viernes, 22 de abril de 2016

Feria del libro

Como no hacía costumbrismo desde el año de mis anginas, salí a guisa de notario para ver qué eventos consuetudinarios acontecían en la rúa. Cada vez más parecida a Calcuta, Ciudad Real acusa unas diferencias sociales crecientes. Por ahí andaban los mendigos de la Gran Recesión de Zapatero y Rajoy, más los importados por Merkel, ya por activa (pidiendo y en pos de la gente), ya por pasiva (al lado de iglesias y supermercados, no a la puerta de los bancos, que es lo propio). A estos se añadían las madres minusburguesas con cochecito que piden para comer estos últimos de mes y los revolvedores de basura. Y hay que ver lo que echa a los contenedores la gente. He visto desde quijotes de escayola a zapatos viudos y consoladores fundidos. La gente pobre debía tener más dinero para hacer obras de caridad y echar a la basura cosas de más fundamento.

Como una nueva Egeria, quise peregrinar por el curso del meridiano que une los polos de un cuchitril tan marchoso como el Living, lleno de jevis moteros, colgones y artistas (el otro día me encontré allí a Paco Carrión), con el para desahuciados de La Abuelita, de cocido eminente y frecuentado por culturetas de segundo filón como este cura (el otro día me encontré allí a Joaquín González Cuenca). Pero me entró pereza y flato y me dije que no, que no, que no estoy para esos tambores tan lejanos.

Para quitarme, pues, tanta depresión, pensé si tomar un poco de esa droga permitida que es el jarabe para la tos Inistón (yo lo recomiendo con un ibuprofeno, que da más paz), pero opté por un té con limón más y marché a pisar como suelo las calles de esta ciudad, antes villa, aprovechando que se reunía el club de la lluvia: todos esos que solo salen de casa cuando la lluvia espanta las moscas de los sociables y los conduce adonde estamos apaciblemente los asqueados para joder la marrana, expresión intraducible que no alude precisamente a la hembra del porcino, sino al eje de una noria, que se denomina y llama así, malpensados, cuyo chirrido gruñe como el animal. Se trata de una vulgar expresión hortícola o poblachulesca, si preferís, y la única obscenidad que se le apercibe nace de que el eje dé tantas vueltas jodiendo u hozando con insistencia. Se jode la marrana cuando se la atranca con un palo o una piedra; y marrano viene del árabe "muharrám", que significa "cosa prohibida o tabú", como el cerdo para los musulmanes o la vergüenza para el pepero.

Así que me introduje en el antiguo Casino, donde se ha montado sin noria ni carrusel la Feria del Libro. La agenda de actividades infantiles era interminable; el Ayuntamiento ha hecho una gran labor. Por lo general la izquierda sucedánea valora las humanidades; incluso una cosa así como el idimitible e idimitido Josmari Barreda hizo una Biblioteca Municipal magnificente; eso ni se le habría pasado por las circunvoluciones a una Hermandad de Cabezones Huecos como la pepeíta, que tiene sin embargo a cantores del calibre de su dulce y enamoradísima La Tribuna, por más que el Lanza corresponda con lírica psoesía. Subiendo el iva del libro por encima del porno, su expelencia Gargajoy se ha convertido por el contrario en el Gargamel de la pitufería, a la que impide comprar cultura en baratillo; más que un Marriano lo que es es un Luciano capo di tutti capi que preside la gran Comisión del Saqueo de España, con familias mafiosas en Valencia, Madrid, Baleares y Granada, que se sepa. Más o menos el diez por ciento del iceberg, pues todas esas familias pagan protección al sindicato central de Alibabárcenas, el Fuerte. Eso es lo que son, más todo el pijerío fascineroso y psoricero que no paga a satanasa Hacienda, ajenos como han sido siempre al amargo rocío de la lágrima y el recorte, que en Sanidad ha provocado muertos.

Y hete aquí ante mí las últimas novedades librarias: las benditas nuevas novelas de las esperanzas locales, como Polvo, de la ilustre infanteña Maribel Riaza Chaparro; El abrigo de la corona, de Domingo Sánchez Parra, novela histórica sobre los orígenes de la actual Ciudad Real, publicada por Serendipia, editorial y librería que no para de hacer grandes cosas;  la Qal'at rabah del premiado narrador y dramaturgo torralbeño Francisco Romero Fernández; la Trilogía de Ciudad Real y los Microrrelatos de Carlos Barba Salvador... Muchos y muy buenos autores que no merecen el abandono en que los tienen los primates (segunda acepción) que administran la cultura local, solo atentos a fraguar enormes mazapanes cervantinos. 

Me han impresionado además los imaginativos dibujos de María José Fúnez Delgado (Membrilla, 1990), impresos en un volumen de Serendipia con un prólogo metodológico inspirado en el binomio fantástico de Gianni Rodari; se titula Fantasticario y por él circulan colegialas unicornadas, jirafas ciempiés, peces obús, cerebros anidados, orejas por los suelos, marmeladas y falenas marca Philips. Por otra parte, Raúl Sierra y José Luis Sobrino publican su álbum de historietas, tebeo o cómic La cruz de los casados, inspirada en la leyenda medieval ciudarrealeña, y mi amigo Pedro González Coello saca en comandita sus Relatos de Liliput. En la puerta, aprovecha Malvados para vender su cerveza manchega de autor y más allá el colectivo RAW expone sus fotografías. De los nacionales y asimilados no voy a hablar, salvo de la última novela del sobrevalorado Mario Bragas Rosa, hoy amante del azulejo porcelanoso, porque se ha salido de peruano y ya no es siquiera un nacionalizado españoide, sino un panameñil; un poco más y se vuelve hombre universal o ladrón extensible.

Los puestos (hay quien prefiere stands) de la Diputación y del IEM están muy bien; en este último hay auténticas antigüedades, como una cutre edición (1954) del jurista José María Martínez Val sobre La eutelegenesia y su tratamiento penal, en la que se contemplaba ¡ya entonces! la reproducción asistida, pero como algo criminógeno. Estas eruditas consideraciones sobre los aspectos jurídicos y utilitarios de la paja me recuerdan al ilustre capítulo "Amor propio" de La Habana para un infante difunto de Guillermo Cabrera Infante, fecundo en paronomasias; pero más al agotador Lamento de Portnoy de Philip Roth, que exprime el tema de un modo profundamente judío.