domingo, 7 de agosto de 2016

Los justamente vencidos, los injustamente vencedores

Hoy, cuando acaba de morir un filósofo como Gustavo Bueno, que exigiría un artículo aparte, creo conveniente evocar a Julián Marías, marginado por la derecha durante el franquismo y también por la izquierda socialista de los ochenta. Él se refirió a las dos asquerosas Españas que aguantamos los que somos solo españolitos venidos al mundo con una paradoja que suena a unamuniana, aunque él fuese orteguiano: “Los justamente vencidos, los injustamente vencedores”. 

Pero para mí tenía tanto o mayor sentido la frase de Manuel Azaña de que lo realmente horrible de nuestra Guerra Civil fue su inutilidad: que no arregló problema alguno y los empeoró todos, que tardamos quince años en llegar siquiera al mismo nivel que antes de la contienda, y eso solo en aspectos macroeconómicos. Añadía Azaña en ese pasaje tan poco citado de su La velada en Benicarló que, como no habían resuelto ningún problema, las dos Españas continuarían enfrascándose en disentimientos todavía muchos años después, y en eso creo yo que acertó mucho más todavía. Porque todavía sigue en el poder la gente inútil y, lo que es peor, parecen haber convencido a todo el mundo de que la inutilidad es inevitable. Tan inevitable como quisieron, quieren y querrán decir que fue la Guerra civil.

Inevitable fue la guerra contra Hítler y sus obcecados partidarios, guerra fraguada por la injusticia con que Inglaterra y Francia (que cobardemente se abstuvieron durante nuestra Guerra Civil) trataron a Alemania, y originada al fondo por la degeneración de los mecánicos sistemas de alianzas de poder heredados de la Europa de Bismarck que fraguaron la primera. Se trató de una guerra contra los infractores de los derechos humanos, de una guerra contra el nihilismo. Pero el nihilismo no perdió completamente la batalla: subsistió en el estalinismo, en el franquismo, en los regímenes dictatoriales que se esparcieron por todo el planeta y que negaban los derechos humanos fundamentales, sobre todo el más básico: el de que todos hemos de ser tratados con igualdad por la justicia. El nihilismo siguió incluso originando más guerras inútiles: Indochina, Irak...

En la España de posguerra todo era cuestión de etiquetas: ante un hombre, un currículum, una idea lo primero que se etiquetaba era si era de derechas o de izquierdas. En el poder siempre estaba el omnímodo Mikado de la opereta inglesa, cuyo remedo apenas alcanzan a parodiar las marionetas que nos gobiernan y sus continuos abusos de poder y desvergüenza, en los que el partido socialista, según ellos mismos, no les fue en zaga. Unos inútiles, en suma, como bien supo ver Azaña. Y, ahora mismo, ¿seguirán siendo unos inútiles los que siguen en su guerra? A la historia me remito.