunda parte del Quijote. Pero a uno, que evidentemente no es Azorín, nadie le ha dado un revólver, ni pequeño ni grande, sino una cámara de media tonelada que más que intimidar a posibles asaltantes sospecho que los atrae como la luz a la polilla. Yo la balanceo en todo caso con fiera expresión, decidido a probar que el impacto de un teleobjetivo sobre el cráneo puede ser tan doloroso como el de una botella de vodka. Pero no creo que haga falta, porque he comprobado que por las aldeas que fatigó la triste figura del héroe no merodean turbas de yangüeses ni cuerdas de galeotes, sino enjambres de japoneses con cámaras mejores que la mía, y las ventas en que el ilustre loco veló sus armas o se repuso de un mojicón hoy ofrecen wifi gratis.

Puerto Lápice

"Siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero"Paisaje de Puerto Lápice.
Esta road movie cervantina ha de arrancar en Puerto Lápice, "donde no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero", escribe don Miguel. En efecto, este municipio de Ciudad Real está a una hora y cuarto de Madrid por autopista y emboca el camino hacia Andalucía desde que acampaban las legiones. Su negocio siempre fue el hospedaje, y sus ventas tenían toda la buena fama que podía tener un establecimiento de este jaez, frecuentado por borrachos pendencieros y "mujeres del partido" como las que el buen Quijano confundió con damas de corte para que testificaran en la ceremonia ridícula en que es armado caballero.

Nuestro apaleado hidalgo llega a Puerto Lápice el día después de ser batido por aspas de molino y no brazos de gigante. Cervantes le busca alojamiento en una venta como esta en que nos sentamos a almorzar, y que publicita con orgullo este hecho ficticio. Fue levantada en el siglo XVIII y remozada hace bien poco, lo que deja una fusión encantadora de evocación y confort, donde el ornato compuesto de aperos de labranza y un carromato desvencijado convive con aspersores de agua vaporizada que refrescan al comensal como en las terrazas más chic del Barrio de Salamanca. Tan encantador es el lugar que de la nada surge súbitamente una floración de japoneses perfectamente militarizados; en cuestión de segundos han fotografiado cada rincón, comprado los souvenirs más característicos y ocupado toda una ringlera de mesas dispuestas para el almuerzo. Un don Quijote de metal con los brazos abiertos preside el patio, pero los japos curiosamente no lo eligen para sus selfies, sino que se fotografían junto a unos cántaros con plantas que están en la otra esquina. De esa preferencia por lo decorativo y floral frente a lo animado y humano podemos colegir todo un paradigma de cultura. A diferencia de los caucásicos, los japoneses no diferencian entre sexos a la hora de ir al baño en grupo: van juntos tanto ellas como ellos, sin que falte un alto en el camino de ida o de vuelta para acumular un par de prescindibles fotillos de añadidura. Así es como se van llenando las redes sociales de porquería.

Pese a que la horda de nipones gregarios haya arruinado mi viaje temporal, decido quedarme y pido la carta. En el comedor porticado hay además un par de matrimonios con niños, un señor canoso con pinta de catedrático de Románicas y una pareja de la Guardia Civil. Elijo duelos y quebrantos, media botella de Valdepeñas y pan candeal. Este plato tan sonoro, que Cervantes asigna al menú sabatino de su criatura, consiste en un revuelto de chorizo y panceta que quebranta definitivamente mis voluntariosas horas de gimnasio y hace duelo por el cuidado de toda línea abdominal; pero el trabajo es lo primero, y mi deber es identificarme en lo posible con los modos del siglo XVII. Una época extrema en que la esperanza de vida no llegaba a los cuarenta y la mayoría social era analfabeta, pero en la que quien sabía leer componía sonetos hablando. Salgo de la venta no armado del todo caballero, pero al menos con las botas puestas.

Mientras me alejo de aquel lugar literalmente mítico, fundado por la imaginación aunque dedicado al vientre, medito sobre el controvertido asunto de la mercantilización cultural. Pero no soy tan esnob como para deplorar que nadie lea el Quijote y en cambio su territorio imante recuas de ágrafos turistas; más bien me pregunto cuántos libros se están publicando en nuestros días capaces de convocar a la escena de sus argumentos, dentro de cuatro siglos, a una veintena de japoneses -seguida de una docena de colombianos- un miércoles cualquiera de junio. Quién está escribiendo esa novela ahora mismo, decidme quién. O al menos un libro que dure 10 años, como pedía el crítico Connolly. Y para los que sí hemos leído el Quijote -no como un deber ominoso, no como una escarapela de erudición, sino como un alucinógeno de cuyos efectos hemos oído maravillas que no confirmamos hasta que lo probamos-, queda el respeto casi sacral que sentimos reparando en que por aquí pasó no don Quijote sino Miguel de Cervantes. El soldado y el recaudador que en esta tierra durmió y fabuló; el miserable resignado a la renta post mortem y el genio ambicioso que del desierto menos sugerente del mundo supo extraer el oasis más inagotable de la literatura universal.

JOSÉ AYMÁ

Todo es cervantino

Todo es cervantino en Puerto Lápice, y a Cervantes debe este pueblo su oficio y su beneficio. Y su acabado aspecto, que financian los turistas en goteo constante. Aquí hay una estatua de don Quijote a la puerta de una carnicería, literalmente. Es el tótem de España, del idioma español y del género de la novela; pero es también el ídolo propiciatorio local que llena las arcas de la tribu. La venta tenía un caballero a la puerta, otro en el patio, dos más de buen tamaño en el museo anejo -que guarda ediciones delicadamente ilustradas del libro- y seguramente me dejo alguna estatua más. No lo he mirado, pero juraría que de los retrovisores de los bugas chonis aquí no cuelgan Elvis sino Dulcineas.

Una primorosa plaza porticada de dos alturas, pintada en un burdeos que llaman almagre, señaliza el centro de la vida municipal hoy como cuando ejercía de corral de comedias. De hecho recuerda mucho al de Almagro, si no fuera porque el de Almagro está cerrado a la calle y este se integra en la plaza sin solución de continuidad arquitectónica. En uno de los bares de la plaza dos parroquianos de tez requemada por el sol comentan atónitos las imágenes de una riada que da el noticiero. El asombro no se debe tanto a los destrozos causados como a la propia visión del agua; el agua, en el corazón desecado de La Mancha, es tan escandalosa como una sesión de tuppersex en el convento de las trinitarias donde reposa el genio inmortal, según nos tiene jurado Ana Botella.

La canícula manchega es algo sobre lo que no cabe hacer bromas. Solo buscar refugio y esperar, como en el Londres de 1940. A las 15.30 no hay un alma por la calle, no pasa un coche y únicamente los gorriones se atreven a romper con su inconsciente gorjeo este silencio mineral que solidifica el instante. Miro el móvil: ni siquiera hay 3G.

Salgo de Puerto Lápice con el calor rielando en el capó como si lo fuera fundir, y enfilo la carretera que me llevará a Alcázar de San Juan. Un último vistazo al rótulo de la calle en que tenía aparcado el coche me informa de su nombre: Cervantes. Cómo no.

II

Jorge Bustos, "Alcázar de San Juan", en El Mundo, 4-VIII-2015:

"Yo soy hijodalgo de solar conocido, y podría ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi parentela que me hallase quinto o sexto nieto del rey"

Me recibe Alcázar de San Juan con las campanas de la iglesia de Santa Quiteria tañendo de pura curiosidad: quieren comprobar que no se han derretido. Santa Quiteria es una iglesia barroca ma non troppo, de ese primer barroco que se llamó clasicista (en La Mancha hasta el barroco es austero). En la cercana plaza del ayuntamiento hay apostados un rocín y un asno, y adivinad quiénes están subidos encima. Una creciente obsesión por la iconografía quijotesca me obliga a parar el coche en mitad de la travesía, bajar dejando el motor encendido, tirar cuatro fotos al conjunto escultórico y volver corriendo al coche, temeroso de entorpecer el tráfico. Pero detrás no viene nadie.

El convento de Santa Clara me dará cobijo esta primera noche. De convento quedan el nombre y la disposición de las habitaciones, que sigue el orden cuadrangular de un patio que debió de ser claustro. Del silencio claustral tampoco queda nada: suena Tom Petty a buen volumen, y por ser él se perdona la profanación. En una estancia anexa al convento hay un taller de escritura. Lo han denominado, contra todo pronóstico, Escuela de Escritores Alonso Quijano.

