viernes, 4 de noviembre de 2016

El hombre elefante

El Hombre Elefante no está aquí para asustarlos…
Publicado por Javier Bilbao en Jotdown, 2016:

… sino para ilustrarles. Esa era una de las frases con las que el propietario del espectáculo del Hombre Elefante presentaba a los curiosos a su asombrosa criatura, Joseph Merrick. «El espécimen más desagradable de la humanidad entera», según lo describió el cirujano Frederick Treves en un primer encuentro con él, que terminaría marcando la vida de ambos y proyectándolos en la posteridad. Porque el paso del tiempo no solo no los hizo caer en el olvido sino que amplió su eco: primero el éxito editorial de la autobiografía de Treves en los años veinte, más adelante un musical de Broadway y finalmente, en 1980, la vibrante historia dirigida por David Lynch. Logró en su momento ocho nominaciones a los Óscar sin obtener ninguno —proeza que solo cinco películas han conseguido superar— pero cuando una de ellas está destinada a convertirse en un clásico poco importan los premios. Esta lo es con todo merecimiento. Supo retratar con sensibilidad a sus protagonistas, siendo fiel a su personalidad y circunstancias, aunque por motivos dramáticos alteró el orden de los acontecimientos narrados y dejó fuera otros que hubiera merecido la pena incluir.

Ese será nuestro propósito a continuación, añadir algunas puntualizaciones que nos permitan comprender mejor a este médico brillante y compasivo y a su desdichado paciente, un hombre con quien la vida fue extraordinariamente cruel condenándolo a ser un monstruo de feria. Alguien que se echó a llorar la primera vez que una mujer se le acercó a darle la mano sonriendo, de tan acostumbrado que estaba a provocar repugnancia y burla. Tal reacción ante un gesto que por fin reconocía su íntima humanidad se debe a que, a pesar de todo, en el fondo nunca perdió la esperanza de ser querido, de encontrar su lugar en el mundo.

Joseph Carey Merrick nació sin ninguna anomalía visible en la localidad industrial de Leicester el año 1862. Parece ser que fue en torno a los veintiún meses de edad cuando empezó a padecer deformidades que irían agravándose con los años. Con cuatro años sufrió además una caída que le dañó la cadera izquierda, dejándolo cojo para el resto de su vida. Tuvo también un hermano menor de aspecto saludable, aunque fue contagiado de escarlatina y murió en 1870, así como una hermana que era igualmente tullida. Joseph creció siendo un niño solitario, al que los demás veían con creciente aversión y que en el seno familiar solo encontró afecto en su madre. Pero en un giro del destino que el mismo Dickens hubiera encontrado inaceptable para alguno de sus personajes, murió de una afección respiratoria cuando él apenas tenía diez años de edad. Siempre conservaría por su madre una profunda devoción, el ejemplo a sus ojos de que alguien en este mundo podía quererlo a pesar de su aspecto. Su padre ahora era un obrero viudo y al cargo de dos hijos deformes que tuvo que trasladarse con ellos a otra vivienda de alquiler. Allí encontraría consuelo en la casera, viuda y con hijos al igual que él, que se convertiría en la peor madrastra imaginable para Joseph. Como escribió él mismo en una breve autobiografía:

Desde entonces nunca tuve un momento de consuelo, pues ella tenía sus propios hijos y, dado que yo no era agraciado como ellos, y encima con mi deformidad, puso todo su empeño en hacer de mi vida un verdadero suplicio. Cojo y deformado como estaba, me escapé de casa en dos o tres ocasiones, pero supongo que mi padre conservaba alguna chispa de sentimiento paternal y me llevó a casa de nuevo.

Presionado por ella abandonó los estudios y se puso a trabajar a los trece años en una fábrica de habanos. Pero su mano derecha iba haciéndose más pesada y torpe, de manera que dos años después ya no fue capaz de continuar liando los cigarros. Entonces buscó infructuosamente otro empleo, pues ante su evidente incapacidad nadie quiso contratarle, lo que en opinión de su madrastra era culpa suya:

Cuando acudía a casa a la hora de las comidas, mi madrastra solía recriminarme porque, decía, no había ido a buscar trabajo. Me hostigaban y se mofaban de mí hasta tal punto que dejé de ir a casa a la hora de las comidas. Solía quedarme por las calles con la panza vacía antes que volver a por algo de comer, y las pocas veces que allí malcomía me hostigaban siempre con el mismo comentario: «esto es más de lo que has ganado».

