martes, 15 de septiembre de 2015

Parker reescribe su biografía de Felipe II

I

Jesús García Calero, Geoffrey Parker: «Felipe II merece el título de imprudente», Abc, 3-VII-2015:

Acaba de publicar «Felipe II, el Rey Imprudente», biografía que incluye la novedosa documentación recién hallada en la Hispanic Society of America.

En octubre de 2010 Geoffrey Parker (Nottingham, 1943) publicaba un libro que resumía su vida de investigación sobre Felipe II, con el arriesgado título de «La biografía definitiva». Justo después descubría en la Hispanic Society of America una colección de tres mil documentos que hacían añicos ese título. La pesadilla de cualquier historiador. Dice bromeando que se sintió ante un «juicio filipino». Después de estudiarlos, con más sabiduría y el mismo buen humor inglés de siempre, Parker publica «Felipe II, el Rey Imprudente» (Planeta), una biografía que se conforma con ser esencial en la que los documentos iluminan el relato y toman voz :

—Curioso que se diera cuenta tan tarde, porque «El éxito nunca es definitivo» era el título de un libro suyo sobre Felipe II, precisamente.

—Ojalá lo hubiera pensado mejor. Terminé en 2010 aquella biografía, que se presentó en El Escorial. Creía que ya podría divorciarme de Felipe II. Pero inmediatamente después topé con unas cartas entre el duque de Medina Sidonia y Felipe II, de 1588. En una de ellas el noble, uno de los hombres más ricos de España, le hace un chantaje al rey (risas).

—¿Un chantaje?

—Felipe II le acababa de pedir que mandase la Gran Armada contra Inglaterra y Medina Sidonia le responde que sí, después de intentar librarse: Majestad, yo voy a mandar su armada, pero tengo cuatro hijos que pasan hambre…

—¿Que les ocurría?

—¡Nada! El hombre más rico de España le decía al rey que sus hijos pasaban hambre y necesidad para pedirle, antes de partir, dos encomiendas. Después de leer aquellas cartas, le pedí a John O’Neill, conservador de manuscritos y libros raros de la Hispanic Society of America, que era quien me las había enseñado, que me dijera si había algo más entre sus fondos. ¡Y vaya si tenía! Me dijo: 32 cajas.

—¿Cómo siguió la investigación?

—Organizamos el asunto gracias a una beca de la Mellon Foundation. Eran tres mil documentos. Mil de ellos con muy poco interés, casi todos del duque de Sesa (nieto del Gran Capitán), que aportan datos sobre las cuentas en sus estados. También documentos en árabe de San Francisco de Borja, con las cuentas de sus propiedades, que estaban en Valencia. Estos no tenían interés político.

—¿Y los otros dos mil?

—Mil de ellos eran billetes pequeños, que tienen indudable interés pero no aportan novedades: en ellos el rey comenta cosas, a veces personales, como «estoy cansado», «tengo hemorroides», cosas que hemos visto en otros muchos documentos de Felipe II. Pero los últimos mil… esos sí tenían gran interés.

—¿De qué nos hablan?

—Hay unos quinientos del Consejo de Aragón interesantísimos. La mayor parte con apostillas del rey. Y está el intercambio de cartas de Felipe II y Medina Sidonia. Quiero destacar que sin el apoyo de O’Neill no hubiera sido posible todo esto. En solo dos meses organizamos todos estos papeles, con ayuda de Bethany Aram y Rachael Ball, y fue entonces cuando me di cuenta de hasta qué punto mi biografía de Felipe II no era la definitiva. Fue como si me hicieran un juicio «filipino».

—¿Por qué Imprudente?

—Tras la muerte del rey, su historiador, Antonio de Herrera y Tordesillas, preparó una «Historia del mundo en tiempo de Felipe II». Sugiere que, como todos los reyes castellanos de la historia, Felipe merece un epíteto. El sabio, el católico, el bueno… fueron los de reyes del pasado. Para su rey propone una docena de títulos, y uno de ellos era el prudente. Hay una marca en el documento, una flecha que indica que ese fue el epíteto elegido, el que le pareció mejor.

