jueves, 14 de julio de 2016

Calimero

O Rajoy. Nadie le quiere. O solo sus clones. Qué se le va a hacer, que haga política consigo mismo usando su mano invisible, la de Adam Smith. Pero como hacer eso es tan aburrido como mencionarlo, hagamos costumbrismo, que es tan veraniego como irse a comer fuera. La mejor paella, en Las Vegas; el menú más económico, en la EUITA; el mejor cocido, en La Abuelita; la mejor ensaladilla, en Nuevo Centro... y así. A no ser que seamos estómagos pijos, gastosos y degenerados a lo Ferrán Adriá. Por cierto, que una vez fue a comer al Bulli Bear Grylls, capaz de digerir hasta criadillas de cabra, y le dijo:

-¡He comido mierdas mejores que esta!

A lo cual, con súbito interés, respondió por lo bajito Ferrán Adriá:

-Y... ejem, ¿le importaría darme la receta?

Por no hablar de la fastuosa economía de la comienda. Hasta el dómine Cabra habría pasado gazuza. Los pases de modelos se han vuelto una danza macabra y lucir buena osamenta (por no hablar de esos ojos sumidos en pozos sombríos de rimmel) tiene a las chicas exangües estudiando gótico y bebiendo vinagre como los poetas románticos. La lujuria, a hacer puñetas. No hay ternura alguna a que aferrarse, y culos antes ingentes se han rebajado víctimas de la crueldad de los gimnasios o se han vuelto oblongos y estirados y las tetas se redujeron a forúnculos. ¿Dónde está el equilibrio clásico? Como dice la coplilla: Teta que mano no cubre, / teta no es, sino ubre. / Teta que no cubre mano, / no es teta, sino grano. Tanta bella despeluchada y andrógina invitaría a ahorcarse en un armario empotrado si no fuese porque eso también nos dejaría en los huesos. Una enorme epidemia de disentería tiene a nuestras muchachas al borde de la espiritualidad, con lo poco espiritadas que son, que no tienen ni para inflar un suspiro.