Como solución temporal su padre le proporcionó una licencia de vendedor ambulante. Otra broma macabra del destino, dado que con su aspecto a menudo solo conseguía asustar a sus potenciales clientes, al tiempo que una multitud de viandantes se agolpaban a su alrededor estupefactos ante su apariencia. Su padre, harto de que no lograse ganar suficiente dinero, le dio en cierta ocasión una paliza que supuso el distanciamiento definitivo entre ambos. Joseph encontró cobijo en casa de sus tíos durante los dos años siguientes, hasta que finalmente le fue retirada la licencia y su escaso medio de sustento se agotó. Sus tíos habían tenido mientras tanto una hija y él no quería ser una carga, así que en 1879 tomó la última opción que veía a su alcance: ingresar en una casa de acogida. En ellas se proporcionaba cama y sustento a los más necesitados, aunque las condiciones de vida en un centro de estas características eran lo suficientemente austeras como para impedir cualquier tentación de parasitismo en las clases bajas. Había que estar realmente desahuciado y al margen de la sociedad para encontrar tu hueco en un sitio así.

Nuestro protagonista desde luego cumplía esas características, y sin embargo encontró la vida ahí dentro tan inhóspita que tras un intento fallido de independizarse, que le llevó a estar un par de días deambulando por la ciudad sin comer, finalmente encontró una ocupación acorde a sus posibilidades: ser exhibido en una feria ambulante. En agosto de 1884, casi cinco años después de su primer ingreso, salió para siempre de un centro del que no guardó buen recuerdo. Varios empresarios del negocio de las variedades habían acordado distribuírselo en diferentes ciudades, a medida que se fuese agotando el efecto sorpresa. Para ello recibió el nombre artístico de Hombre Elefante, mitad humano, mitad elefante, que adquirió tal aspecto debido, decían, al susto que su madre recibió al ver un elefante desbocado cuando estaba embarazada.

La exhibición de afectados por toda clase de anomalías para deleite del público ha sido una práctica tan extendida y continuada que sería imposible precisar su origen. Tullidos, locos o enanos fueron tradicionalmente objeto de todas las miradas, ya fuera de extrañeza o de diversión. Basta recordar la celebración de la boda del rey de Navarra García Ramírez con Urraca la Asturiana, bastante más animada que esas que suelen aparecer en la revista ¡Hola! Según cuenta la Chonica Adensí, en aquella «unos hombres ciegos armados de bastones y bien defendidas las cabezas con morriones, porque no pudiesen ofenderse gravemente, se sacaban al coso y se les echaban algunos animales de cerda, con calidad que cada uno hiciese suyo el que matase y buscándole a tiento disparaban sin él a veces los golpes en partes muy distantes y algunas encontrándose entre sí mismos, se golpeaban con grandísima algazara de la multitud». Mientras que a partir del periodo renacentista en las cortes europeas estuvo muy cotizada como parte del séquito la llamada «gente de placer». Aún a comienzos del siglo XIX el hospital psiquiátrico de Bethlem, en Londres, continuaba exhibiendo a los locos por un penique —y los primeros martes de cada mes, gratis—, logrando atraer así a grandes multitudes.

En la época en que le tocó vivir a Joseph Merrick sin embargo esta práctica estaba en franco retroceso, perseguida por unas autoridades que la consideraban inmoral. Su breve vida fue, de hecho, el umbral entre esos dos mundos. De manera que tras visitar varias ciudades como espectáculo itinerante se plantearon la posibilidad de instalarse en la capital. En Londres vivía un empresario llamado Tom Norman que presentaba un perfil idóneo para encargarse de él. Responsable de otros espectáculos como «Los contrarios de Hibernia» (dos irlandeses, uno enano y otro gigante), «Mademoiselle Electra» (una mujer que mediante un truco soltaba descargas eléctricas a quien le diera la mano) o el de un matrimonio de enanos que daban a luz a un niño (en realidad ambos eran hombres y el niño alquilado), estaba claro que no tendría muchos remilgos a la hora de exhibir a nuestro protagonista. Un personaje del que podría intuirse que la integridad moral no era su fuerte y que en la película y obra teatral aparece retratado muy negativamente, aunque el pasado año su nieta publicó este artículo reivindicando su memoria. Parece ser que repartía las ganancias a medias con Merrick y sentía cierta preocupación por su bienestar, pues mandó a un carpintero construir un armazón para que pudiera dormir apoyado, dado que la forma de su cabeza le impedía tumbarse a riesgo de morir.