Alcázar duerme la siesta a la hora en que salimos a patearlo, pero la duerme sin la heroicidad que Clarín achacó a Oviedo. Nos cruzamos con lugareños que gastan sandalia y tirantes, muy lejos ya de los recios españoles de hábito y armadura que hicieron noble este municipio. Quien no quiera ver en esta degeneración indumentaria un fin de la raza, es su problema.

El Museo del Hidalgo ocupa una modélica casa solariega del siglo XVI, cuyas estancias se disponen en función del patio central ("núcleo irradiador de la convivencia", diría don Íñigo Errejón). Nos gusta la etimología de la palabra hidalgo porque no puede ser más elocuente de nuestra psicología colectiva: el hijo de algo, un noble sin alcurnia demasiado documentada, venido a menos, seguramente empobrecido y nostálgico, pero resistiéndose heroicamente a ser asimilado, diluido en la masa anónima. Esto es un español. Si, según Pla, el catalán es un animal que añora, el español vive para reivindicar su ascendencia en línea recta hasta la pata del Cid ("No sabe usted con quién está hablando", sueña con poder advertir el español cuando le contrarían); de donde se deduce la sugestiva idea de que el catalán no es más que una exacerbación sentimental de lo español. Un quijote, o sea. No por nada Cervantes escoge, para Damasco final de su andante caballero, la playa de la Barceloneta.

Alcázar es una villa de fundación romana, donde se han encontrado mosaicos del siglo IV, y a la vez un epítome del disparate urbanístico, que ha sembrado el municipio de adefesios en vertical. La burbuja inmobiliaria no deja de tener su punto de quijotada. El pueblo regala algunos anacronismos conmovedores, como llamar a un taller de zapatería Don Pisotón, u ofertar lápidas fúnebres "de auténtico mármol castellano" a pie de calle: dos tiendas de tumbas en menos de un kilómetro, descubrí. Esta naturalidad con que se nos recuerdan las postrimerías es un vestigio de funebrismo barroco, creo yo, cuando nada nos hacía más ilusión para pisar papeles que una calavera humana.

Juegos a la sombra

También aquí, claro, hay su museo cervantino. Faltaría más. Allá voy, después de callejear un buen rato y comprobar que el bachiller Sansón Carrasco, de los Carrasco de Alcázar de San Juan, nombra su calleja pertinente. A la entrada del museo hay una fuente, y sobre el pretil se sienta un don Quijote melancólico y oxidado, como cansado de la carrera de la edad; de pronto se acerca una madre joven con su niño rubio, y el niño rubio empieza a jugar, a chapotear ensimismado junto a la estatua de metal. Parece haberlo hecho muchas veces; parece dispensar al caballero andante (ahora sentado) una familiaridad extraña. La misma extraña familiaridad con que don Quijote le corresponde. Echo mano rápidamente de la cámara y sorprendo al héroe sonriendo mágicamente a su inopinado escudero de miniatura.

"La épica profunda de La Mancha es la privación: con ella se escribió el 'Quijote'"

El museo, por lo demás, no guarda cosa digna de mención, más allá de los intentos de un erudito local por afianzar la conocida pretensión alcazareña de prohijar a Miguel de Cervantes, interesada polémica amparada en la partida bautismal de un tocayo, al parecer, y alimentada por la industria turística municipal, naturalmente. Pero no hay tal discusión: don Miguel nació en Alcalá de Henares. Lo saben hasta las cigüeñas.

Me pierdo tratando de regresar al convento-hotel y he de detener a una señora que se parece a Blanca Portillo para que me ubique. Me da unas indicaciones precisas, pero las enuncia de un modo tan característico que me cuesta contener la risa. Mientras camino siguiendo sus instrucciones voy dando forma a una teoría sobre el humor manchego, que empieza siendo -sospecho- un humor involuntario, descubierto por los foráneos, del que más tarde los nativos cobran conciencia y que deciden explotar. De Pedro Almodóvar a los chanantes, pasando por José Mota, el humor manchego no es más que un reconocimiento de lo propio expuesto sin filtros, sin extrañamientos artificiosos.

Incluso podríamos defender que el propio Cervantes, en sus penosos recorridos por estas tierras de escaso atractivo, cobrando para más inri impuestos y recibiendo en consecuencia el trato que ayer y hoy damos a Hacienda los contribuyentes, terminó por aquilatar su sentido irónico sobre el imposible orgullo de un manchego. ¿Cómo puedo lograr el efecto novelesco más extremo del desquiciamiento, de la enajenación mental?, se preguntó don Miguel. Pues rebajando lo épico al plano de lo ridículo. ¿Qué hay más risible que un cincuentón metido a caballero andante y poseído de su enloquecido designio hasta el final? Solo una cosa: hacer que ese personaje sea oriundo de La Mancha, sin importar el lugar concreto, de cuyo nombre no quiero acordarme. Un rey Arturo en cutre. Los Python copiaron el recurso cuatro siglos después y volvieron a dar en la diana. Nos tiramos por el suelo de risa con Los caballeros de la mesa cuadrada. Santiago Segura hace lo mismo con Torrente, pero si la idea es de Cervantes, la factura final es de Segura.

De modo que La Mancha produce genialidad a partir de miseria, y toda su fertilidad artística a partir de su aridez material. Graham Greene le hizo decir a Orson Welles en El tercer hombre: "En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras, terror, sangre y muerte; pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué tenemos? El reloj de cuco". En La Mancha ni siquiera se registraron episodios de una especial crueldad, más allá de las simpáticas travesuras de moros, cristianos, franceses, guerrilleros, carlistas, isabelinos, republicanos y nacionales; la épica profunda de La Mancha es la épica de la privación, y con ella se escribió el Quijote. Se trata de un metabolismo único en el mundo, una fotosíntesis mística que se sirvió del cerebro de Cervantes para transmutar la verdad más cruda en la ficción más memorable. Puro realismo mágico. Me río yo de Macondo. La Mancha mucho antes, señores. La Mancha.

III

Jorge Bustos, "¡A los molinos!", en El Mundo, 5-VIII-2015:

"Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos, son las aspas"

Sobre el otero que domina la llanura sin límite se levanta el Santuario de la Virgen de Criptana, adonde seguramente peregrinó más de dos veces Sara Montiel, no tanto por virgen como por criptanense. La hija más ilustre para el skyline más inmortal e inmortalizado de Castilla: los diez molinos de viento que coronan el espinazo de la sierra, a cuya falda nace el luminoso barrio blanco de Albaicín, y bajando, bajando, se derrama el pueblo entero. Se sopesó conceder a Sara el título oficial de undécimo molino de Criptana, pero se optó finalmente por encerrar su legado en Culebro, nombre del molino que custodia el Museo Sara Montiel.

A los molinos por fin me dirigí una mañana fundente de junio, sudando la cuesta arriba y echando el bofe en el polvoriento ascenso. Hice una parada en el Pósito Real, almacén de grano del siglo XVI que ofrece una portada plateresca y unos muros de mampostería y sillar que ya no se estilan para almacenar grano ni cualquiera otra cosa. Solo esa añeja profesionalidad renacentista justifica la solidez del edificio, cuyo interior hace las veces de sala de exposiciones, aunque la estructura en madera original vale bastante más que los voluntariosos trabajos del diletantismo comarcal. Tiene, eso sí, una estancia dedicada a hallazgos arqueológicos donde se exhiben denarios de la época de Cicerón y curso legal en aquella Hispania, amén de vasijas, ánforas y hasta cuchillos de sílex de la edad de piedra. Y en otra habitación se muestra una pequeña réplica del retablo policromado de cinco cuerpos que dio lustre a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

-Es que se quemó en la guerra -me informa la encargada.

Hombre, hombre. Se quemó. Qué delicioso uso impersonal del verbo. Creo yo que va siendo hora de contar la historia no solo con sus predicados, sino también con sus sujetos. Lo digo porque cultivo hace años la afición de visitar iglesias de España -y de Italia cada vez que puedo-, y en todas las que fueron víctimas del comecurismo incendiario gastan ese coqueto "se quemó" folletos y letreros, guías y audioguías. Ya sabemos que no las quemó Franco, señora: puede usted decir quién fue, que no vamos a abrir un debate cainita ahora por eso. O quizá hay locos que lo siguen abriendo, yo qué sé, y por eso persiste el eufemismo.

