lunes, 3 de octubre de 2016

El padre Juan Mugueta, apologista de la Guerra Civil I

En 1937 el canónigo magistral de Ciudad Real y doctor en filosofía Juan Mugueta escribió una curiosa defensa del "Alzamiento nacional" y la guerra "civil" emprendida por los militares de su país bajo el título de Ellos y nosotros. Al mundo Católico y al mundo civilizado. Curiosa es ya desde su mismo título, en que figura Católico con mayúscula y "mundo civilizado" separado del católico. Otra cosa intrigante es que está escrito con intención no ya de denigrar a la democracia, sino a la derecha cristiana que es democrática. Este cura (perdón, este político con sotana) veía la oportunidad de rehacer España a la imagen y semejanza de su vieja interpretación austracista, mirando siempre hacia atrás, como los cangrejos, por lo que habla de un reparimiento de la nación: "Los pueblos nacen, ha dicho Cossío, de un momento de meditación en la hora del dolor. Este renacer de España en una alborada de sangre, entre clarinazos de triunfo y toque de oraciones, hay muchos que no lo entienden o no lo quieren entender" p. 11-12.

Cita, como años después los sacerdotes de la teología de la liberación, los mismos textos bíblicos pero con sentido exactamente opuesto: "Hemos leído en alguna parte que la verdad siempre triunfa, a condición [de] que se la defienda. Este ha sido nuestro propósito, al escribir estas líneas, exponer la verdad y defenderla. Si lo lográsemos habremos contribuido con nuestra parte alicuota a liberar a España de la invasión de los bárbaros bolcheviques, porque está escrito -veritas liberabit vos- la verdad os hará libres", p. 13. Enseguida sirve el primer plato o capítulo contra la nauseabunda derecha liberal, democrática y republicana (luego la emprenderá con los sacerdotes vascos que apoyaron el régimen democrático). Le molestaba sobre todo el crédito que daban a la misma en el extranjero, mayor que el que prestaban a los militares y otros uniformados de la rebelión: "Lo que causa no solo sorpresa, sino asombro, es que un periódico tan característico como La Croix, órgano prestigioso del pensamiento católico francés, afeando su nombre y emborronando su historia, se haya puesto al servicio de nuestros enemigos, admitiendo colaboraciones y dando informaciones peor que tendenciosas, lo que constituye un caso de bochornosa defección en los principios de la solidaridad cristiana".

Y es que Mugueta estaba acostumbrado a la censura; se lo justifica diciendo que "los emisarios del Frente Popular, a pesar de su odio al Evangelio y a Cristo, no vacilan en disfrazarse, cuando les conviene, de vestales del Cristianismo" p. 16. Fuera de elogios hoy en día bastante incomprensibles, como a Mola, "ilustre general que a la vez es notable escritor" p. 16 (¿?) o a las "interesantes charlas" del matarife Queipo del Llano (p. 17), no entiende de sacerdotes demócratas, que identifica con el planeta rojo de Satanás, "unos pocos compatriotas nuestros, sacerdotes y religiosos, apóstatas de la hispanidad, convertidos en agentes de Moscú y corredores a sueldo de los gobiernos de Azaña y de Companys, que andan por esos mundos esforzándose por ganar con equívocos y trapantajos el apoyo de los católicos y personas decentes en favor de los Nerones españoles", p. 17; para él son una "majada de lobos con piel de oveja que tratan de alborotar el redil de Cristo".

Igual de encogido descerebramiento alcanzan sus pestes contra los políticos demócrata-cristianos, y en especial llama "la atención del mundo culto sobre la extraña sensibilidad de ciertos juristas que, como el señor [Ángel] Ossorio y Gallardo, hacen escándalo ante ciertas anomalías del Derecho, se rasgan la toga ante supuestos atentados al Poder constituido, mientras permanecen silenciosos y beatíficos, sin voz y sin vista, cual señoras de compañía de la prostituida Democracia, ante la violación permanente, por parte de los suyos, de todos los preceptos de la ley natural. Y como si esto fuera poco, afectan condolerse como católicos, "unidos por el mismo lazo de la fe sobrenatural", y lloran, como venales e hipócritas plañideras "el mal irrogado por las huestes de Franco a la religión y a la Patria" (pp. 18-19). Al cabo uno se convence de que habla de sí propio cuando alude en su sermón político al "cinismo de Caín acusando a Abel" y afirma que "tenemos enfrente a los crucificadores, no a los cruzados", a unos "alguaciles de la Masonería", organización, por cierto, tan similar en estructura, ceremonias y fines a la Iglesia Católica Romana que uno no ve sustanciales diferencias entre ambas, salvo la tolerancia mayor de la primera, que los segundos desfiguran llamándola "misericordia".