El local en el que tenía lugar el espectáculo estaba situado en la misma calle que el Hospital de Londres, por lo que pronto comenzó a ser visitado por diversos empleados del mismo que hicieron correr la voz, hasta que llegó a los oídos de Frederick Treves. Un día del mes de noviembre de 1884, vencido por la curiosidad, se dirigió al lugar, encontrándolo cerrado. Un muchacho que trabajaba para Norman que estaba custodiándolo fue en su busca y, tras presentarse ambos, el cirujano logró que le concediera un pase privado. La descripción que da Treves del momento en su autobiografía resulta muy vívida y enfatiza las pésimas condiciones higiénicas del interior. Allí dentro, tras descorrer una cortina, le fue mostrado el Hombre Elefante en toda su crudeza. En una habitación desangelada, sentado en un taburete con una manta, sin más compañía que un hornillo que daba algo de calor, contempló a «aquella figura acurrucada que era la viva imagen de la soledad». Tras ponerse en pie al grito de su patrón, cayó la manta que le cubría y, dice Treves, «ante mis ojos se reveló el espécimen más desagradable de la humanidad entera. En mi trayectoria profesional me he encontrado con lamentables deformidades […] pero nunca antes me había topado con una versión tan sumamente degradada de un ser humano como la que presentaba esta figura desamparada».

Después de la primera impresión, el espíritu científico de Treves lo espoleó para obtener un análisis más detallado de tan insólita anatomía, así que entregó una tarjeta personal a Merrick y acordó con Norman que aquel le hiciera una visita al hospital. Como dijimos se encontraba en la misma calle, pero un recorrido tan corto al aire libre para alguien de su condición era comparable poco menos que al paseo espacial sin casco del astronauta de 2001. La solución fue emplear un carruaje para el desplazamiento, en el que además utilizó la capa negra y el saco en la cabeza con una pequeña rendija que podemos ver en la película. Tras una primera entrevista en su despacho, Treves concluyó que estaba ante alguien con retraso mental (lo cual, decía, suponía un alivio), pues Merrick estaba tan intimidado que apenas respondió a sus preguntas y cuando lo hizo difícilmente se le podía entender. Hubo un par de visitas más, en las que se fotografió su cuerpo desnudo y fue mostrado en una reunión de la Sociedad de Patología de Londres. Esto último desagradó particularmente a Merrick, quien dijo más adelante que se sintió como si fuera ganado y ya no quiso volver a saber nada del hospital. Su vida volvía así a la rutina, pero apenas unas semanas después la policía cerró el local. Londres ya no toleraba espectáculos como aquel. Por humanitarias que fueran las intenciones tras esa medida, así habían dejado al Hombre Elefante sin la única manera que tenía de ganarse el pan, al tiempo que precipitaron una serie de acontecimientos que fueron cruciales para el resto de sus días.

Merrick regresó a la carretera, de nuevo a ir de ciudad en ciudad en un circo ambulante. Fue  entonces cuando publicó el libelo autobiográfico al que hemos aludido anteriormente. También trabó amistad con un par de enanos boxeadores en un sentido del compañerismo y de la ayuda mutua que recuerda a aquella memorable película de Tod Browning, La parada de los monstruos. Pese a que le dio tiempo a amasar cierta cantidad de dinero, las autoridades seguían estrechando el cerco a esta clase de espectáculos en toda Gran Bretaña, por lo que no tuvo más opción que embarcarse en una gira por el continente europeo. Fue un completo desastre. En Bélgica encontró aún más dificultades legales que terminaron provocando la huida en junio de 1886 del empresario que lo estuvo acompañando, no sin antes robarle casi todo el dinero que tenía ahorrado. Solo, casi sin dinero y en un país extraño, encontró que lo único que podía hacer era regresar a Londres, en un viaje que resultó ser una sucesión de calamidades ante las negativas a transportarlo y alojarlo que fue cosechando a su paso, aparte del rechazo que provocaba su aspecto. Llegó exhausto a la estación de Liverpool Street, donde la multitud lo acorraló hasta que la policía lo puso bajo su custodia. Fue entonces cuando les entregó la tarjeta de visita que Treves le había dado en su primer encuentro y que había conservado hasta entonces, prácticamente la única posesión que le quedaba. La policía se puso en contacto con el cirujano y este acudió a su rescate, llevándoselo al Hospital de Londres.