Ascenso a los molinos

Rayando en la deshidratación y el fallo multiorgánico llego hasta el Albaicín, en la cima del pueblo. Pero los molinos emblemáticos no se muestran todavía. Antes hay que callejear entre casas encaladas y vías de nombre inequívoco: Teresa Panza, Cueva de Montesinos, Bachiller Sansón Carrasco... Y así todo. Por fin tropiezo con Sardinero, el molino más pegado al pueblo, en donde tres albañiles parecen estar haciendo reformas bajo los gañidos flamencos que escupe una radio.

-¿Puedo subir al molino?

-Estamos trabajando.

-Será solo un momento. Es por las vistas -le digo al capataz, mostrando mi cámara mastodóntica.

-Ande, suba.

Subo y descubro el olor a madera vieja que exhala el engranaje, la rueda gigantesca que acciona la piedra de moler. Sardinero es uno de los tres molinos originales (siglo XV) de los diez que enseña Criptana; los otros son Burleta e Infante. Ya estaban aquí, girando, cuando los divisó don Quijote; quiero decir, Cervantes. Ahora les han encadenado las aspas, y yo sospecho que es la condena que deben cumplir por lo que le hicieron a Alonso Quijano el Bueno.

Zigzagueo entre los molinos por la abrupta cima de esta sierra. Lo peor para el bravo caballero no debió de ser el golpe de aspa, sino la necesidad de levantarse y tener que seguir avanzando sobre esta tierra áspera, sembrada de cantos como trampas y erizada de cardos del tamaño de pequeños baobabs. Una pareja de moteros gallegos -"¡Qué chulada, eh!", exclama ella con ese acento cantarín suyo- deambula entre los molinos mientras yo disparo mi cámara desde todas las perspectivas imaginables. Pero me aburro pronto. Hay tan poca autenticidad entre estas aspas restauradas, me duele decir, como prosperidad en el pintadito barrio alto. ¡Si hasta han acondicionado un lounge bar con terraza junto al molino Poyatos, que resulta ser una oficina de información turística! En fin, no lo discuto. Cervantes escribió el Quijote entre otras cosas -entre otras muchas cosas- para denunciar la miseria secular, rasante, de estos pueblos. Sonreiría al enterarse de que su libro da para abrir locales de chill out. Anatole France escribió: "Los pueblos han sufrido tanto, a lo largo de los siglos, en la lucha por la grandeza y la prosperidad que entiendo que prefieran renunciar". Cervantes, que pasó por aquí recaudando impuestos, lo entendía hasta el grado de reír por no llorar; Azorín llega a disculparlos con su ironía cariñosa, su pedagogía leve. Hoy los pueblos son más horteras y más ricos: se ha cumplido el sueño de Cervantes, de France y de Azorín.

Hemingway quiso hacer periodismo con la literatura y escribió Adiós a las armas. Azorín quiso hacer literatura con el periodismo y escribió La ruta de don Quijote, modelo de mi reportaje. Pero este libro que imparte toda una lección de estilo no está exento de la intención de denuncia que es propia del reportero: retrató el atraso con humanidad pero sin equívocos. Uno, en cambio, no puede denunciar gran cosa porque el turismo y la democracia han modernizado estos pueblos como Azorín nunca se atrevió a imaginar. Uno lo que busca aquí es atrapar la consistencia de un carácter, la persistencia del casticismo.

"¿Decirle al paisano que don Quijote no existió? ¡Nos miraría como a un loco!"

-En los demás pueblos de La Mancha que se crean Quijotes si les place; aquí nos sentimos todos compañeros y hermanos espirituales de Sancho Panza -le espetaron a Azorín unos criptanenses dionisiacos.

Ya es hora de conocer la cuna de Dulcinea. Me subo al coche aparcado al sol, no sin antes rociarlo con nitrógeno líquido a fin de poder sentarme sin perder la dermis. Y tecleo "El Toboso" en el navegador. Qué cosa. A partir de un determinado número de horas en La Mancha ya no distinguimos realidad de ficción, así que nos sorprendemos de que el GPS acepte El Toboso como destino factible, avalado por todo un satélite. Mientras conduzco hacia allí -¿cómo será?-, y colecciono enésimos quijotes de rotonda, me doy cuenta de que no cabe mayor blasfemia que negarle a un manchego la existencia histórica de su caballero. Aquí la presencia de la icónica silueta -armadura, lanza, caballo, tipo espigado con yelmo, tipo orondo con sombrero, asno, alforjas- se invoca hasta en las fábricas de cemento o en las indicaciones del supermercado más próximo. ¡Como para recordar al autóctono que don Quijote no pisó jamás esta tierra, ni ninguna salvo la de la fantasía literaria! Nos mirarían atónitos. Los locos seríamos nosotros.

Da que pensar sobre el poder de la literatura, o la verdad de las mentiras, diría Vargas Llosa. La vida creada por la manía de fabular termina causando efectos tan reales como los miles de euros que recaudan los hoteles diseminados a lo largo de la Ruta de Don Quijote, trazada a imitación del Camino de Santiago. "La Junta primero acotó un itinerario oficial de unos mil kilómetros -me cuenta en una oficina de turismo-; entonces todos los pueblos que quedaron fuera, salieran o no en la novela, protestaron. Así que la Junta amplió el recorrido hasta los dos mil kilómetros". A uno le parece perfecto. Con las cosas de comer no se juega, sentenciaría Sancho.

IV

Jorge Bustos, "Deconstruyendo a Dulcinea", El Mundo, 6-VIII-2015:

"Yo te diré, Sancho, lo que está bien que hagamos. Y advierte que, o yo veo poco, o que aquel bulto y sombra que desde aquí se descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea"

Dejo atrás los molinos del cuento y llego a El Toboso a la hora sagrada de la siesta, que es sin duda la mejor para tocar la esencia pesada de La Mancha. Juro que no se oye otro sonido que el zumbido de las moscas, el zureo de las palomas y el trinar de las golondrinas que anidan en la torre de San Antonio Abad, imponente iglesia del siglo XVI. Lo que significa que ya estaba en pie cuando Cervantes ejercía aquí de alcabalero.

Casas encaladas, calles limpias, rótulos literarios en las esquinas, dos mil habitantes durmiendo la siesta. El Toboso es pura coquetería. En la plaza, frente a la iglesia, un Quijote de hierro hinca la rodilla ante una muchacha -casi una niña- del mismo metal. Es una escena de amor cortés, de un platonismo escandaloso en nuestros días. Y no solo hoy: para Cervantes, que tenía casi tanta madera de golfo como Lope, amar de pensamiento y no de obra se antojaba un sindiós, a no ser como pretexto lírico. El amor ideal está muy bien para Petrarca pero no para don Miguel, que escoge a una ruda labradora toboseña para enfatizar su militancia en el realismo. A aquella a la que idealiza don Quijote como "la dulce prenda de mi mayor amargura", la fotografía Cervantes en verso vengativo: "Esta que veis de rostro amondongado, / alta de pechos y ademán brioso, / es Dulcinea, reina del Toboso, / de quien fue el gran Quijote aficionado". No es el perfil de una Laura o una Beatriz, precisamente. Al idealista soldado de Lepanto la vida le ha pagado con más Aldonzas que Dulcineas, y así lo cuenta.

¿Pero en quién se inspiró Cervantes para componer a Dulcinea? Parece ser que en doña Ana Martínez Zarco de Morales -algún erudito local se afanó en demostrar que "Dulcinea" es una crasis de "Dulce Ana"-, hermana de don Esteban, noble propietario de la casona que hoy se ofrece al visitante de El Toboso bajo el reclamo (de nuevo realidad y ficción confundidas) de Casa de Dulcinea. Me alejo un poco para captar mejor los blasones que adornan la fachada y que Azorín encontró hace un siglo arrumbados en un rincón (lo que llenó de tristeza al ya de por sí cenizo periodista). De pronto el suelo cede bajo mi pie derecho. Miro. Nada grave: he pisado una mierda de perro. Su autor está tendido unos metros más adelante, a la sombra que proyecta la pared encalada, la lengua fuera y cierto orgullo de artesano en la mirada. Que la simpar Dulcinea disculpe tan escatológico desaire.

El hogar de los Martínez Zarco contiene todos los elementos arquitectónicos que definen la vida cotidiana de una familia de la nobleza rural manchega. La almazara para la molienda de la aceituna y la extracción de aceite. El lagar, con su viga de quince metros en una sola pieza, junto a la que reposa un Clavileño de madera que evoca a los pegasos, dulces pegasos de Machado. El palomar, de donde salía ese palomino de añadidura que nuestro hidalgo se embaulaba los domingos. El patio porticado. Y en el piso de arriba la sala, el vestidor, el despacho de don Esteban con su espada y su crucifijo y la alcoba de doña Ana con su estrado almohadillado y su cama de dosel. No me resistí a fotografiar el retrete, sobre el que caía la luz halógena de un foco disimulado: no en vano se trataba del trono de Dulcinea.

