martes, 1 de noviembre de 2016

¿Son insultos o descripciones lo que se intercambia en el Congreso de los Diputados?

Mal estamos si a las verdades las llaman insultos. Jesús Parra Montero, "Los “rufianes”" en Nueva Tribuna, 31 de Octubre de 2016:      

El 29 de octubre de 2016 pasará a la Historia para millones de ciudadanos como uno de esos días tristes en los que se hacen necesarias la indignación, la reflexión y cierto silencio.

Ortega, elegido diputado en la IIª República, aseguraba que, con el fin de evitar las divagaciones o tratar los problemas con frivolidad, en el Parlamento hay tres cosas que no se pueden hacer: el payaso, el tenor o el jabalí. Para “los payasos”, el circo y “los tenores”, a la ópera; se conocía por “jabalíes”, a los diputados alborotadores, y a los ultra-conservadores, por cavernícolas. Si, como Mendeleiev que, en su tabla periódica de los elementos químicos, clasificó los 109 conocidos formando 18 grupos, clasificásemos a los actuales 350 diputados y sus 15 formaciones políticas, utilizando los adjetivos que ellos mismos se han ido dedicando, desde la tribuna parlamentaria o desde los escaños, encontraríamos algunos grupos más que los descritos por Ortega: vagos, chulos, vasallos, sinvergüenzas, iscariotes, prepotentes, oportunistas, gilipollas, débiles, incoherentes, traidores, caciques, demagogos, populistas, hasta delincuentes. Después de la sesión de investidura del pasado día 29, habría que añadir alguno más: miserables, impostores y “rufianes”.

Según la biblia, los nombres significaban lo que el hombre era; poseía un valor ontológico; Gabriel, por ejemplo, en hebreo significaba el hombre en el que “Dios se ha mostrado fuerte”. Evidentemente para quien no es creyente, tal significante carecería de significado, pudiendo modificarse así: el hombre en el que “la descalificación le ha mostrado indecente”.

Sin embargo, según la RAE, toda acepción o significante tiene su propio significado; por ejemplo, “rufián”, en el significado que le asigna la RAE, es un “hombre vil y despreciable, que vive del engaño y de la estafa”; la Real Academia admite incluso significados más peyorativos. “Los rufianes” serían, pues, “hombres viles y despreciables, que viven del engaño y de la estafa”. Se podría concluir, entonces, apoyándose en el significado ontológico bíblico y en la razonable lógica del silogismo aristotélico que todo “rufián” es un “hombre vil y despreciable, que vive del engaño y de la estafa”.

Los militantes y cuantos votamos de acuerdo a nuestra ideas políticas, sin pertenecer a partido alguno, hemos escuchado los provocadores insultos y las soflamas antisocialistas lanzadas por los parlamentarios de ERC y Bildu, y a la par, hemos visto el sábado 29 cómo los parlamentarios del grupo de Podemos los ovacionaba y su líder los felicitaba personalmente con palmadita a la espalda, solidarizándose con sus discursos; hasta el más tonto entendería, -ignoro si ellos lo entienden así- que tal actitud y despliegue de ovaciones equivale a un apoyo y toma de posición política, dejando de manera manifiesta con quién o contra quién están.

Hay que recordar a los diputados de ERC y Bildu que si por ellos fuera, el Parlamento que el pasado sábado les permitió hablar, simplemente no existiría. La palabra, como la poesía para Celaya, es un arma cargada de futuro, de ahí que proporcionar ese arma a los chacales, rufianes y miserables es siempre un peligro para la convivencia y la democracia parlamentaria, aunque algunos, incluidos periodistas, hayan aplaudido esas intervenciones hasta con las orejas.

Una de las mayores vilezas del ser humano -aunque son muchas las que se pueden enumerar y más en política-, es la de humillar al contrario, ya sea con el insulto, la mentira, el gesto o la sutil amenaza. ¡Qué grandeza tiene la dialéctica parlamentaria basada en razones, pero qué vil es, en cambio, cuando se humilla a los vencidos, y más, si la mayoría de ellos han librado la peor de las batallas: la de luchar contra su propia conciencia! De ahí que no exista peor lenguaje, como el insulto, la mentira y la humillación de los políticos en el Parlamento, para ahuyentar y alejar a los ciudadanos de la política. La moviola de la sesión parlamentaria del sábado 30, es un ejemplo claro de la vileza y degradación al que puede llegar nuestra política.

Una cadena de televisión, desde las elecciones del 20D, he venido jugando reiteradas veces, como si fuera “la pitonisa Lola”, con un artilugio: “el pactómetro”; su finalidad era hacer las combinaciones posibles para un futuro gobierno. Hoy el “pactómetro” se ha convertido en “ministrómetro”: consiste en adivinar a qué nombres de políticos populares se le va asignando cada uno de los ministerios… Empeño inútil al depender de Rajoy.

Apropiándome de dicho “juego”, y en lugar de ministerios, podríamos jugar utilizando esos gruesos adjetivos que los propios parlamentarios han utilizado en la sesión del día 29, escoger con cuál de ellos (vagos, chulos, vasallos, sinvergüenzas, iscariotes, débiles, incoherentes, prepotentes, gilipollas, traidores, caciques demagogos, populistas, delincuentes, miserables, impostores o “rufianes”) se podría calificar a cada uno de los parlamentarios. A algunos les convendría unos cuantos.

