sábado, 29 de octubre de 2016

Superpoorman, héroe de nuestro tiempo

No existe un cine social que sea visible tan asiduamente como el comercial, aunque se dirijan ambos a la mayor parte de la gente. Ni Superman ni Batman, supernenes que vuelan por la pantalla, son héroes de la clase trabajadora, siempre pegada a la tierra de la que es paria. Mientras, las películas de los Dardenne, de Costa-Gavras, de Tony Kaye o de Ken Loach, quien estrena su Yo, Daniel Blake (por cierto que no en Las Vías) pasan discretamente y, a pesar de los premios que tengan, que les den, más o menos por el bajo y revuelto lugar estomacal por donde La Tribuna sitúa a los columnistas no afectos al régimen (de los gordos) libres de impuestos. Las películas sociales no se reestrenan en televisión, no se repiten nunca, mientras que las de fantastiquismo se vuelven a ver una y otra vez, como si fueran noticias de la Brunete mediática; la fantasía y los artículos de derechas son así de parecidos: pura mentira goebbelsiana. ¡Qué miedo da la realidad, josús! Gramsci lo llamaba hegemonía cultural: un poderoso inmovilizador de la capacidad de evolución de los pueblos, ahora que un monstruo como Rajoy viene a vernos con más cuentos y recortes.

Si uno lee La Tribuna (que ha mejorado su contenido cultural, gracias a Dios: ahora incluso resumen contenidos y ya no es sopa de sobre) lo hace solamente por algunos nombres que sí merecen la pena: Aurora Gómez Campos o Rafael Robles, por ejemplo; incluso leo La Razón, porque es lo único que encuentro en el bar donde mi primo tiene su sede social. Me ilustro con los artículos de los epénticos Francisco Nieva o Luis Antonio de Villena al lado de deleznables como el defraudador de Hacienda César Vidal o los exconvictos Losantos y Pío Moa; incluso del ancien régime Alfonso Ussía, un defensor de los toros y la caza mayor que se indigna de que le cazaran también a su abuelo en la Guerra Incivil. Ussía es un imitador pésimo de Wodehouse; ni siquiera llega a mediano jugador de mus, pero se salva por querer acercarse al inimitable, que ya es algo y no poco. Heredó el sentido del humor de su abuelo materno, Pedro Muñoz Seca (aunque la mayor parte de lo que escribió es obra de su negro Pedro Pérez Fernández y ya en su época ya se decía que "poco va de Pedro a Pedro"), y ahora lo quiere pasar de venerable a beato de la Iglesia Católica; ¡mecachis en la mar! ¡Un humorista, beato de la Iglesia Católica! ¡Cuánto han bajado los cánones! La culpa es del papa polaco-polanquista.

La Tribuna es propiedad del primer empresario condenado por corrupción en España, Antonio Miguel Méndez Pozo, pero este, al parecer, no ha cambiado de deplorables costumbres, sino que las ha refinado y sigue metido en los oscuros manejos de la trama Púnica, como se ha visto últimamente. Pero, claro, estas cosillas son muy poco visibles, sobre todo en Ciudad Real y en un lugar tan alto, destacado y abierto a las miradas como una Tribuna donde se tienden las cuerdas de títeres de la banca y de empresarios turbios como Méndez Pozo, ansiosos de enterrar en la mierda que crean a los partidos que piden un poco de justicia distributiva. Nunca veremos en esas cuerdas la ropa tendida de los poderosos, sino los harapos de los pobres.