"En el museo local guardan ejemplares firmados por Hitler, Mandela y ZP"

Cervantes se inspiró en doña Ana, pero parece que no precisamente a modo de guiño amistoso. El manco era muy cabrón, si me permitís decirlo. Inventó la ironía moderna, pero sabía sacar el sarcasmo más negro. Le gustaba reírse de las beldades toboseñas y además trampeaba con los impuestos: dos de las causas que se manejan para explicar que los vecinos de El Toboso, un día que no les cabía ya ni el pelo de una gamba, acabaran tirando al autor del Quijote a un lago cercano, según es tradición. Se trataba de un procedimiento de justicia popular estipulado para los tocapelotas. De ahí, por cierto, viene la expresión «dar un baño» a alguien. Conociendo a Cervantes, la tal Ana se daría mucho pote como aristócrata local pero al escritor le parecería una paleta. Aldonza Lorenzo, le puso, con esa sonoridad vulgar que evoca a una aldeana mascando berzas. Y escupiendo viruta.

Dos monumentos nos quedan por ver en El Toboso. Visitar la iglesia de San Antonio cuesta tres euros. La encargada de cobrarlos es una beata adorable que se llama Piedad -cómo, si no- y que se apresura a justificar el precio:

-Es para el mantenimiento y para Cáritas, sabe usted...

-No se preocupe, doña Piedad. Me parece baratísimo.

Y me lo parece. He visto a peregrinos del encaste Groupon que se daban la vuelta indignadísimos cuando en el atrio de la catedral de Cuenca o Toledo les pedían uno o dos o cinco euros de entrada. Hay que ser cicatero.

Corona el retablo de este templo desaforado (para las proporciones del pueblo) un Santiago Matamoros con su Mohamed o su Yusuf a los pies del caballo, y, en un lateral, un repostero de la Orden de Santiago grita en rojo la leyenda "Sanctissime Jacobe sanguine arabum". Entre el multiculturalismo y el IS no están los tiempos para traducir lo que dice: me lo buscáis en Google y luego borráis el historial. Con un Houellebecq basta.

Cervantes se inspiró en doña Ana, pero parece que no precisamente a modo de guiño amistoso. El manco era muy cabrón.

Pero la sorpresa se agazapaba en un museo toboseño del que no esperaba gran cosa. Resultó que guardan ahí un buen puñado de ediciones de la novela en los idiomas más inverosímiles (tagalo, bable, georgiano, guaraní), firmadas por los personajes menos concebibles como lectores de Cervantes: de Mussolini a Rajoy, y no los cito juntos debido a otra razón que la común pasión por el atletismo. Hay un Cantar de los Nibelungos firmado por el mismo Hitler en El Toboso. Hay Quijotes firmados por Mandela, por Mitterrand y hasta por Zapatero. Está el Quijote más grande del mundo, sobre el que podría tumbarse Gasol sin salirse, y las miniaturas más entrañables e ilegibles. Así que el aleph quijotesco se ubica efectivamente en El Toboso, y no en el sentido en que Twain sentenciaba que el paraíso para Adán se hallaba donde estuviera Eva, sino en términos de pura bibliofilia: entre el arte pop y el tesoro filológico.

Atardecía cuando enfilé el camino de Belmonte, punta de lanza del quijotismo conquense merced a sus molinos de mampostería. Es famoso Belmonte por alumbrar a Fray Luis de León y el rodaje de El Cid, por su formidable castillo, la colegiata gótica y el Palacio del Infante Don Juan Manuel, hoy felizmente rehabilitado como parador privado o paraíso en piedra. Una noche pasé en él para mi desgracia, que me habría gustado que fueran muchas más. El suelo está tan pulido que sobre él se patina, no se camina. Durante la cena pincharon el Concierto de Aranjuez. Y desde mi ventana veía recortarse las lápidas de sobrio, caviloso mármol castellano del cementerio adyacente. Por poner un pero, el papel higiénico era demasiado suave.

Al descalzarme aquella noche cayó una cascada de arena del zapato al suelo, y con ella un escarabajo que llevaba alojado de polizón, quién sabe si desde Puerto Lápice. Lo aplasté a despecho de la encíclica papal. Antes de acostarme me miré un rato en el espejo. El sol de La Mancha empezaba a tiznarme el rostro de un moreno de gañán honrado, que es un color más ético que estético, porque es el que se liga trabajando.

V

Jorge Bustos, "Argamasilla de Alba. En este lugar de La Mancha", 7 de agosto de 2015:

"¿Qué podía engendrar sino la historia de un hijo seco, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?"

En Argamasilla descubro un monumento erigido a Avellaneda, que era de aquí. Que el usurpador hiciera salir explícitamente a don Quijote de esta aldea es una prueba más para corroborar la sede del héroe, pues Cervantes, en su ajuste de cuentas con Avellaneda, no desmiente este dato entre otros que sí contradice.

Argamasilla fue la primera etapa del viaje de Azorín, pero yo llego a ella al tercer día. Azorín le dedicó cuatro capítulos al pueblo, y el pueblo ha correspondido dedicando a Azorín un busto junto a la plaza de España y varias placas que recuerdan su fructífero paso por aquí. Es Azorín el que asienta definitivamente la imagen cervantina de Argamasilla. Por ejemplo glosando la actividad de la famosa Botica de los Académicos, local donde se reunían los cervantistas de entresiglos y que conserva todo su verde encanto. Hoy lo custodia Charo, que me va a explicar su historia con pelos y señales.

Ya había sector de la Cultura en el XVII, y ya Cervantes se burló de él por su procedimiento favorito: solemnizar la presunción hasta ridiculizarla. Académicos de Argamasilla, les llamó con mofa; Asociación Cultural Académicos de Argamasilla, se hacen llamar hoy con orgullo. He aquí una constante del cervantismo: al revés del proceso marxiano, todo lo que el genio alcalaíno escribió como farsa es recuperado más tarde con gesto grave y reivindicación seria, muchas veces por los descendientes de aquellos mismos que le hicieron la vida imposible al escritor. Todo en Cervantes conduce a la ironía en planos inacabables, especulares, laberínticos. En marzo de 2015 los más serios entre los académicos, los de la RAE, capitaneados por don Arturo Pérez-Reverte celebraron sesión extraordinaria en Argamasilla. De nuevo la realidad imitando a la ficción inspirada en la realidad.

Argamasilla, dicen Azorín y la tradición más fundada, es el famoso lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes; y con razón, porque aquí pasó cuatro meses preso en una cueva por orden del marqués don Rodrigo de Pacheco. Quedaos con este nombre: muchos le señalan como modelo histórico del mismo Alonso Quijano. ¿Qué hizo para merecer tal honor -visto ahora-, tal venganza en la concreta sensibilidad de Cervantes? Don Rodrigo era un hidalgo de Argamasilla, austero y devoto, con quien Cervantes discutió por asuntos fiscales y no solo fiscales. Unos dicen que el aristócrata se negaba a pagar al alcabalero; otros, que Cervantes quiso estafarle para quedarse con parte de lo recaudado (y esto es lo más posible: ya veis que en España la malversación y el fraude cuentan con los más ilustres antecedentes); y los terceros creen que el escritor requebró a la sobrina de don Rodrigo con más grosería que donaire. Además se burlaba sin rebozo de los poetastros locales, que no intercederían precisamente por el acusado. Por alguna de estas razones o por todas a la vez, porque todas son verosímiles, el caso es que el marqués llamó a su amigo Medrano y le pidió que abriera la cueva, que le llevaba un inquilino a escarmentar.

Guardo un minuto de recogimiento en el belén donde nació la novela moderna.