—¿Y porque otro historiador, Parker, le enmienda la plana?

—Pienso que merece también el Imprudente de mi libro porque algunas de sus decisiones condenaron a España a malgastar sus recursos. Especialmente contra Inglaterra, empezando en 1571, cuando por primera vez gastó muchísimo dinero en destronar a Isabel Tudor. La Armada no fue el único empeño caro. Y también con los moriscos, porque la guerra de las Alpujarras era totalmente innecesaria, una especie de Irak.

—¿Algo más?

—Por la inflexibilidad en su política contra los protestantes, judíos y musulmanes. En 1559 estaba en negociaciones con Francia y también a punto de lograr una tregua con el turco. Ganada la paz con Francia, dice: suprimimos las negociaciones con el turco. ¡Qué tontería! Veinte años de guerra en el Mediterráneo: ¡Imprudente!

—Pero si esa la ganamos en Lepanto.

—Claro que Lepanto es muy importante. La flota otomana estaba en Grecia, en una gran incursión al oeste. Fue muy importante esa victoria, pero fue táctica, en mi opinión. No estratégica. No se fue a Constantinopla. La guerra continúa. Y eso se habría evitado tal vez con paz en 1559. La tregua llegó en 1577. Fueron 18 años de guerra sin necesidad.

—Difícil estar en su pellejo, pero en el libro dice también que era el monarca más dotado del momento.

—De acuerdo. Gobernar un imperio global es algo que no podemos imaginar. Un consejero suyo decía «la cabeza de su Majestad debe ser más grande que la de cualquier otro». Y no era un cumplido. Su memoria era increíble. Recordaba con exactitud detalles de un documento que había visto por la mañana y corregía ese detalle al terminar el día después de haber trabajado en cientos de documentos.

—Hable de otros documentos que han cambiado su impresión sobre el rey...

—Hay una consulta de Antonio Pérez, después de la caída del duque de Alba que lo compara con Álvaro de Luna.

—Las intrigas se agravan con los problemas en Flandes. ¿Hay alguna novedad en el triángulo de traiciones entre Escobedo, Pérez y Juan de Austria?

—Los tres y el rey se traicionaron. Me encantaría conocer la colección de Margarita de Parma, que estaba en Nápoles, en el archivo que quemaron los alemanes en 1943. Había doscientas cartas de don Juan de Austria, ya que su hermanastra era su confidente.

—¿Qué peso se puede otorgar a su carácter inflexible, intransigente, en el retrato real?

—En 1571 trata de matar o prender a la reina Isabel. Los consejeros hablan de que está inflamado, como si no hubiera tenido en cuenta lo que le escribió el duque de Alba, que Isabel conocía sus planes. El rey perdió el sentido de la realidad. Con la Armada se repite. Todos los cambios de estrategia y la decisión final de requerir la reunión de la flota y el ejército es una tontería. Santa Cruz se lo hace ver y Felipe responde que es arriesgado «pero Dios, cúya es la causa va a proveer buen tiempo». Eso es la fe.

—No la perdió cuando fracasa la Armada.

—Hay dos documentos en archivos diferentes sobre la desesperación que vivió ante la falta de noticias. En el primero dice «muy presto nos habremos de ver en cosa que no querríamos ser nacidos» y está en el archivo Zabálburu. Y en Simancas está el documento del día siguiente sobre la propuesta a su consejo, en el que les anima a intentar un nuevo ataque.

—¿Qué le gusta menos del rey?

—Cómo malgastó tiempo en cosas como la invasión de Inglaterra en lugar de mejorar las infraestructuras. Fue una oportunidad perdida para hacer de España una nación más grande. La Gran Armada costó más que El Escorial. Lo más admirable es su red de información en un imperio tan grande y su capacidad para estar al tanto de todo. Su visión para lo grande y lo pequeño de su tarea es admirable.

—¿Qué le preguntaría a Felipe II si pudiera hablar con él por Skype?

—¿Mataste a Escobedo? Querría saber. Sé que conocía los planes, porque preparó las cédulas de tres de los asesinos y lo admitió implícitamente en el proceso a Antonio Pérez. ¿Y por qué?

