martes, 26 de abril de 2016

Las dimensiones del asombro en Shakespeare

En la última exposición de la Plaza de la Provincia, consagrada a las ilusiones ópticas y la magia, aparece la reproducción de un órgano humano llamado cerebro. Me extrañó lo pequeño que era y me suscitó la reflexión de si no era en realidad una glándula más del cuerpo destinada a segregar la realidad, o la ilusión que tenemos por tal.

La exposición es interesante sobre todo porque incorpora maravillosas películas del pionero español del cine Segundo de Chomón, el discípulo más aventajado de Georges Meliès. Tras verlas, no cabe sino repetir lo que Shakespeare: "Estamos hechos de la misma materia que los sueños y nuestra vida misma termina como un sueño".

El cerebro es un gran mentiroso. Está diseñado para crear simulaciones que unas veces encajan con la ignota realidad y otras veces no; pero en ningún caso abarcan todas las perspectivas de la misma, tan enorme, profunda y misteriosa es. La mente posee tan cortísimos alcances que no ha dado ninguna respuesta a las cuestiones fundamentales que nos importan, como no las dio a Montaigne, Cervantes, Shakespeare, Calderón, Leopardi, Goethe, Tolstoy... Autores todos que arriesgan preguntas pero no ofrecen respuestas. Si Cervantes nos dice "fuese y no hubo nada", Shakespeare nos dice "ese fue un hombre... ¿cuando viene otro?" y "la vida es una historia contada por un idiota, llena de estruendo y furia, y nada significa". 

Para hacernos una idea cabal de hasta qué punto el absurdo es el ingrediente más abundante del mundo, como afirma Borges, el mejor periodo es la época manierista de la literatura. En las Rimas de Lope de Vega, publicadas más o menos cuando Shakespeare dio a conocer su Hamlet, aparece una égloga titulada "Farmaceutria" vagamente inspirada en el "Idilio" II de Teócrito... pero no me voy a meter en erudiciones menudas cuando meramente estamos celebrando los cuatricentenarios de la muerte de Shakespeare y Cervantes; quiero llamar vuestra atención sobre el paralelo que puede hacerse entre unos versos de Shakespeare y otros de Lope en esa égloga representable. En Lope, el pastor Tirsi contempla la aparición del fantasma de su fallecida enamorada, la pastora Clori, reflejada en el agua donde bebe el ganado. Y comenta su amigo Meliso:

"Extraños y profundos / son, Tirsi, de los cielos los secretos / mil leguas yerra un hombre en dos segundos" 

En Hamlet, el protagonista y Horacio, también dos amigos, pasean por las almenas del castillo de Elsinor cuando contemplan también otra visión, el fantasma del padre del príncipe. Y dice Shakespeare a través del mismo:

"Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas las que pueda soñar / imaginar tu filosofía"

Son expresiones semejantes, al mismo tiempo iguales pero también distintas. Veamos. El sentido de lo que dice Lope es astronómico (Lope había estudiado matemáticas y astrología: no era un novicio en el tema). Dos segundos de arco corresponden a un segmento muy corto en una tierra central en el Universo, según el Almagesto de Claudio Ptolomeo, pero, si trasladamos este segmento al Cosmos, corresponde a un larguísimo segmento de "mil leguas" en el Stellatum. Lope se admira de lo poco que es lo terrenal comparado con lo divinal o celestial, lo mucho que ignoramos frente a las inteligencias angélicas superiores: privilegia lo divino sobre lo humano. Pero Shakespeare no: reparte por igual su asombro ante la tierra y el cielo: no desdeña lo terreno ni lo desprecia, como hace Lope. 

Ambos textos se pronuncian ante la irrupción de lo inexplicable, del absurdo, en el mundo: una visión que puede ser real (del latín res, "cosa") o no. Pero existe una notable diferencia: Lope es un cura asustado, aunque aún tardará en vestir sotana, pero Shakespeare no se asusta. Ambos se maravillan, pero Shakespeare se maravilla de todo y siente curiosidad también por lo terrestre y lo material: en la actitud de Shakespeare está implícito el progreso científico, el empirismo y el estudio de la naturaleza por Newton. En la actitud de Lope, sin embargo, el atraso y la beatería española fomentada por la ignorancia católica del mundo y la represión inquisitorial.