Allí comenzaría una nueva vida. Treves lo visitaba a diario, descubriendo que lejos de ser retrasado Merrick gozaba de una considerable inteligencia y suponía una agradable compañía por su conversación culta (era muy aficionado a la lectura) y su carácter siempre amable. Seis meses después, el director del hospital, que siempre se había mostrado comprensivo con este caso, escribió una carta en la prensa solicitando donaciones para que el centro pudiera habilitar a Merrick una residencia definitiva, dado que en principio solo acogían pacientes de forma temporal y en ningún otro lugar querían hacerse cargo de él. La respuesta popular fue entusiasta, de tal forma que recaudaron el dinero suficiente para mantenerlo a perpetuidad. Así que acondicionaron una habitación en una zona tranquila del hospital, con algunos muebles y un cuarto de baño. Allí Merrick era tratado con profesionalidad pero sin afecto por las enfermeras voluntarias que lo cuidaban; él era consciente de ello y fantaseaba con irse a vivir a un faro o a algún hospital de ciegos, donde su apariencia no generase rechazo. Treves estaba decidido a ampliar el círculo social de su paciente y ahora amigo, para lo que ideó un plan:

Pregunté a una amiga, una viuda joven y hermosa, si se consideraba capaz de entrar en la habitación de Merrick y, con una sonrisa, darle los buenos días y estrecharle la mano. Me aseguró que se veía capaz de ello y así lo hizo. El efecto que causó en el pobre Merrick no fue precisamente el que yo había esperado. Mientras soltaba su mano, dejó caer la cabeza sobre las rodillas y comenzó a sollozar de tal manera que su llanto me parecía eterno. La entrevista concluyó al punto. Después me dijo que era la primera mujer que le había sonreído, y la primera que, en toda su vida, le había estrechado la mano. Ese día comenzó la transformación de Merrick.

Como consecuencia de la campaña de recaudación la prensa manifestaba una creciente curiosidad por él y muchas damas de la alta sociedad quisieron conocerlo en persona. Comenzó a recibir visitas que lo colmaban de regalos y le proporcionaban los libros que devoraba con entusiasmo. Un interés que tuvo su momento cumbre en la visita que recibió por parte la mismísima princesa de Gales, luego reina Alejandra, quien además le envió posteriormente una foto suya dedicada. El bien más preciado que desde entonces atesoró Merrick junto al retrato de su madre. Ya solo le faltaba salir ocasionalmente al exterior, lo que también le fue concedido. Treves lo invitó a su casa a tomar el té, tras haberle oído expresar su deseo de conocer por dentro una de esas viviendas elegantes de las que tanto había leído en la novelas de Jane Austen. Gracias a la mediación de la actriz Madge Kendal tuvo también oportunidad de asistir al teatro, en concreto a una representación de El gato con botas que lo dejó completamente fascinado. Así mismo, acudió de forma periódica a misa en la capilla del hospital y pudo hacer la confirmación de acuerdo a sus convicciones religiosas. Pero de todas esas experiencias en el exterior, la más liberadora fue la de ir al campo y entrar en contacto con la naturaleza. De nuevo fue gracias a una de esas damas ricas que le visitaban, que le ofreció una casa en la campiña en la que residir una temporada:

No hay duda de que Merrick pasó en este refugio campestre la época más feliz que hasta entonces había experimentado. Estaba, allí, a solas, en una tierra plagada de maravillas. […] las cartas que me remitía parecían escritas por un chiquillo desbordante de alegría y entusiasmo. Eran una relación emocionada de sus triviales aventuras, de las cosas increíbles que había visto y los bellos sonidos que habían llenado sus oídos. Se había topado con extrañas aves, había sobresaltado a una liebre en su madriguera, trabó amistad con un perro feroz y alcanzó a ver fugazmente las truchas en un arroyo.

Apenas seis meses después, un once de abril de 1890, intentó dormir tumbado, quizá intentando ser como los demás también en ese aspecto pese al riesgo que implicaba. Fue encontrado muerto por un cirujano residente que solía visitarlo. En total vivió apenas veintisiete años, en los que experimentó horrores que no podemos imaginar y también, en sus últimos años, fue feliz.