El «chantaje» de Medina Sidonia a Felipe II para mandar la Armada.

Era sabida la inicial resistencia del duque de Medina Sidonia a cumplir la orden de mandar la Grande y Felicísima Armada contra Inglaterra en 1588. Pero las cartas halladas en la Hispanic Society iluminan este episodio con detalles sabrosos. El duque había dicho al rey que carecía de experiencia en batallas navales y se mareaba embarcado. Ahora sabemos que le chantajeó. En una hipérbole curiosa, el hombre más rico de España le dice a Felipe II que aceptará el mando pero que tiene «quatro hijos con mucha hambre y necesydad» y «estoy muy pobre y esta jornada me dexará destruydo». Por ello le exige dos encomiendas para ellos y se las pide antes de partir hacia Inglaterra. El rey encarga a su secretario la respuesta, «muy sabrosa», diplomática pero inflexible: recuerda que no otorga recompensas sino tras el servicio, así que después de embellecer la empresa diciéndole que él mismo embarcaría si pudiera, seguro de la victoria, «pienso dar dos encomiendas a dos hijos, pero no a su buelta, y también si él faltase».

En esta página se pueden ver, en la parte superior la carta del duque, más grande y con las frases resaltadas, y a su izquierda la respuesta del rey, con su caligrafía enmarañada.

Además de esas cartas, en la Hispanic Society hay un billete hológrafo del duque de Alba, de septiembre de 1577, año en que don Juan de Austria estaba en Flandes y Felipe II sospechaba de su lealtad. «La única fuente que tenemos son los libros de Antonio Pérez, su secretario, que cambiaba muchas cosas. Yo nunca había visto un documento independiente que confirmase las sospechas. Y este billete lo hace. El duque de Alba le dice al secretario Zayas que el rey no le escucha pero que deben llamar la atención del monarca porque don Juan “va a pasar a esta Corte para hacerse señor”. ¡Cuando tenía que estar en Flandes defendiendo los intereses del rey!», relata Parker a ABC. «Para venirse sin sperar licencia de Su Magestad y que aquí es donde le conviene estar, governando los negocios de su Magestad».


El año anterior ya había llegado a Madrid sin permiso del rey. Es interesante que ese billete esté entre los papeles del rey.

II

Geoffrey Parker, "El Duque de Alba da pistas sobre el asesinato de Escobedo en un billete", en Abc, 15/09/2015:

«Pocas veces ocurre que el descubrimiento de un solo documento transforme el modo en el que los historiadores comprenden los hechos del pasado». Ha ocurrido con este billete.

A las 9 de la noche del 31 de marzo de 1578, Juan de Escobedo, emisario confidencial de don Juan de Austria a su hermano Felipe II, cabalgaba por lo que hoy es la calle de la Almudena de Madrid cuando un grupo de seis asaltantes surgió de la oscuridad, y uno de ellos «le mató de una sola estocada» con «una espada ligera, de la marca de Castilla». Escobedo cayó de su caballo y se desangró antes de tener siquiera tiempo para confesarse. Los presentes trataron de apresar a los atacantes, pero todos ellos escaparon disolviéndose en las sombras.

Escobedo ya había sido el objetivo de otros intentos de asesinato, con veneno, empezando (de acuerdo con uno de los asesinos) «por la Navidad del año de 77», y después del último una esclava morisca de su servicio doméstico fue juzgada y ejecutada. Su hado hizo aún más sorprendente el hecho de que nadie fuera acusado, ni castigado, por haberlo asesinado en plena calle, y un embajador en Madrid anotó con asombro que dos semanas de pesquisas habían «fracasado en el intento de desvelar» la última pista de los malhechores, a pesar de que «sería casi imposible para un criminal ocultarse, especialmente cuando tanta gente estuvo implicada».

El embajador tenía razón: era «imposible», y de hecho cuando escribió esa frase los seis asesinos habían escapado de Madrid, gracias a la ayuda del secretario de Estado Antonio Pérez, quien remuneró a dos de los asesinos a razón de 100 escudos cada uno, y a otros tres con «una cédula y carta firmada de Su Majestad, de 20 escudos de entretenimiento, con título de alférez» en los Tercios españoles en Italia. De modo que Felipe había aprobado tanto la huida como la tentativa de matar a Escobedo.

