jueves, 8 de septiembre de 2016

La poesía de Cervantes

Cervantes no era tan apreciado como poeta como lo era por prosista: eso le causó siempre una gran inseguridad, ya que él se tenía fundamentalmente por poeta. Son muy citados sus versos del Viaje del Parnaso, I, vv. 25-27:
 
Yo que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo

Su modelo máximo fue Garcilaso de la Vega y la filosofía del amor neoplatónica de los ''Diálogos de amor'' de León Hebreo; pero estos modelos se antojaban ya periclitados a fines del siglo XVI y comienzos del XVII, hasta el punto que el propio Cervantes se llamó "Adán de los poetas" por lo viejo que se sentía respecto a las nuevas modas y sus manierismos. Ya en La Galatea, III, había escrito en una égloga, haciéndose eco de un famoso pasaje de la tercera de Garcilaso:

Que no está en la elegancia
y modo de decir el fundamento
y principal sustancia
del verdadero cuento,
que en la pura verdad tiene su asiento

Garcilaso en su ''Égloga III'' escribió:

Mas a las veces son mejor oídos
el puro ingenio y lengua casi muda
testigos limpios de ánimo inocente
que la curiosidad del elocuente

Se han perdido o no se han identificado casi todos los versos que no estaban incluidos en sus novelas o en sus obras teatrales; Vicente Gaos, en su edición de 1981, contó 186 poemas de autoría segura y 17 atribuidos, pero esta selección excluye numerosos poemas sueltos que pueden extraerse de su teatro, por ejemplo la jácara "Año de mil y quinientos..." incluida en El rufián dichoso y cuyo fin anticipa el famoso "fuese y no hubo nada". Si bien se le suele llamar inventor de los versos de cabo roto, en realidad no fue él, sino Alonso Álvarez de Soria, elogiado por Cervantes en su Viaje del Parnaso como "andaluz tozudo" y "tirador repentista". Cervantes declara haber compuesto gran número de romances, cuya forma, escribió, "a todas acciones se acomoda" y entre los cuales estimaba especialmente uno sobre los celos:

Yo he compuesto romances infinitos,
y el de los Celos es aquel que estimo,
entre otros que los tengo por malditos (Viaje del Parnaso, IV, vv. 40-42) 
 
En efecto, hacia 1580 participó con otros poetas más jóvenes (Lope de Vega, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo) en la resurrección del Romancero nuevo que imitaba al antiguo. Compuso romances moriscos como "El desafío de Alimuzel", incluido en su comedia El gallardo español, o el pastoril "Yace donde el Sol se pone / entre dos tajadas peñas...", comparable a los mejores de Pedro Liñán de Riaza o Lope de Vega y que parece ser el famoso "romance de los celos" al que aludía. Pero su genio cómico no podía por menos que rebelarse contra modelos tan formales, así que también parodió las fórmulas del género con sus romances de Altisidora y en varios pasajes del Quijote, al que no en vano han atribuido origen en el también paródico Entremés de los romances

Los primeros textos poéticos que se le pueden atribuir fueron cuatro composiciones dedicadas a ''Exequias de la reina Isabel de Valois''. Otros poemas fueron: ''A Pedro Padilla'', ''A la muerte de Fernando de Herrera'', ''A la Austriada de Juan Rufo''. Se alaban mucho sus dos canciones a la Armada Invencible, una anterior a su marcha y otra después de su fracaso, y el soneto "¿Quién dejará del verde prado umbroso...", rematado por un endecasílabo inolvidable: "Libre nací, y en libertad me fundo". El genial autor alcalaíno asentó algunas innovaciones en la métrica, como la invención de la estrofa denominada ovillejo y el uso del soneto con estrambote. Como poeta sin embargo destaca en el tono cómico y satírico, y sus obras maestras en este estilo son los sonetos ''Diálogo entre Babieca y Rocinante'', ''Un valentón de espátula y greguesco'' y ''Al túmulo del rey Felipe II'', del cual se hizo famoso los últimos versos:
  
Caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. 

La admirable ''Epístola a Mateo Vázquez'', que expone su inquebrantable rebeldía frente a la adversidad en las prisiones de Argel, fue durante un tiempo considerada una falsificación literaria parcial (pues la mayor parte del texto sí es cervantino: procede de un monólogo del cautivo personaje autobiográfico Sayavedra de El trato de Argel, comedia de Cervantes) improvisada por el erudito decimonónico Adolfo de Castro, ya que el original de donde la copió no había aparecido hasta muy recientemente; sí que es segura su falsificación del folleto en prosa El buscapié, supuesta vindicación del Quijote que habría escrito Cervantes, superchería que levantó no poca polvareda en el siglo XIX.