Hay que ver la cueva de Medrano. Hay que bajar al zulo donde fue concebida la mayor obra literaria de todos los tiempos. Hay, quizá, que poner en relación a una cosa con la otra. El propio autor lo hizo en el prólogo: "¿Qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?". No nos creemos el alarde de humildad del prologuista, que sabía muy bien la dimensión de su logro, pero nos fijamos en los adjetivos -seco, avellanado, antojadizo- y comprobamos que cuadran con los testimonios que se conservan sobre la personalidad y fisonomía de Pacheco, que llevaba fama de desquiciado. Su cuadro exvoto a la Virgen presenta una leyenda explicativa bastante sugerente: "Apareció Nuestra Señora a este caballero estando malo de una enfermedad gravísima, desamparado de los médicos, en la víspera de San Mateo de 1601, encomendándose a esta Señora prometiéndole una lámpara de plata, llamándola día y noche de un gran mal que tenía en el cerebro, de una gran frialdad que se le cuajó dentro". Pese a la voluntad de estilización que se le presupone a un retratista a sueldo, su cliente queda representado en ese lienzo con indisimulables signos de desequilibrio: la palidez seca y avellanada del rostro, los ojos glaucos, heterócromos, sobre abultadas ojeras, la desviación de la mirada. Algo muy frío y muy cuajado parece martirizar, efectivamente, al hidalgo que encarceló a Cervantes.

Es muy revelador que en el XVII, seguramente siguiendo la teoría hipocrática de los humores, describan la locura como un estado de licuefacción frente a la solidez mental que siempre se ha asociado, aun metafóricamente, a la cordura. La vecindad del Guadiana hace de Argamasilla un oasis en mitad del secarral manchego. ¿Y si no fuera la aridez sino la humedad la causa de la demencia? El vínculo entre insania y agua estancada es un recurso narrativo de larga fortuna que llega hasta los humedales sureños de True Detective o las marismas andaluzas de La isla mínima. Pacheco sería así una víctima de los vapores malignos del Guadiana.

Los historiadores piensan que Cervantes pudo vivir en Argamasilla entre 1600 y 1603, año en que lo habrían encerrado en esta cueva epifánica. Teniendo en cuenta que la primera parte de la novela data de 1605, las piezas encajan.

-Los ingleses entran aquí y se están mucho tiempo pensando. Se llevan los bolsillos llenos de piedras. Uno hubo que se arrodilló y besó la tierra dando gritos -le reveló a Azorín un paisano.

Bajo las escaleras de piedra y noto enseguida el húmedo contraste. Lo primero que hay que decirle a Cervantes es que aquí no toda incomodidad tiene su asiento: al menos hace fresquito. Por lo demás, no se trata precisamente de un spa. Un jergón de paja sobre un saliente de piedra, una mesa de madera, una espada de hierro y un yelmo a modo de decorado, que en su momento no habría. Y en realidad nada más. Bueno: unas escaleras que bajan al segundo nivel de la cueva, al cual ya solo le faltan las estalactitas. La atmósfera arcillosa ahí resultará familiar a todo aficionado a la espeleología. Guardo un minuto de recogimiento en el belén donde nació la novela moderna. No se oyen tampoco los tristes ruidos que Cervantes denuncia en el prólogo. Quizá lo peor de pasar aquí cuatro meses encerrado es precisamente el silencio. ¿O es que esos ruidos, al cabo de las semanas, empiezan a hacer habitación en la sesera? ¿Fue entonces la génesis del Quijote una terapia contra la propia locura incipiente del recluso? ¿Exorcizó en los "pensamientos varios de su hijo" los que a él mismo comenzaban a rondarle, de paso que se vengaba del causante de su desdicha?

Sale uno de ahí con cierta aprensión, y se cruza sin darse cuenta por la calle con Charo, la de la Botica de los Académicos.

-¡Adiós, hombre! ¡Que le salga a usted como a Azorín!


-¡Se hará lo que se pueda, Charo!

VI

Jorge Bustos, "VI. Daimiel, Ciudad Real y Almodóvar. Síntomas de locura... o de idealismo", 8 de agosto de 2015:

"Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, natural de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo a la mano derecha"

Para llegar a Ciudad Real decido atravesar las Tablas de Daimiel, siguiendo el curso inapresable del Guadiana. Es un paraje alucinógeno. Hay que cruzarlo despacio y permitir que dos caballitos del diablo se pongan a zigzaguear a la proa del coche como delfines de secano. Una enorme grulla salta del pretil del puente, a mi izquierda, y ya no sabe uno si es un símbolo, y de qué. Un cartel advierte: "Peligro: autocombustión de las turberas".

Mientras cruzo el parque natural, sin nadie con quien comentar lo que veo, se me ocurre que Sancho Panza -el confidente- es quizá la gran innovación del libro. Kafka así lo creía, y en uno de sus microrrelatos hace derivar de la mente de Sancho al propio don Quijote. Pero el recurso de la pareja dialogante, que luego hemos visto tantas veces en mil novelas y películas policíacas, carecía hasta Cervantes de antecedentes claros. También Cervantes, al fatigar estas tierras visionarias, echaría de menos a alguien con quien hablar. Así que después de una primera salida hizo acompañar a Alonso de Sancho, el demente lúcido y el sensato que acabará demenciándose, en recíproca influencia. Antes de ellos el héroe estaba solo en su epopeya, y como mucho hablaba con los dioses. Cervantes lleva el antropocentrismo a la práctica, y se lo toma tan a pecho que no lo encarna en un personaje humanísimo sino en dos. No solo alumbra al antihéroe redondo por contraposición al héroe plano, sino que insufla en su pareja tanta autonomía como interdependencia, de modo que terminamos por no saber quién es el héroe, quién el antihéroe o si ambos viven por fugaces momentos la plenitud de ambas condiciones. Como nos ocurre a los vivos. Por esto, también, es el mejor libro del mundo.

Cuando arribamos a la capital de la provincia nos recibe el serrucho insidioso de la chicharra. Hace un calor totalitario, corrosivo, que seguramente inutilizará mi camiseta para siempre. Para llegar hasta aquí he debido sortear un sorprendente número de cadáveres animales aplastados en la carretera. Quedan en tal estado que no puedo decir si eran zorros, liebres o ginetas.

Ofrece Ciudad Real un museo cervantino -¿cuántos he visitado ya?- que merece la pena. La exposición temporal versa sobre maquinaria escénica, es decir, sobre el modo en que los comediantes fingían los efectos especiales de la época. El realismo del efecto enmudece. Un simple barril lleno de cantos de río y una manivela: bueno, pues giras la manivela y te está tronando encima. Una enorme plancha de latón con unas asas: se cimbrea el latón y el huracán hace acto de presencia en la sala. ¡Si hasta figuran los cocos que usaban en la parodia artúrica los Python para emular los cascos de los caballos! Otra invención nuestra que se han atribuido los ingleses. Lope, Calderón y Tirso disfrutaban introduciendo estos efectos peliculeros en sus obras para amedrentar al respetable, que se muere por los sustos. Disponían entre bastidores carracas del tamaño de una cama de matrimonio de Ikea. E ingeniaban palmatorias para los claroscuros más tenebrosos; claro que con semejante jaleo de velas el teatro se les acababa quemando todas las temporadas.

En otra sala del museo se exhiben unas acuarelas fabulosas de José Jiménez Aranda, muchas de las cuales proceden de El Prado y el Thyssen. No es para menos: para mi gusto no les van muy a la zaga a los grabados de Doré. Las pinturas de Jiménez Aranda datan de 1903 y presentan las escenas más famosas de la novela con una delicadeza de matices, un cariño reverencial digno de la pintura religiosa. Esto da que pensar. Al referirnos al Quijote como lo hacemos, desde un reclinatorio sistemático, hemos institucionalizado lo que no es sino una monumental chufla. Nos postramos ante un viejo con una armadura oxidada que carga a voces contra rebaños de ovejas. Y cuando Azorín, por provocar, les insinúa a los académicos de Argamasilla que quizá don Quijote no tenga nada que ver con su vecino Rodrigo de Pacheco, sus contertulios se llevan las manos a la cabeza. Y reivindican con furor su patrimonio de insania. Cervantes se moriría de risa.

Una de las acuarelas retrata la decisión del cura y el barbero de tapiarle a don Quijote la biblioteca. La medida conmueve porque testimonia una época en que los libros entrañaban peligro. Para lo cual alguien debe leerlos, claro. Hoy el cura y el barbero desearían tapiar el Apple Store, que es la causa primera de desquiciamiento social. La inteligencia artificial mata la natural como los libros de caballerías mataban el raciocinio de Alonso Quijano.