¿Por qué debía morir Escobedo? Felipe insistió tiempo después en que Pérez «sabe muy bien la noticia que yo tengo de haber él hecho matar a Escobedo, y las causas que me dijo que había para ello», y por eso instruyó a sus jueces que «a mi satisfaçión y a la de mi conçiençia, conviene saber si estas causas fueron bastantes o no». Tras ocho vueltas del cordel, Pérez declaró que en 1577 Escobedo le había confiado que él y don Juan de Austria «vendrían a ganar a España y a echar a Su Majestad de ella». Pérez también presentó una carta que (insistía) le había enviado Escobedo, en la que anunciaba que don Juan planeaba dejar Flandes, y «aunque aquí y en cualquier parte servirá [don Juan] mucho, en ninguna tanto como cerca de Su Magestad para desde allí gobernarlo todo».

Solo una versión de esta extraordinaria carta ha sobrevivido: una copia que Pérez transcribió como parte del volumen de su correspondencia con Felipe, don Juan y Escobedo, que preparó en prisión mientras era juzgado a vida o muerte. Ocurre que los originales de algunas otras cartas del volumen preparado por Pérez sí han sobrevivido y revelan que falsificó sus versiones (presumiblemente para exculparse). ¿Quizás hizo lo mismo que esta que tratamos? Tantas incertidumbres llevaron a Fernand Braudel, el más grande hispanista del siglo XX, a concluir que «en este misterioso asunto nadie tendrá nunca la última palabra».

Pocas veces ocurre que el descubrimiento de un solo documento transforme el modo en el que los historiadores comprenden los hechos del pasado, pero un billete hológrafo, previamente desconocido, escrito por el III duque de Alba en 1577 y hallado en 2012 entre los manuscritos de la Hispanic Society of América en Nueva York ha provocado exactamente eso.

El duque, evidentemente, escribió su pequeñito billete sin datar a primeros de septiembre de 1577, cuando el Consejo de Estado debatía la petición de don Juan para que su sobrino Alexander Farnese, príncipe de Parma, se uniera a él en Flandes. Alba estaba cojo por un ataque de gota en esos momentos y por eso el mensaje que escribió a un ministro de Felipe es en extremo lacónico. Sin embargo, lo que el duque expresa es claro como el agua:

«Yo no tengo mano para poder scribir, pero con gran trabajo diré lo que me parece sobre la ida del príncipe de Parma. El Señor don Juan le quiere para en viendo el agujero -y aun quiera dios no sea antes- dexarle allí en su lugar y venirse. Y es consejo que de acá le an dado para venirse sin sperar licencia de Su Magestad, y que aquí es donde le conviene estar, governando los negocios de Su Magestad. Y vuestra merced me la hará [una merced] de dezir a Su Magestad que yo le digo lo que ay. Que Su [Magestad] hará lo que le conviene. Pero sepa que lo que le digo es verdad. No puedo más. Que si pudiera, bien obiera que dezir en la materia».

Alba, por tanto, sabía que don Juan había recibido «consejo de acá» (es decir, de Madrid) para regresar a España «sin sperar licencia de Su Magestad» a gobernar «los negocios de Su Magestad» -exactamente la situación que Pérez más tarde afirmaría que Escobedo le había comunicado.

El breve billete de Alba confirma, en consecuencia, que don Juan y Escobedo «vendrían a ganar a España y a echar a Su Magestad de ella», y Antonio Pérez, sin duda, debió de explotar el lado oscuro de su señor con el fin de asegurarse la aprobación real para el asesinato de Escobedo, primero con veneno tras «la Navidad del año de 77» y después por «una espada ligera de la marca de Castilla», en la calle de la Almudena, en Madrid, el 31 de marzo de 1578. A no ser que otro nuevo documento se descubra, el duque de Alba ha proveído «la última palabra» en «este misterioso asunto».