Las meditaciones que hace Tirsi luego poseen también otras curiosas similitudes con el drama de Shakespeare, tantas (el planteamiento del posible suicidio -ser o no ser-, la muerte de Ofelia en un curso de agua...), que me hacen sospechar si Shakespeare pudo haber conocido el texto de Lope o ambos tenían una fuente común; pero creo que las semejanzas son más bien fruto del espíritu de la época. Y los personajes del manierismo dudan por igual de su propia mente, como hará poco después el ilustre René Descartes. Ambos eran hombres que vivían de la ficción, del teatro: es lógico que se planteasen estas cuestiones.

Así que la mente, diseñada para engañar y engañarnos y sobrevivir en un mundo cambiante es la de don Quijote: si para Calderón la vida es sueño, para Alonso Quijano es "magia", encantamiento, goetia. Las apariencias engañan, como en la Plaza de la Provincia. Peter Hadke afirma que "toda razón es arbitraria para la razón"... y lo cierto es que, como todo el mundo se pelea por tenerla, no existe. Así de claro: no existe. Buda lo sabía; y ya decía Descartes, irónicamente, que el entendimiento humano debía ser la cosa mejor repartida del mundo, puesto que todo hombre pretendía tener más que sus congéneres.

Por último quiero retraer un poema del poeta español Gregorio Silvestre (1520-1569) donde ya se encuentran prefigurados los pentámetros yámbicos del to be or not to be. Con ello solo quiero significar lo mucho que se ignoran los tesoros de nuestra tradición cultural, esa que tanto desprecian los políticos. Se titula "Confusión":

¡Qué niebla, qué confusión! / ¿En qué Babilonia estoy? / ¿Si he de ser, si fui, si soy? / ¿Si tengo seso o razón, / o manera? / ¿Soy acaso o soy quimera? / ¿Soy cosa fantaseada / o soy un ser que no es nada, / o fuera más que no fuera? / Yo pregunto / si soy vivo o si difunto, / porque cuando miro en ello / no soy aquesto, ni aquello, / ni estotro, ni todo junto. / Ni hay que ver / si tengo o no tengo ser, / pues no soy gloria ni pena / ni cosa mala ni buena, / de pesar ni de placer. / He pensado / que soy un concepto errado, / un desastre de ventura, / un siniestro de natura, / compuesto desvarïado / de elementos. / Rüina de pensamientos, / cisma de sentidos varios, / revolución de adversarios, / furia de contrarios vientos / y aún peor. / El mismo qu’es el dolor / de mí sale y yo soy él; / él está en mí y yo estó en él / por una regla de amor / señalada; / no es mi vida atormentada / de desdichas de fortuna, / ni tienen fuerza ninguna / si de mí no les es dada / de prestado. / Yo no siento / ni alcanza mi pensamiento / qué mal tengo, ni en qué grado, / que el andar desvarïado / confunde el entendimiento. / No es penar, / no es tormento ni es pesar, / ni morir ni enloquecer, / sino que, a mi parecer, / es más que todo a la par. / Esto he olvidado: / si el principio fue causado / (y al fin me acuerdo que sí) / de una gloria que perdí / por querer demasïado. / El cómo fue, / por la pena que pasé / y el dolor que he sostenido, / pienso que ya lo es sabido, / pero agora no lo sé. / Así estoy más que perdido, / sin saber cómo ni cuándo, / desesperado esperando / que no sea lo que ha sido. / Vengo a tanto, / que de ver cuál es y cuánto / este mi grave cuidado, / me quedo de mí espantado / cómo de mí no me espanto. / En fin, hallo / que es yerro desmenuzallo: / mejor es para mi fe / que se piense que lo sé / y que por algo lo callo. / Yo he hecho lo que he podido; / Fortuna, lo que ha querido.