Hay por último en un sótano del museo una imprenta del Siglo de Oro reproducida con detalle. De los tiempos en que hacer un libro era un trabajo serio. Y a la salida, el indefectible conjunto escultórico de caballero y escudero, si bien en una variante que nos emociona: se representa a Sancho calmando al rucio tras la aventura de los molinos, y a Rocinante dolorido, tratando de levantarse, mientras don Quijote ya se ha puesto en pie, la frente alta, desafiando colérico a alguien o a algo que está muy por encima de él. Un gigante ilusorio o un símbolo del mal, en apariencia imbatible, que puebla el mundo. El escultor ha sabido captar la esencia más emocionante y seria que constituye a nuestro personaje: su moral invencible. Un hombre puede ser destruido pero no derrotado, escribió Hemingway en El viejo y el mar; esa tensión ética, viril, que no consiente relajación fue encarnada primero que todos por un loco de adarga antigua, bacía de barbero en la cabeza y toda la injusticia del mundo sobre sus espaldas. Un cristo bufo, sí. Pero cristo.

Camino de Almodóvar del Campo medito que determinados logros humanos no admiten la hipérbole. Las pirámides son unos de ellos. El Quijote es otro. No se puede elogiar de más el Quijote, como no se puede agotar el secreto de Keops.

La Mancha es el núcleo espiritual de España, y lo es del espíritu porque materia ofrece poca y de modesta calidad. No puede aspirar a cordilleras majestuosas, vegas feraces, clima templado, playas reparadoras, macizos boscosos, vegetación diferente de la sempiterna encina. Frente a todo eso, que se encuentra a placer en los cuatro puntos cardinales de la Península, el paisaje aquí ofrece llanuras infinitas que atraen nuestros anhelos, como la pantalla vacía espera la proyección de una película. Horizontes sin más acotación que los mustios collados encienden las calenturas de la fantasía, el deseo de alcanzar lo inalcanzable se exaspera y se van formando imperceptiblemente proyectos disparatados en nuestra enervada sensibilidad. La hiperestesia no arraiga en el Amazonas, sino en el desierto. Porque la ficción no es lujo sino necesidad.

"¿No es este el medio en que han nacido y se han desarrollado las grandes voluntades, fuertes, poderosas, tremendas, pero solitarias, anárquicas, de aventureros, navegantes, conquistadores?", se pregunta Azorín, quien como alicantino ahonda en la gran paradoja del 98: la de que los mayores abogados del esencialismo castellano provengan de su periferia, desde los vascos Unamuno, Maeztu y Baroja hasta los andaluces Ganivet o Machado, pasando por el gallego Valle-Inclán. Pero los noventayochistas tenían razón. España es Castilla y su campal desolación. Incluso cuando de pronto se abre a nuestra derecha una laguna atestada de exóticos flamencos. ¿Un descanso en su ruta migratoria habitual o es que empieza uno a resbalar hacia estados alterados de conciencia? Si Leary, el profeta del LSD, constató que "todo el mundo vive en un capullo nervioso de realidad privada", entonces no hay mayor fermento de psicodelia que el llano manchego. Peyote y Quijote: la rima no es inocente.



VII

Jorge Bustos, "VII. Venta de la Inés. El último quijote", en El Mundo, 9 de agosto de 2015:

"Mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque, adonde él la vio la primera vez"

Castilla se ensancha antes de desembocar en Sierra Morena como el agua embalsada se prepara para la catarata. Es el valle de Alcudia, rubio de espigas, punteado de encinas solitarias, atravesado por rebaños de ovejas minúsculas por contraste con la ancha llanura y las cumbres verdes que cercan el valle y levantan frontera entre Castilla y Andalucía. Esta región limítrofe, escarpada y dispar la asendereó mucho el alcabalero Cervantes, y como tal encuentra un reflejo privilegiado en su obra. Solía pernoctar en una venta misteriosa que hoy perdura.

Ni el GPS ni el móvil encuentran conexión y cae fuego del cielo como en los días de Pompeya. En el kilómetro 129 de la carretera que baja en dirección a Córdoba descubro al fin un sendero de grava que se abre a la derecha. No será cosa de un momento, no: hay que tener paciencia para recorrer nueve kilómetros sin asfaltar en segunda, reduciendo a primera en los pasos-trampa para ganado, cuyas bandas de hierro pueden filetearte los neumáticos sin preaviso. Se deja atrás la venta de La Pastora, se persevera en las virtudes teologales y al final del camino se descubre una mansión encalada, con palmeras y césped, que contradice lujosamente la idea que uno tenía de las posadas del Siglo de Oro.

Merodeo un poco con el coche. Me bajo, doy una vuelta. Saludo a una coqueta abubilla. Vuelvo a subir al coche. Llamo a la cancela. Camino unos metros más. Me pica una puta avispa en la axila izquierda que me dobla de dolor durante minuto y medio. Me incorporo y, cuando me dispongo a marcharme, no sé si más colérico que decepcionado, oigo una voz que me dice:

-Aparque usted el coche, que estamos aquí.

Un viejo de pelo cano y pantalón azul está sentado sobre un tronco a la puerta de una casa tan modesta, por no decir ruinosa, que no la había creído habitada.

-¿Es usted Felipe?

-Soy un Felipe.

Lo dice de tal modo que me evoca de inmediato la declaración de Don Quijote: "Yo sé quién soy".

-¿Es esto la Venta de la Inés?

Aquí atestiguo la violenta intrusión de lo literario en un espacio palpable

-Aquí es.

-¿Y la lujosa mansión de al lado?

-Eso no es la Venta, sino la finca del pudiente. Entre que le explicaré.

Atravieso el umbral detrás de Felipe e ingreso en la penumbra de una sala aproximadamente indescriptible. No se sabe dónde acaba el zaguán y comienza propiamente un saloncito con chimenea, una mesa -"de auténtica madera toledana"- cubierta con hule, dos tiras atrapamoscas de cada una de las cuales pende muerto un enjambre entero y algunos muebles desvencijados de imposible conjunción.

-Ella no habla mucho.

Ella es su hija, que está sentada en una esquina. Es paralítica y sonríe.

-Hace 57 años que no anda: desde que nació. Un médico que no sabía lo que era un parto. La sacó mal. Un nervio desunido es la causa de la que la vea usted así. Antes los médicos tenían un nombre preciso: matasanos.

Y ella ríe la sentencia de su padre. Si para Azorín el suspiro de la mujer castellana entrañaba la visión neta y profunda de la España castiza, los lamentos del viejo Felipe y la sonrisa de su hija tullida quintaesencian una estirpe condenada no a cien años de soledad, sino exactamente a cuatrocientos. El reportero de Monóvar recorrió los caminos de don Quijote para deplorar la rémora del casticismo, que en 1905 era un lastre ubicuo y desmoralizador; uno los recorre ahora para señalar su correosa resistencia bajo la pátina uniformizadora de la posmodernidad.

Felipe ha salido en varios reportajes ya, me cuenta, e incluso una vez lo llevaron a Prado del Rey, recuerda con orgullo, pero yo juro que no lo sabía. Yo he recibido virgen el impacto de su existencia. Felipe es la fusión más acabada entre literatura y vida por la costura abierta de lo trágico que yo haya conocido. Felipe es un personaje del Quijote, si es que no es el mismo Alonso Quijano el Bueno, derrotado por la vida y todavía sentencioso. Felipe ha leído y releído la obra de Cervantes durante toda su vida, ha llegado a metabolizarla hasta hablar en periodos sinuosos y arcaizantes, una parla que hipnotiza al que aquí peregrina para escucharla, sumiéndolo a uno en un estado de rendida fascinación, de atemporalidad condensada.

-Esto dejó de ser venta en 1911, pero sabré darle un vaso de agua si usted quiere. Yo nací en 1941, así que tengo cerca de los 86 años. Siete generaciones de mi estirpe hemos pisado los chinatos que usted pisa, como que tienen novecientos años y sin género de duda acogieron las pisadas de Cervantes. Ve usted la última venta cervantina, enclavada en el Camino Real de la Plata, arteria que unía Toledo con Córdoba a través de las minas de Horcajo. Y esta cabeza mía que ni ha fumado ni ha bebido y no engaña ni puede engañar por ningún estilo está por morirse sin ver a un pudiente sentado a esta silla de madera.

Llama pudiente al propietario de la finca colindante de La Cotofía, que a juicio de Felipe -y de Ecologistas en Acción- no solo invade los terrenos de un Bien de Interés Cultural como está declarada la Venta de la Inés, sino que quisiera echar al padre y a la hija para ampliar sus posesiones. Pero nuestro quijote resiste, mientras se deshace en maldiciones de otro siglo contra el Gobierno de todo color que no pone en su sitio al poderoso, ni repone al débil, ni deshace el entuerto ecológico que la afición cinegética perpetra con veda abierta o cerrada, denuncia Felipe, convertido ya de pleno derecho en el de la Triste Figura.

