domingo, 20 de noviembre de 2016

Recuerde el alma dormida

Venía, más o menos a las doce y media de la noche, de los cines Las Vías, después de ver La llegada, una obra magistral pero algo oscura y al borde del lirismo desmelenado del canadiense Denis Villeneuve, a quien ha elegido Ridley Scott para rodar la segunda parte de Blade Runner. Una penetrante crítica de esta película, que suscribo, de Jorge Loser, figura más abajo; lo que voy a comentar es un encuentro que tuve en la Plaza Mayor de Ciudad Real cuando volvía a mi casa.

Me encontré con un antiguo conocido, un personaje con algunos problemas psicológicos que está bien medicado y aprovechamos para intercambiar relaciones de desgracias; pasaré por alto las mías y contaré tan solo lo que me dijo, sin dar más detalles: que ahora vive con una chica de treinta y cinco años que es drogodependiente (o politoxicómana, como dicen ahora) de una especie de mezcla de cocaína y heroína, y se negaba a medicarse o a ir a psicólogos y demás. De vez en cuando ella roba para conseguirse una dosis y por eso bastante a menudo vienen con citaciones a su casa común para juicios o para que pase seis meses en la cárcel. Él había salido de casa porque la chica se había ido; lo más seguro era, decía, que estuviese bebiéndose un cartón de vino en algún parque, a pesar del frío que hacía. La chica no quería curarse. Él, me decía, lo único que podía hacer era darle ejemplo y tener esperanza en lugar de la chica. Pensé que estas derivaciones son la consecuencia de la política permisiva de tantos partidos políticos con el botellón. Nadie tiene el valor de atajar estos futuros negros porque nadie piensa en el futuro: viven en el presente, solamente. Pero si somos adultos -y los políticos deberían serlo- lo primero que hay que hacer es pensar en el futuro. Un futuro lleno de gente como esa chica. Lamentable. Me dejó sin palabras; pensé en cuántas desgracias son acogidas con palabras duras o sencillamente indiferentes, como más de una vez he tenido que padecer yo mismo en un lado o en el otro, y sencillamente me quedé mudo y lamentando el mal común; es lo mejor, no sé si lo único, cuando no se puede hacer nada.

Y esta es la crítica de Jorge Loser:

Un diseño, por cierto, bastante cthulhiano, que añade leña a los referentes literarios de los que bebe. Aunque no vamos a entrar en las múltiples influencias de cine de ciencia ficción que posee, es imposible no mencionar la obra de Carl Sagan, episodios de las serie ‘La Dimensión desconocida’ y ‘The Outer Limits’ o las reinterpretaciones modernas de Arthur C. Clarke de Richard Kelly.

Celebración del lenguaje como salvación

Lo más sorprendente y adulto de ‘La Llegada’ es su capacidad para reestablecer la escala del un blockbuster de ciencia ficción a un solo emplazamiento, a través de un conflicto basado, mayormente, en el proceso de comunicación con los alienígenas. Este detalle, todo sea dicho, genera un momento involuntariamente cómico cuando para reclutar a la traductora interpretada por Amy Adams, el ejército le pide si puede traducir, así a pelo, el gruñido de un alienígena grabado en audio. Glorioso.

Implausibilidades a parte, el desarrollo del grueso de la trama es un apasionante estudio del lenguaje de símbolos extraterrestres que estos les dibujan con su tinta de calamar del espacio exterior. Un detalle que no exime a los amigables visitantes de estar rodados de forma casi inquietante; aplausos al realizador por su fotografía ceniza y uso minimalista de la música en todas sus escenas. Se podría decir que su estilo es la antítesis de otras invasiones como ‘Independence Day: Contraataque’ (Independance Day: Resurgence, 2016)

El uso del juego de codificaciones y decodificaciones tiene un reconocimiento simbólico muy importante en la coda del film, una fascinante oda a la comunicación como llave del entendimiento global. Un análisis inteligente sobre la transparencia y la importancia de la concordia, a través de algo tan sencillo como las palabras, para desenmarañar el significado entero de otras culturas que nos resultan alienígenas.

El ambiguo mensaje provida

Llegado el momento de las explicaciones, la película entra en su fase más ‘Intellestelar’ (2014) uniendo sus elementos de ciencia ficción extraterrestre con postulados de viajes en el tiempo para, además, relacionarlos con una intensa experiencia emocional paternofilial. Es aquí dónde el guión revela sus cartas relacionando el doloroso prólogo de la muerte de la hija de la protagonista con el futuro y no con el pasado. Un golpe de efecto que deja el problema de la misión alienígena a un lado para centrarse en Louise.

El conflicto planteado, resumiendo, es que la recién obtenida clarividencia de Louise le permite adivinar que tendrá una hija y que esta sufrirá una muerte agónica a causa de un cáncer. Y, aún sabiéndolo, decide seguir adelante casándose con Ian (Jeremy Renner) y concibiendo a su hija condenada. Una decisión consciente que implica una vida corta para la niña, pero una vida plena, como se nos muestra con una bella escena de flashforward de estampas idílicas y una triste partitura. El conflicto moral de si su elección es o no errónea queda en el aire.

Por una parte, celebra el hecho de la vida en sí misma, en experimentarla el tiempo que dure, en disfrutar sin culpas ni miedos de su futilidad. Por otra, se alinea con argumentos clásicos de los grupos pro-vida, no cuestionando el aborto en sí mismo pero transmitiendo que la vida hay que dejarla salir, aunque acabe pronto y mal. La excusa fantástica enmascara la ambigüedad del mensaje, pero aún sin caer en lo que critica ‘Camino’(2010), el montaje de imágenes podría hacerse pasar por propaganda muy cara de foro de la familia.

Quizá su personaje no tenga más opción, pues no queda absolutamente claro su papel final en el devenir de la misión alienígena y hay preguntas en el aire, como si la decisión sobre su maternidad viene impuesta por la imposibilidad de romper la cadena de acontecimientos conocidos (quizá de ahí el símbolo del pájaro enjaulado). El debate filosófico sobre la maternidad, sobre las decisiones, está servido, pero no se debe reducir su complejo dilema metafísico y moral a un ejercicio de burda complacencia ideológica.