Impostor y mentiroso, a Rajoy: el Mariano de los mil incumplimientos y del partido de la corrupción, dialogante el pasado miércoles -aún no tenía asegurada la investidura-, y transformado el sábado, ya seguro de apoyos y abstenciones, en el Rajoy prepotente y autoritario de siempre; no solo no se molestó en agradecer su dolorosa abstención a los socialistas sino que, consciente de que tiene la sartén por el mango, dejó claro no estar dispuesto a derribar lo construido y no aceptar su demolición: “No se puede pretender que gobierne yo y traicione mi propio proyecto político que además fue el más apoyado por los españoles. No me pidan ni pretendan imponerme lo que yo no puedo aceptar”.

Débiles e incoherentes, a un Antonio Hernando, portavoz accidental del PSOE y a unos parlamentarios socialistas, lamiéndose sus heridas, sin recibir agradecimiento alguno del “triunfante y empavonado Rajoy”, teniendo, además, que escuchar insultos, calumnias y reproches de aquellos (Podemos, Bildu, ERC) que aún tienen que demostrar que han hecho algo positivo por construir un país en democracia y solidario. Ante esta humillante situación, ni uno solo de los que pensaban abstenerse, cambió su voto por un No por conciencia ante un mentiroso Rajoy en estado puro.

Prepotentes, oportunistas y demagogos, a Iglesias y sus “Podemos”. Un Iglesias y sus palmeros, despreciativos, insultantes, arrogantes y bisoños a la vez, con un parlamentarismo cabreado, radical y extremista, que confunden las sesiones parlamentarias con los mítines en las plazas; “las Cortes” no son “la puerta del Sol”; y que utilizan la palabra y la política, no para criticar con argumentos y propuestas constructivas, sino para zaherir y humillar a los contrarios.

Vasallos, a un Albert Rivera, sonriente y en permanente movimiento de manos y gestos, y sus “ciudadanos” que, ante el cinismo de ese Rajoy en estado puro, con una “pedorreta en toda regla pasándose por el forro esas 150 reformas firmadas por ellos y el PP, pestañeando con ese guiño del ojo izquierdo característico de quien va a soltar mentiras, bien les recordó: “No se puede pretender que gobierne yo y traicione mi propio proyecto político que además fue el más apoyado por los españoles”. ¡Tomad del frasco, veleteros!

Miserables y rufianes, más casi todos los adjetivos a Bildu y al parlamentario de ERC, especialmente. Aunque muchos de sus parroquianos les aplaudan y reciban como valientes héroes, representan la vileza de la miserable política. Incluso hay periodistas que han alaban tal grado de valentía y sinceridad. ¡Allá ellos! La valentía, señores Rufián y Matute, es otra cosa. Valiente, pongo como ejemplo, aunque no sea el socialista al que yo apoyaría es el señor Madina, insultado e injuriado por estos rufianes y miserables, víctima de esa ETA de la que el señor Matute es heredero, protagonista de esa lucha por traer tiempos de democracia, necesariamente mejorable, y que les ha servido a ellos, desde la impunidad parlamentaria, para poder insultar en el Parlamento sin consecuencia alguna.

Débil, también, a la señora presidenta de la Cámara, Ana Pastor, al mandar callar al diputado Madina, cuando le tenía que haber aplaudido; no se puede mandar callar cuando a uno le hieren y pisotean la dignidad. Le recuerdo, señora Pastor, algunas frases del largo monologo del personaje Shylok en El Mercader de Venecia de Shakespeare: “Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene… sentidos, afectos, pasiones?... Si nos pincháis, ¿no sangramos?... Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un judío insulta a un cristiano, ¿cuál será la humildad de éste? La venganza. Si un cristiano ultraja a un judío, ¿qué nombre deberá llevar la paciencia del judío, si quiere seguir el ejemplo del cristiano? Pues venganza. La villanía que me enseñáis la pondré en práctica, y malo será que yo no sobrepase la lección que me habéis dado”.

Es momento de aconsejar a los parlamentarios, más aún, de exigirles, lo que decía Unamuno: “Ni venceréis con la fuerza bruta del insulto y la palabra, ni convenceréis con la amenaza y la provocación. El país se cambia sobre todo con la acción política y la persuasión”. Aunque sean otros tiempos, en nuestro Parlamento se necesitan “Castelares, Sagastas, Cánovas y Azañas” y nos sobran, Rafaeles Hernando, Iglesias, Rufianes y Matutes.

Finalizo: Rajoy acaba de jurar su cargo de presidente con la mano derecha sobre un ejemplar de la Constitución y la izquierda sobre otro de la Biblia, ante un crucifijo, con la fórmula: “Juro por mi conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo de Presidente del Gobierno con lealtad al Rey y guardar y hacer guardar la Constitución”. Es hora ya de abandonar biblias y crucifijos y prometer no lealtad al Rey, que no es quien legitima su autoridad, sino ante los ciudadanos españoles que son el fundamento de su poder y legalidad.