-Lo bonito sería mirar por el pobre y no por el millonario pero en este mundo no manda más que el dinero, que tuerce las leyes a voluntad. ¡Ah, esos políticos! ¡No tienen aquí zorra desollada! ¡Dios los eche por donde no hagan daño, como a las malas tormentas!

Sobre la estancia gravita un olor dulzón que se adhiere a la garganta. Cuando pido permiso para visitar el corral encuentro la causa del olor: una morera centenaria que ha sembrado el suelo del corral de mataduras color malva sobre las que zumban millones de moscas, en acústica competencia con el cloqueo de las gallinas. A las moscas ya se ha acostumbrado uno en este viaje, a no manotear como un urbanita histérico, a dejarlas caminar sobre nuestra piel a su ancho antojo; pero lo del corral es demasiado y vuelvo al interior. Que también es demasiado.

Pregunto a Felipe por la cercana Fuente del Alcornoque, donde por primera vez divisó Grisóstomo a Marcela y donde fue enterrado, víctima de su amor no respondido; pero el acceso a este paraje real está candado con el beneplácito del pudiente, sordo a senderistas como a lectores de Cervantes. Antes de abandonar este Macondo de veras con los sentidos embotados, bien consciente de estar atestiguando la violenta intrusión de lo literario en un espacio palpable, le ruego a Felipe que pose para mí bajo el rótulo de la fachada que identifica este escenario como marco de la acción de Rinconete y Cortadillo. Le doy la mano a su hija, que me vuelve a sonreír. Le doy la mano a su febril padre.

-Adiós, joven. Que tenga buen viaje. ¿Adónde se dirige?

-A Almagro.

-Buena jaula pero malos pájaros. Vaya con Dios.

Y me alejo de allí, atesorando de un último vistazo por el retrovisor la efigie destartalado del último quijote.

VIII

Jorge Bustos, "En el camino de don Quijote, 400 años después (VIII). Villanueva de los Infantes. Serán ceniza, mas tendrá sentido", ne El Mundo, 10-VIII-2015:

"Halló don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea; las armas, de piedra tosca; la bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la redonda"

En Villanueva me aguardaba una sorpresa heráldica. Yo sabía que aquí estaba enterrado Quevedo, pero desconocía que reposara en la capilla de mis antepasados. Los Bustos, familia pudiente en todo el Campo de Montiel, de aficiones literarias y querencia al mecenazgo, acogieron a don Francisco en vida muchas veces, prestándole culta compañía que lo resarciera de sus amargos líos con la Corte. A unos pocos kilómetros de aquí se encuentra la finca de Torre de Juan Abad que el poeta heredó de su madre, desiertos a cuya paz confesaba retirarse el mayor sonetista de nuestra historia.

Resulta asimismo que los Bustos compraron la posada de un Juan de Vargas, caballero de cuantía, en donde tengo la fortuna de hospedarme y practicar un cierto delirio identitario. La calle se llama Cervantes, claro, y en su trazada se concentran los monumentos más sugestivos del pueblo. En su origen está la plaza, con el ayuntamiento, las terracitas para la caña y la iglesia de San Andrés, que guarda la capilla bustiana; y en ella, protegida por un rectángulo de cristal que transparenta la bajada a la cripta, se ilumina la urna funeraria del genio. Me guía hasta ella Inés, encargada de la oficina de turismo y quevediana hasta lo temerario: de mutuo acuerdo decidimos correr la luna de la tumba, que pesa casi tanto como mi cámara de fotos. En el momento exacto en que cede, con un ligero chirrido, aparece el cura. Inés se va hacia don José Luis muy sonriente y le explica que hago un reportaje. A don José Luis le parece estupendo y se ofrece a encender las luces de la nave central. Con su bendición e indulgencia, por tanto, desciendo los seis escalones de la cripta y me paro frente al cofre metálico, ornado con la cruz de Santiago y rotulado con el nombre del ilustre inquilino. Huele intensamente a moho, y hace frío.

Pasó con este cuerpo un poco lo mismo que con el de Cervantes. En su testamento pide Quevedo ser enterrado con el hábito de Santiago y sus dos espuelas de oro en la iglesia de Santo Domingo, en cuyo convento -que ahora visitaremos- pasó sus últimas semanas. Pero el vicario de San Andrés estimó que era barata sepultura para tan conspicuo difunto: desoye escandalosamente la voluntad expresa de Quevedo y arrima el ascua a su templo con la cooperación necesaria de los Bustos, que ceden encantados su capilla. Pero en el siglo XVIII se remueve el enterramiento y los restos del escritor quedan mezclados con los de un osario común. Para entonces hacía mucho que ya habían profanado la tumba para robar las espuelas de oro. Esto de andar toqueteando fémures se ve que es una costumbre muy nuestra. Aquí no lo dejan a uno tranquilo ni fiambre. Total, que tuvo que venir el mismo antropólogo forense que contrataría luego Ana Botella para individualizar -con mayor grado de certeza que en las Trinitarias- un puñado de huesos quevedianos, que fueron reunidos en esta urna de metal para su venerable exhibición y descanso eterno. Hasta que alguien decida que lo que hay que hacer es llevarlos a Tokio de gira o fumárselos en pipa de kif.

Me despido del Caballero del Verde Gabán: hoy va en mangas de camisa.

Murmuro una jaculatoria de desagravio a don Francisco -será ceniza, más tendrá sentido- y marcho con Inés al convento de Santo Domingo, situado en el otro extremo de la calle Cervantes. El convento está cerrado, pero Inés lo abre con su llave maestra. Estamos solos. Encoge un poco el alma pisar la celda donde Quevedo murió tras recluirse en ella a los 65 años, con el cáncer de pulmón royéndole las entrañas pero obligándose a dormir en un poyo de piedra como un fraile más. Uno, claro, cuya mesa de madera maciza oculta un cajón secreto para la correspondencia comprometedora, pues la Inquisición le rondaba (cuando no era el Conde-Duque). La vida de Quevedo es la de un aventurero barroco total, espía en Italia, conspirador en Madrid, putañero impenitente y enamorado sublime, espadachín pendenciero y místico arrebatado, animal de taberna y de castillo, genio popular y fino erudito, mártir de la libertad de expresión y cima del canon literario. Miró los muros desmoronados de una patria ya entonces cansada, pero cuya decadencia se antoja bastante más traumática que la que hoy vocea el populismo calculador.

Villanueva es Quevedo y también Cervantes. Su pareja andante está parada en bronce en plena plaza, con el caballero vuelto hacia su escudero en ademán de sermonearle. Encima de su yelmo ondea la bandera del arco iris que pende del balcón del consistorio, estampa que configura un Alonso Quijano pop bastante más ligero que el de la Generación del 98. Villanueva es cervantina por varias razones. Primero porque aquí -en un esquinazo de la calle Cervantes- se conserva más o menos como la describió nuestro novelista la casa del Caballero del Verde Gabán, don Diego de Miranda, histórico personaje a cuya puerta llama don Quijote en el capítulo XVIII de la segunda parte. A mí me abre la puerta don Ignacio, que heredó la casa como antes la heredó su padre y como la heredarán sus hijos, y así quizá desde poco después de que Mendizábal expropiara el inmueble a los jesuitas. Es un caserón de techos altos, patio porticado con columnas toscanas y entramado de madera, bodega para las tinajas de vino, biblioteca con su colección de Quijotes, aljibe en su centro y plantas bien regadas que ayudan a diluir el sofoco ambiente. Don Ignacio ha sido maestro: casi todos los niños de Villanueva que hoy son hombres pasaron por su aula.

-Sí, yo les daba a leer el Quijote original. Explicándoles las palabras, claro, que las tiene difíciles. Pero es un libro muy pedagógico, este. Contiene una cultura muy conveniente.

En su testamento pide Quevedo ser enterrado con el hábito de Santiago y sus dos espuelas de oro en la iglesia de Santo Domingo
Y como si yo fuese uno de sus alumnos, don Ignacio me va mostrando objetos misteriosos que cuelgan de las paredes y cuya utilidad solo los de su quinta conocen ya. Una cantarera para almacenar cántaros de agua. Unas tenacillas de triple aguja para ponerlas al fuego y que las mujeres se rizasen el cabello, o se desollasen la nuca. Un horcate para uncir a la mula. Una devanadera para hacer ovillos a partir de las madejas de lana.