El segundo capítulo del flamígero sermón, tan surtido en denigracias como el anterior, se titula "Ambiente político-social en la fecha del alzamiento"; cita en sus albores al papa San Gregorio: ante consumationem omnia perturbantur, porque "la prueba irrecusable de que una nación esquilmada por una política de logreros y raída por el cáncer social está a punto de disolverse, como manzana podrida, son las convulsiones y sacudimientos epilépticos que en ella se suceden". Ese era el ambiente antes del "grito libertador" de un régimen que se iniciaba con "fiesta de rufianes y orgía de prostitutas". Cita (no podía faltar en el disco rayado que ahora mismo estoy poniendo) la quema de edificios religiosos y "la insurrección de Asturias... la cual no era política como entonces se dijo, sino social como después se ha sabido, toda vez que tenía por fin inmediato la implantación de la república socialista como puente a la república soviética", p. 27. 

Azaña le parecía en el 36 un moderado "hipócrita, farisaico" y un "equilibrista fracasado" que ha sido sustituido por un "calculista frío y estoico, sin moral y sin creencias, capaz de firmar, sin que le tiemble el pulso, la entrega de la Patria a los miembros del Comintern". Ni se le ocurre pensar que todo eso fuera facilitado por la desestabilización todavía mayor que el golpe de estado creó en la recién nacida república democrática, cuya ingenua celebración jubilosa por el pueblo se explicaba por haber sido este envenenado por "toda clase de propagandas subversivas". Así que, "de esta suerte España quedaba dividida, políticamente, en dos zonas y en dos castas", p. 29. 

Prosiguiendo con una retórica pantuflista al más puro estilo Eduardo Inda, afirma que "la sala de los magistrados se convierte con frecuencia en tenida de masones o reunión de comités. Los jueces prevarican ante el miedo o el halago" (ignora o le da igual el miedo que él mismo insufla). Casi ni alude a las ansias económico-salariales del ejército africanista sublevado "con los mandos de más responsabilidad confiados a mediocres o ineptos", pintando el tópico y fatigoso panorama pantuflista de lugares comunes con que se nos ha aturdido durante décadas:

En la Cámara legislativa la mayoría ruge siempre que hablan las minorías. A la fuerza de la razón se replica con la razón de la fuerza. A los tonos mesurados y corteses con el desplante y el vocerío. Un día se desvela la muerte trágica que había de tener Calvo Sotelo cuando dice La Pasionaria "este hombre ha hablado por última vez". En otra ocasión se advierte a Gil Robles que habrá de morir con los zapatos puestos. En el mismo banco azul los ministros toman, al contestar a los jefes de la oposición, actitudes de chulería, porque saben que está en el hemiciclo, esperando órdenes, armado el escudero. Decididamente al parlamento español en las postrimerías de su funcionamiento cuadraba a perfección lo que dijo Leuduski de la Dieta de Francfort: "Esto huele a canalla", p. 31.

