jueves, 20 de octubre de 2016

Los palacios del poder

El poder no es compatible con la gente: la detesta o la olvida. Luis XIV, por ejemplo, huyó de París y se diseñó en Versalles una ciudad más hermosa en miniatura y como siempre quiso, a la medida de su mundano y mitológico narcisismo. Pero ese modelo trascendió, porque, andando el tiempo, París llegó a ser otro Versalles: frío, limpio, geométrico, formal. Felipe II, su contramodelo, se había construido en El Escorial no un templo pagano, sino una cárcel católica y medieval donde acorazarse, semejante a la España que nos dejó: un erizo invertido, con pinchazos en vez de púas, reflejo del árido e inhóspito pedregal de Madrid. Ni siquiera su ejemplo llegó a trascender: el Siglo de Oro no abrió nada, sino que cerró para siempre España. 

Ambos palacios estaban bien rodeados de lo que más importaba a los reyes: un amplio coto de caza con leyes mortíferas también para los furtivos: ningún monarca tuvo para con ellos piedad alguna y los condenaron a muerte: la nobleza no gusta solo de matar animales, sino a hombres; en época más arcaica incluso se los comía.

Llamo cárcel al monasterio de El Escorial porque eso le parecía al poeta italiano Giosuè Carducci, imbuido de ideales de libertad que le volvieron incluso un Rubén Darío renovando la anquilosada métrica italiana como hizo este en la española; pero el laberíntico edificio de Juan de Herrera era en realidad una trinidad absoluta: monasterio, palacio y tumba / Padre, Hijo y Espíritu Santo. O sea, el cuarzo, feldespato y mica que forma el granito de su materia prima constituyente. Ahora solo nos parece el pudridero adonde fue a parar un siglo de oro ajeno, en primer lugar, porque fue sustraído a los indígenas y, en segundo lugar, porque se lo llevaron los genoveses, como ahora se llevan los de Génova cuanto no ande atornillado al suelo, que el robar no se va a acabar.

Los actuales reyezuelos de España, domésticos y grises, que no lucen corona ni cetro como los ingleses (también es verdad que estas joyas se las llevó José Bonaparte I a Filadelfia, donde las vendió) prefieren hacer nada, que es lo que mejor hacen los reyes españoles, en una sede más hogareña; el cascote impresionante del Palacio Real lo dejan para recibir embajadores. Nuestros presidentes, por el contrario, hacen su manida en lo que, con buen juicio, bautizó Leopoldo Calvo Sotelo, el único algo escritor entre ellos, Complejo de la Moncloa, más por lo que agobia y abate que por sus crecientes anexos, alguna vez poblados por un bosque suicida de bonsáis o por canchas de pádel para torpes, pero también por telefonistas y asesores sin cuento o con mucho cuento, que tanto da.

La verdad, a uno le van más los decadentes y modestos palazzi de que está llena la melancólica y medio muerta república de Venecia. Era un cementerio otoñal y encantado para Proust (un zoo-gallinero para lord Byron), pero por sus canaletos discurrieron, además, Mozart, Chateaubriand, Goethe, Monet, Turner, Wagner, Ruskin, Hemingway y nuestros Fortuny y Nieva (quien, por cierto, se enamoró allí de la condesita Adriana Marcello), entre tantos otros ilustres extranjeros como tuvieron la suerte de albergarse en un palacete con frío en los pies, entre ellos Auguste Renoir, a quien ahora  han colgado en el Thyssen. Sus visiones de Venecia impresionan incluso más que sus pelirrojas morropintadas, tan eróticamente perturbadoras como las doncellitas de su Piano lesson; otros disfrutarán más quizá en la broza de luz y hojas de sus festines parisinos.

Los setenta palacetes venecianos, casi todos a lo largo del Gran Canal, estimulan con sus fantasmas y sus historias; todo el mundo, incluso los reumáticos, debería fallecer después de morar en ellos, como el desleído músico de Visconti, no ya entre notas de Mahler, sino entre los reflejos acuosos y coloridos de tantos pintores y cortinajes rúbeos como han formado la escuela veneciana desde Carpaccio a Tiépolo, pasando por descontado por Giorgione, Bellini, Tiziano, Tintoretto, Canaletto y Guardi.

Los primeros palacios realmente monumentales datan del siglo XIII, dos siglos después de que el serenísimo Dogo estableciera la ceremonia de los esponsales de Venecia y el mar; la mayoría perteneció al patriciado urbano, a la nobleza o a ilustres marinos que doblegaron al Turco de la Sublime Puerta; pero a los españoles nos interesaría especialmente el de Michele (o Michiel, en dialecto véneto) dalle Colonne, poco después del Ponte di Rialto, en la ribera derecha entrando por el mar, porque fue el serrallo de un ilustre donjuán (o Don Giovanni, cabría decir; está visto que, siendo veneciano Casanova, algo también le tenía que tocar), el duque de Mantua Ferdinando Carlo Gonzaga, que aparece retratado en El castigo sin venganza de Lope de Vega. Aquí traía el vejestorio a todas sus amantes durante el Carnaval, se dice. Pero hoy en día en el Carnaval de Venecia la gente se disfraza de lo que quiere ser, no de lo que son en realidad, como ocurre en, valga la comparación nefanda, Miguelturra, así que uno podría enamorarse o morirse allí en un hermoso ballo di maschera; por desgracia hoy el palazzo ha sido convertido en un prosaico registro civil. En Ca' d'Oro el príncipe ruso Alejandro Trubetzcoy, emparentado con el famoso fundador de la fonética Nicolái, le hacía el amor a la hermosa vedette María Taglioni. Pero a nosotros nos interesa más entre Les pierres de Venise de Ruskin el palacio que compró el hijo del pintor modernista catalán Mariano Fortuny, pintor, escenógrafo y fotógrafo él mismo también, que hoy alberga su museo. Sin embargo el patio está hecho una mierda: solo hay que ver lo desportilladas que andan sus paredes comidas por la hiedra. Cuenta mucha historia: allí representaron muchas piezas de teatro renacentista (luego vendría, en el XVIII, el ilustre veneciano Carlo Goldoni). Albergó además, también en ese siglo, la Academia musical de los Orfei, que luego se instaló en la Fenice. Por la tertulia de Fortuny se pasearon Proust, D'Annunzio y las Duse, Duncan y Bernhardt. Por último, y para terminar con una anécdota, en el palazzo Labia, el ilustre y rico anfitrión arrojaba tras cada comida la vajilla de oro por la ventana a la voz de "L'abia o non l'abia, sarò sempre Labia" ("Tenga o no tenga, seré siempre Labia"); omnia mecum porto, vamos; pero la leyenda añade que, como el personaje no era tonto, una red sumergida bajo el canal permitía recoger la vajilla tras la partida de los invitados.