martes, 5 de abril de 2016

Un día en la piscina.

Entre los cuatrocientos textos estancados que tengo en este blog y de los que voy sacando y actualizando algunos desde hace unas horas, está este de hace años que he retocado algo:

He visto algunas películas en estos días pasados; La legión del águila, Harry Potter y las reliquias de la muerte, Guía del autoestopista galáctico y unas cuantas más, que podría recordar mejor si las guías de Internet estuvieran hechas para gente alfabetizada; ahora sólo domina el iconito, el vídeo y la imagen que no conduce a algo ni informa de nada. La imagen vale mucho... pero que mucho menos que mil palabras. La gente de hoy en día es, menos que analfabeta, atextual: es incapaz de comprender un texto de más de medio renglón. Ejemplos: twiter, facebook, chats, móviles y demás. Este fragmentarismo nos va a romper a todos la cabeza. Debería de aprenderse mecanografía desde el parvulario, pero, habida cuenta de que todo el mundo te quiere cobrar hasta por tener vergüenza (que, dicho sea de paso, sale muy cara), dejémoslo a la enseñanza privada de uno mismo, pues fui yo mismo quien me preocupé de enseñarme esa materia, y no otro. La cuestión parece baladí, pero, ¿a que no habéis pensado que, sin esa facilidad que tengo para teclear, no habría podido escribiros los cuatro mil reportes que llevo de momento en esta bitácora?

Esta mañana me he ido a la piscina de San Martín de Porres, que es la falangista antigua que llamaban de Educación y Descanso; los supraburgueses se suelen ir a la del Polideportivo Príncipe Juan Carlos, más monina y molona, y los ultrapijos a la cubierta del gimnasio que hay al lado del nuevo conservatorio; yo, un infraburgués, me siento mejor en esta, pues pocos me conocen y, aunque me roben de vez en cuando, uno aprende también a guardar la ropa y la gente te trata con más educación, esa educación castellana tan llana y castiza. Las hormigas rojas se mostraron también muy educadas, aunque algo confusas, porque algunas se despistaron y subieron a mi toalla; yo las devolví al sendero recto con mi mejor papirotazo; espero que el chichón no les haya dolido demasiado; después de todo están muy lucias y gordas por las tortillas y paellas del bar lateral. El sol estaba en la gloria, afotoneándome de lo suyo, y me dejó colorado cangrejo a pesar de la capa de óleo sobre mi castigado pellejo aún por tatuar; mis sandalias playeras de un euro demostraron que lo barato es caro, porque una se deshizo enseguida. Y mis hijas hacían largos y cortos y el pino en el agua. Yo, a la braza, y leyendo el periódico El Mundo, generando vitamina D y doliéndome de un calambre por falta de potasio. Y así, remojados y arrugados como garbanzos, nos volvimos a casa.