Por supuesto, esta prosa del régimen ignora la conexión del financiero corrupto y presunto asesino Juan March, perseguido por la República a causa de su increíble falta de escrúpulos, con el golpe que financiaba; más adelante March sobornaría a los generales franquistas para impedir que España entrara en la guerra americano-ruso-inglesa contra el aliado de Franco, Hítler, no por patriotismo y evitar la muerte de más españoles, sino porque sería malo para poder controlar sus pingües negocios en el país. Paso por alto las ridiculeces que tanto ofendían a Mugueta y que sirvieron para justificar su amada, su necesaria sangría colectiva para lavar más blanco a España y dejarla tan limpia y cerril como era su sueño, renunciando a la sucia democracia, palabra esta que no aparece ni una sola vez en su libro, ese ente utópico tan adulterable y corruptible como hemos visto desde cuarenta años acá, aunque por lo menos citaré una enumeración de los cocos de este niño rabioso dizque cura: "El laicismo, el matrimonio civil, el divorcio, el amor libre, la secularización de los cementerios, el expolio de la Iglesia mediante la nacionalización de sus bienes, el atentado a la propiedad privada, el encono contra la burguesía y el clero, el anatema contra todo lo auténticamente tradicional, la gravitación hacia la dictadura del proletariado, el abrazo con el soviet, la entrega de la soberanía nacional al separatismo, de la sociedad al comunismo, de la Religión al masonismo", p. 32. Otras veces es más explícito: "La prostitución de las costumbres al amparo de la más amplia y cínica licencia, la disolución de la familia por las nupcias sin altar, la profanación de la niñez en la Escuela sin Dios, la disgregación de la sociedad bajo el influjo corrosivo del anarquismo militante, la mutilación de la Patria por la cuchilla separatista, la corrupción absoluta del Poder público en monstruoso maridaje con los enemigos del Estado", pp. 37-38. Había que "poner un tope al despotismo en la Presidencia, a la arbitrariedad en el Gobierno, a la prevaricación en los Tribunales, a la demagogia en el Parlamento, a la revuelta en la calle, al sacrilegio en los templos, a la blasfemia en las cátedras, a la inducción al crimen en la prensa y en el mítin, al insulto a la fuerza armada, a la caza del hombre por el hombre, a la petulancia de las juventudes libertarias, al pistolerismo profesional, al asesinato a domicilio, a los avances de la anarquía en la ciudad y en el campo, a la irrupción del vandalismo por todas las avenidas de la Patria en ruinas". En fin, que quería una España más sencilla, ignorante, plana y, en suma, hipócrita. Creo que no es mal resumen; compárenlo con ahora y donde dice soviet pongan ahora Venecuba del Norte y donde "enemigos del estado" pongan bancos. No estará de más explicar que si la República pidió ayuda a la URSS fue porque no se la dieron ni franceses ni ingleses ni estadounidenses, y bastante trabajo costó lograr incluso que hubiera brigadistas internacionales, mientras que los militares obtenían el crédito y la amistad de unos santos de Palmar de Troya como Hítler y Mussolini. Ya resulta gracioso comparar el "pistolerismo profesional" con el "ejército profesional" que se levantó contra la democracia. Más pistolas que entonces hay en Estados Unidos, Suiza o Finlandia y quizá si hubiéramos tenido tantas como ellos nos hubiera ido mejor para defendernos que confiar en un ejército o una guardia civil levantada contra el pueblo que habían jurado defender.

El siguiente capítulo es "Carácter patriótico y religioso del movimiento salvador". Aquí dice la primera verdad: que el movimiento no lo promovió el pueblo (claro está, si era antidemocrático), sino el ejército, por "sentido del honor". O sea, como en el siglo XIX. "Queipo del Llano terminó su primera charla ante el micrófono con un viva a la república honrada y el infortunado Godet declaró que todo su crimen consistía en haber querido arrancarla de manos de los que la estaban degradando" (p. 36). Mugueta convierte en pueblo infiel al pueblo español contra el que se levantaron los militares que debían defenderlo para proclamar una "Santa Cruzada" medieval, a la que no dejaron alistarse al rey exiliado como una especie de Corazón de León. Y menciona la bendición del papa Pío XI al ejército franquista en la alocución La vostra presenza del 14 de septiembre de 1936, discurso tan mal interpretado y censurado en España que sirvió para proclamar la guerra como la tal "Cruzada", justificando así toda violencia en nombre de Dios para recuperar el sepulcro de la santa tradición de hacer las cosas violenta e injustamente.