Me despido del Caballero del Verde Gabán, que hoy va con camisa clara de manga corta porque caen de punta 41 grados. He de partir hacia Ruidera como un tuareg en busca de agua. Pero antes me despido también de Ramón, mi posadero, que me explica la leyenda de Juan de León. En ella se apoyan los cervantistas locales para hacer de Villanueva -y no de Argamasilla- el lugar de La Mancha de cuyo nombre etcétera. El tal Juan de León fue un loco local que, en compañía de otro vagabundo llamado Juan de Portillo, se paseaba por ciudades y campos vestido con calzas y malla y armado de ballesta y espada, cometiendo desafueros que le acabaron costando una sentencia de muerte. El caso es que cumplida la sentencia por orden del alcalde de Villanueva, la tía del ajusticiado recurrió ante el mismísimo Carlos V, quien sorprendentemente consideró justa la protesta y encarceló y desposeyó de todos sus títulos al alcalde justiciero. No debía de ser tan malo aquel lunático. Esta historia corrió de boca en boca por la zona a finales del siglo XVI, y es muy posible que llegara a oídos del andariego don Miguel. Con unas fanegas de su carcelero Pacheco y otra medida de este Juan de León pudo muy bien Cervantes amasar la carne demente de don Quijote.

y IX

"Balance interior de una quijotada", 11 de agosto de 2015:
 
El oasis de La Mancha brota en Ruidera para refrescar a reporteros y caballeros andantes. 

"Se albergaron en una pequeña aldea adonde el primo dijo a don Quijote que desde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si llevaba determinado de entrar en ella"

Nueve meses de invierno y tres de infierno, dicen por aquí. No sé si es la misma ola de calor de todos los veranos, pero padecerla sobre la llanura manchega desquiciaría a Alonso Quijano y a Mariano Rajoy. Por eso finalizamos nuestro viaje en Ruidera, que es el gran oasis de Castilla. El origen mítico de sus famosas lagunas se cuenta en el capítulo XXII de la segunda parte: en la cueva de Montesinos tenía el mago Merlín encerradas a quinientas personas, pero "se apiadó de Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de La Mancha las llaman las lagunas de Ruidera".

Su paisaje es un bálsamo para mentes recalentadas. En algunos puntos el agua es tan turquesa como en Ibiza, con la ventaja de que aquí uno no necesita dejar de ser humano para gozarla. El silencio es total, solo roto por el canto de las aves y el extemporáneo quejío flamenco de unos gitanos en vena de domingueros. El olor a tomillo y a romero que perfuma la estepa es sustituido por la atmósfera fresca de un pantano, y las langostas y los saltamontes son relevados por libélulas y mariposas. Da gusto terminar aquí, flotando en el llanto legendario de las hijas de Ruidera. Se me ocurre que la fecundidad final de este paraje metaforiza el nivel de vida interior que uno ha logrado embalsar en esta semana de nomadismo, ajeno a toda noticia que no datase del XVII.

A la mañana siguiente, antes de volver a Madrid, me acerco a la cueva de Montesinos en pos de la última alucinación. Es una abertura abrupta en mitad del monte; una reja candada nos cierra el paso, pero aún es posible descender hasta la boca y aventurarse unos metros en su interior rezumante, calizo, espeso. Lagartos y polillas, pero ni sombra de los murciélagos que decoraron la estancia onírica del héroe en uno de los pasajes más inquietantes y modernos de la novela. De aquella cala en lo mágico en que contempló espíritus caminando por palacios de cristal saldrá don Quijote un poco más cerca de saber quién es realmente, al modo en que los viajes ácidos -cuentan- pasean al consumidor por su yo más íntimo e incomunicable. Por eso queríamos concluir aquí: porque el llano recorrido durante días prepara los anhelos reprimidos que nutrirán visiones en la cueva de Montesinos. Esta caverna es la Ítaca no tanto del caballero como del lector que ha procurado identificarse con las tierras, los hombres y los ánimos que explican su cuerda locura. Después de este lisérgico colofón ya solo quedan los sueños. Y los sueños, sueños son.

Solo recorriendo estas llanuras se acaba de amar a esta figura dolorosa

Con la piel cocinada a fuego lento por la luz de junio y las retinas quemadas por el resplandor de los trigales, uno se pregunta, en fin, si no lo ha literaturizado todo de más. Si el manchego que leyera mis observaciones no las despachará como el producto de una sensibilidad impresionable y una educación cara. Lo que para él es cotidianidad, para el viajero es símbolo. Pero ¿no son acaso simbólicos todos los hechos? ¿Es analizable un atentado, por extremar el ejemplo, en su pura mecánica de detonación y sangre, prescindiendo de sus significados sociopolíticos, ideológicos, religiosos? Toda acción, todo gesto, todo paisaje es un cifrado que espera una decodificación. El hombre es un animal simbólico, y construye y traduce símbolos sin cesar y sin querer.

Tomemos el concepto de locura. Como en realidad su naturaleza se nos escapa, recurrimos a la metáfora geométrica de la excentricidad: un loco es alguien que se ha desviado del centro, que se ha extraviado por las lindes de la razón, donde acechan bestias oscuras llamadas paranoia, esquizofrenia o trastorno bipolar. Pero La Mancha ocupa el centro geográfico de España, así que quienes vagamos por lugares periféricos somos todos los demás. Los locos sois vosotros, les espetaba Panero a quienes le visitaban en el manicomio. ¿Y si es Cervantes el loco que Don Quijote ideó para encarnar su necesaria verdad?

¿Con quién nos quedamos entonces, con don Quijote o con Alonso Quijano el Bueno? Unamuno, que escribió una novela titulada Amor y pedagogía, escogió al segundo, porque es con quien se puede hacer pedagogía, pero amaba inconfesablemente al primero. ¿Se puede amar a don Quijote, aun sabiendo que su amor siempre desemboca en la melancolía del fracasado? ¿Se puede no amarle? No se puede preferir a Alonso Quijano sin haber conocido a don Quijote, del mismo modo que no se puede decir que abandonamos una doctrina sin haber creído en ella, o a una mujer sin haberla amado previamente.

Quizá en España han sobrado aventureros y faltado pensadores; quizá el prestigio aquí siempre lo dieron antes los cojones que los sesos

Pensaba Taine que don Quijote es el enfermo del espíritu que resulta de ocho siglos de cruzada contra los moros, prolongada más aún -hasta el agotamiento de las energías de la nación- por los conflictos étnicos con moriscos y judíos, por el establecimiento de la Inquisición, por las guerras de religión. Pero luego matiza que el hidalgo de La Mancha es también el arquetipo del idealista en toda época y lugar. Los regeneracionistas -y vivimos una época de regeneracionismo- deberán optar por Alonso Quijano, e incluso por Sancho Panza, porque saben que solo la moral práctica y la aceptación de la realidad empírica hace avanzar a las personas, a las instituciones, a los pueblos. Quizá en España han sobrado aventureros y faltado pensadores; quizá el prestigio aquí siempre lo dieron antes los cojones que los sesos. Pero ¿se puede aspirar a otra cosa que a fabricar relojes de cuco sin una imaginación calenturienta que se atreva a proyectar el disparate? ¿Habría construido su obra visionaria Santiago Bernabéu de haber nacido en Madrid, donde toda la fuerza se va en conspiraciones, en lugar de haber nacido en el enclave manchego de Almansa? He aquí una quijotada exitosa, más allá de tripletes coyunturales.

El carácter que Azorín llamó castizo, además, prepara para el fracaso mejor que otro. Es una escuela de estoicismo preventivo. Excita el anhelo pero jamás promete su satisfacción. Es una raza cuya pervivencia creo haber demostrado, y que emana del clima y del paisaje, y que no es étnica sino moral. "Por este camino, a través de estos llanos, a estas horas precisamente, caminaba una mañana ardorosa de julio el gran caballero de la Triste Figura; sólo recorriendo estas llanuras, empapándose de este silencio, gozando de la austeridad de este paisaje, es como se acaba de amar del todo, íntimamente, profundamente, esta figura dolorosa".

Y es dolorosa porque, al cabo, se revela impotente. Es la historia eterna de ese paisano tuyo que un día, harto de todo y de sí mismo, concibe una empresa irrazonable y rompe la inacción y da un puñetazo en la mesa del café... para caer estérilmente en el marasmo a la primera dificultad. Es la indignación santa del caballero y el conformismo zafio del escudero. La historia de lo peor y lo mejor de España.

Pero a pesar de los pesares, cuando el coche exhausto rueda ya de regreso por las calles urgentes de la capital, recordamos la definición que este Madrid mereció del displicente Cela: "Poblachón manchego". Y nosotros pensamos: ¡ojalá!

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