El capítulo tercero lleva por título "Ellos y nosotros. Su obra y la nuestra". Y lo primero que recuerda es una frase de Maura que tiene un estilo típicamente rajoyano: "Ellos son ellos y nosotros somos nosotros". Una auténtica joya para dialogar con los besugos (esto es -para quien no lo entienda, que los hay- para romper cualquier atisbo de entendimiento en el diálogo). "Somos inconfundibles", proclama, y "hay una tendencia en el extranjero a considerarnos a todos como salvajes de distintas tribus, cuyos individuos solo se distinguen en la forma del indumento y el color del taparrabos". Los rebeldes en su terminología, los demócratas, "pertenecen a los grupos infrahumanos de los sin Dios, sin Patria, sin hogar y sin amor. El amor para ellos no es amor, sino simple estímulo de reproducción, el hogar un departamento del proyectado falansterio, la Patria un sector de la gran Patria a la que aludía Sócrates cuando dijo soy ciudadano del mundo", p. 42. ¡Dios mío, qué malo es Sócrates! Sigue por este estilo reduciendo al ser humano demócrata al estado de la mierda inorgánica: "El hombre en la filosofía marxista no es más que un tubo digestivo [...] no hay más que una Divinidad, dicen, la fuerza, y un solo sacerdocio digno de esa Divinidad, la Técnica", p. 48. "Muchos de ellos tienen tara de degenerados y tatuaje de presidiarios [...] hombres con instintos de fieras y fieras con conocimiento y perversión de hombres".

Menciona entre los caídos de su Cruzada a diez obispos "y dieciséis mil sacerdotes y religiosos". Ah, eso sí: no menciona a ningún religioso "martirizado" antes de la Guerra Civil que apoya y sanciona el Papa "que bendice ejércitos", como escribe Borges, ni a los muertos por el otro bando, que son de peor calidad. "Vamos reconquistando para la Patria a Cristo [...] ya tenemos la cruz en las escuelas, al Sagrado Corazón en los municipios, maestros fervorosamente católicos al frente de la enseñanza, profesores creyentes, prestigiosos y cultos en institutos y universidades, a los jesuitas en sus residencias y en sus colegios, a hombres de recia fe y vibrante españolismo presidiendo las instituciones políticas y sociales", p. 53. Ya se vería cuánto avanzó esta "ciencia" en una España católica en la que se daban las cátedras universitarias por méritos políticos: todavía tenemos una de las universidades más mediocres del mundo, en parte por esa inercia y por esa heredada fuga de cerebros, que se dejó aquí solamente a los acostumbrados a no pensar o a hacerlo sin libertad. Nuestro único premio Nobel incluso era medio estadounidense y tuvo que marcharse fuera para investigar. Es más, Franco echó o reprimió a todos los discípulos de Ramón y Cajal... la neurología española nunca más levantó "cabeza" pero, a cambio, ¡qué magníficos curas y monjas tuvimos! En fin, el doctor Mugueta animaliza al enemigo de la misma manera que Hítler, su aliado, a los judíos. Un ejemplo entre muchos: "Según un emigrado ruso, bastarían quince años de régimen bolchevique para que los hombres se cubrieran de pelos como las bestias", p. 55. Me parece que el doctor Mugueta no andaba muy fuerte en biología... si le hubiese dado esa materia un profesor republicano... Concluye así: "Y pensar que haya personas de derecha que por temperamento, por vocación, por lógica, por catolicismo y humanidad, debieran militar en nuestro bando y se han pasado a la banda. ¡Qué pena!", p. 55.

El padre Juan Mugueta ignora conscientemente toda la doctrina social de la Iglesia que desautoriza a la vez a la izquierda y a la derecha (lo que equivale a no decir nada; ya se ha visto cómo los curas interpretan la Biblia -o esa verdad que "hace libres"- en un sentido o en el opuesto según les convenga). El cuarto capitulillo es "El respeto al Poder constituido". Es tan abiertamente ridículo (un rebelde al poder político sostiene que se debe respetar el poder político) que no me extenderé: ya hemos visto que la razón no es lo fuerte del doctor Mugueta, sino la fe, una fe que sería de carbonero si no fuera este un odioso proletario. Por eso lo primero que hace es negar que hubiera en España poder político; ya cómodo, después de esto, poca coherencia se puede esperar ya: canta las bondades del "fascismo" y del "caudillo" contra los "maffiosos" vacilantes demócratas, así que no añadiré más por ahora.